Lía Aristizábal, una fotógrafa colombiana que llegó a España con el sueño de construir una nueva vida, decide convertirse en madre soltera mediante inseminación artificial después de alcanzar la estabilidad que tanto buscó. Sin embargo, todo cambia cuando descubre que los bebés que espera pertenecen al hombre más egocéntrico e insoportable que ha conocido.
Harold Veneti, dueño del imperio constructor más grande del mundo, siempre soñó con ser padre, pero jamás encontró a la mujer indicada. Lo que nunca imaginó fue que, por un error de la clínica de fertilidad, su esperma terminaría siendo utilizado para inseminar a una latina decidida a criar sola a sus hijos.
Obligados por el destino a compartir mucho más que unos bebés, Lía y Harold deberán aprender a convivir entre discusiones, diferencias y una atracción imposible de ignorar.
¿Podrá el amor surgir entre dos personas tan distintas… o sus personalidades chocarán demasiado como para estar juntos?
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Parte 17
Lía
Después de nuestro momento tan especial, nos alistamos para salir y recoger el auto. El aire parecía más fresco, el sol brillaba con una calidez diferente, y yo me sentía renovada, como si el mundo entero estuviera celebrando este instante con nosotros. Organizaba los últimos detalles cuando su voz, llena de esa seguridad que siempre me dejaba sin palabras, rompió el silencio.
—Hoy quiero la camioneta —anunció, con una naturalidad que contrastaba con lo impactante de su declaración.
Me quedé mirándolo, los ojos abiertos de par en par, como si no hubiera escuchado bien. Sabía exactamente a qué camioneta se refería: esa camioneta. Una bestia elegante y poderosa que parecía sacada de una película de acción. Grande, imponente, con un diseño tan perfecto que no me sorprendería si mi hermano y mi papá gritaran de emoción al verla. Apenas pude contener el asombro.
—Es preciosa —dije finalmente, con una sonrisa que no lograba ocultar mi fascinación. Lo observé mientras cargaba las maletas, cada movimiento suyo reflejaba naturalidad y confianza. Se veía tan cómodo en ese papel, tan él mismo, que no pude evitar admirarlo.
Él giró la cabeza y me miró con esa sonrisa burlona que ya conocía tan bien, una sonrisa que me hacía saber que se divertía con mi asombro.
—Todo lo que yo elijo es bonito, eso lo sabes —comentó, inclinándose un poco hacia mí, como si me estuviera compartiendo un secreto. Pero entonces, con ese toque encantador que me hacía perder la compostura, añadió—: Aunque debo admitir que me superé cuando te elegí a ti.
Rodé los ojos y solté una risa suave, siguiéndole el juego, porque así era él: capaz de soltar esas frases que me hacían reír y temblar al mismo tiempo.
—Error —respondí con una mezcla de burla y orgullo, levantando las cejas—. ¿Acaso olvidaste quién te eligió primero? Esa fui yo.
Su risa fue contagiosa, llena de calidez, y en un gesto que nunca dejaría de sorprenderme, se acercó a abrirme la puerta. Un detalle pequeño, pero tan significativo, tan caballeroso, que hizo que mi corazón se sintiera un poco más ligero.
—Bueno —dijo mientras me ayudaba a subir—, nos elegimos mutuamente, ¿estamos de acuerdo?
Me acomodé en el asiento y no pude evitar soltar un pequeño suspiro de comodidad. Era increíble lo suaves que se sentían los asientos, como si estuviera sentada en una nube. Mientras él cerraba la puerta y rodeaba la camioneta para ocupar su lugar al volante, me permití un instante para disfrutar del lujo que me rodeaba.
—Para que puedas dormir un poco en el viaje —comentó mientras ajustaba algunos controles con cuidado—. Y mis padres se encargaron de dejar todo listo con el Wi-Fi, para que puedas trabajar sin problemas si lo necesitas.
Su atención a los detalles me conmovió más de lo que podía admitir. Lo miré, sintiendo una mezcla de gratitud y timidez.
—Gracias, de verdad... —le dije con honestidad—. Me da un poco de vergüenza aceptar tanto, pero necesito terminar algunos pendientes. Prometo no tardarme mucho.
Él sonrió con esa expresión cómplice que me desarmaba.
—No te preocupes —respondió, con esa voz calmada que siempre lograba tranquilizarme—. Sé que eres rápida para eso...
Hizo una pausa, y cuando lo miré de reojo, vi la chispa juguetona en sus ojos.
—Aunque espero que no seas rápida para otras cosas —añadió con picardía.
Su comentario me tomó por sorpresa, pero en lugar de sentir vergüenza, solté una risa espontánea y sincera, una de esas que te hacen olvidar todo lo demás. Me quedé mirándolo por un momento, con el corazón latiendo un poco más rápido. La conexión entre nosotros era tan natural, tan especial, que a veces me costaba creer que fuera real.
Él volvió a mirarme, pero esta vez sus ojos reflejaban ternura, una ternura tan intensa que me sentí vulnerable, como si pudiera ver cada rincón de mi alma.
—Esos hombres fueron unos completos tontos —dijo con voz baja, pero cargada de sentimiento—. Te dejaron ir, cuando eres una diosa. Una diosa de carne y hueso.
Sus palabras me llegaron al corazón. No era solo un cumplido vacío, era algo más. Había verdad en su voz, una sinceridad que me hacía sentir especial de una manera que nadie más había logrado antes. Me recosté en el asiento, dejando que la suavidad del cuero y el calor de sus palabras me envolvieran. Cerré los ojos por un momento, sintiendo que este instante era perfecto, y que quizás nunca había sido tan feliz como ahora.
Durante el viaje, el ambiente se volvió ligero, íntimo, como si el tiempo no existiera. Conversamos de nuestras infancias, de esos recuerdos que nos formaron, aunque nuestras vidas fueran tan distintas.
—¿Cómo que tenían un mayordomo? —le pregunté, soltando una carcajada al escucharlo. Su risa, profunda y genuina, llenó el espacio del auto.
—No sé cómo lo llaman en tu país —respondió entre risas—, pero era alguien que ayudaba con todo en la casa. A veces estábamos tan ocupados que no teníamos tiempo de nada.
—Qué lujo —dije, divertida, mientras él me miraba con cariño.
—Si tienes sueño, puedes dormir un rato. —Su voz se volvió más suave, más atenta.
—¿Estamos muy lejos?
—A unas dos horas —respondió—. No te preocupes, yo me encargo de todo.
—Debí dejarte dormir un poco más —murmuré, con un dejo de culpa—. No tendrías que haberte quedado conmigo hasta tan tarde.
—No me molesta nada de eso —me interrumpió con firmeza, su mirada fija en la carretera—. Así que no te preocupes.
Asentí y suspiré, dejando que el peso del cansancio me venciera poco a poco. No sé en qué momento me dormí, pero el sueño me atrapó por completo.
Y entonces soñé. A veces eran cosas tontas, como zombies persiguiéndome, y otras veces eran cosas que no me gustaban, que me dejaban un mal sabor en la boca. Esta vez, el sueño tomó un giro incómodo: soñé que la familia de mi esposo no me quería. Sentí el rechazo, el dolor, y mi corazón latió con fuerza, como si todo fuera real.
Me desperté sobresaltada, con el corazón aun latiendo acelerado. Lo primero que vi fue una cabaña de madera, hermosa y rústica, rodeada de árboles imponentes que parecían tocar el cielo, y un lago tranquilo que reflejaba el brillo del sol. Por un instante, me sentí desorientada, hasta que mi mirada se encontró con la suya. Harold me observaba con preocupación.
—¿Estás bien? —preguntó suavemente.
Asentí, aunque mi respiración seguía agitada.
—¿Segura? —insistió, y esta vez tomó mi mano con delicadeza, acercándola a sus labios y depositando un cálido beso en el dorso.
—Todo estará bien —susurró con esa voz que lograba calmar cualquier tormenta dentro de mí.
Asentí de nuevo, pero esta vez con más fuerza, intentando creer en sus palabras. Bajé del auto, aunque sentía las piernas temblarme. A lo lejos, vi a varias personas acercarse: una mujer de cabello casi blanco, alta y elegante, y otra más baja que caminaba con paso firme.
Respiré profundo, cerrando los ojos un instante para rezar en silencio. Todo estará bien, me repetí, intentando convencerme a mí misma. Pero en el fondo, no podía evitar que mi corazón latiera con fuerza, como si supiera que algo importante estaba a punto de suceder.
Todo aclarado con la rueda de prensa Harold lo dejo bien claro es su esposa y esta esperando un hijo.
Lía y Harold tan calienturentos los dos que tal hicieron el delicioso 😋😋😋🤤🤤🤤 y a Lía le dieron como timbre de ascensor en película de terror 🤣😂🤣😂🤣😂.
Pero Harold ama demasiado a Lía y le importara un carajo lo que diga su familia.
Harold y Lía van paso a paso descubriendose con mucha confianza y sinceridad así que se construye las bases de un buen matrimonio me encanta esa complicidad.