novela juvenil de romance que demuestra que tanto se puede esperar a una persona por amor , también lo que es capaz de hacer una persona por proteger a ser que ama desde la niñez en sus vidas habrá mucho tropiezos y tendrá que salir de ese mundo oscuro para llegar a la persona que siempre la espero
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Vigilancia
El trayecto de regreso fue en silencio.
No un silencio incómodo.
Uno peligroso.
Franco no habló hasta que cerró la puerta del apartamento con más fuerza de la necesaria.
El sonido retumbó en las paredes.
Amber dio dos pasos hacia atrás sin pensarlo.
Vigilancia
¿Te divertiste? —preguntó él, quitándose el saco con movimientos bruscos.
—Solo fue una visita.
—¿Una visita? —su risa fue corta, sin humor—. No dejabas de mirarlo.
—No es verdad.
Franco se acercó.
Demasiado.
—No me mientas.
Amber sostuvo su mirada unos segundos. Fue un error.
El golpe contra la mesa no fue directo hacia ella, pero el estruendo la hizo estremecerse.
—Si vuelves a mirarlo así… —su voz bajó hasta volverse un hilo tenso— van a pagar las consecuencias.
Van.”
No “vas”.
Ella entendió.
Su familia.
Eros.
Todos.
—No lo haré —susurró.
Franco respiró hondo, intentando recuperar la compostura. Caminó de un lado a otro.
—No entiendes lo que me costó controlarme ahí dentro. Tu hermano hablándome como si yo fuera un intruso. Ese tipo parado frente a ti como si todavía tuviera algún derecho.
Se detuvo frente a ella.
—No tiene ninguno.
—Lo sé.
—Dilo.
Amber tragó saliva.
—No tiene ningún derecho.
Franco sostuvo su mirada un segundo más. Luego, como si nada, tomó su teléfono y se sentó en el sofá.
—Bien. Entonces no habrá más escenas así.
Esa noche no gritó más.
Eso era lo peor.
Cuando Franco se volvía silencioso, Amber sabía que estaba pensando.
Calculando.
Al día siguiente instaló una aplicación nueva en el teléfono de ella.
—Para saber que estás bien —dijo con naturalidad—. Con todo lo que ha pasado, prefiero tenerte localizada.
No era una petición.
También cambió la contraseña del Wi-Fi.
Y contrató a un “servicio de seguridad” para el edificio.
—Es temporal solo hasta que este seguro que no aras nada que joda todo.
Pero el guardia en la entrada ya sabía su nombre.
Y sabía a qué hora salía.
_____________
Pasó un mes.
Amber se movía con cuidado.
Medía palabras.
Evitaba cualquier gesto que pudiera interpretarse como nostalgia.
Franco parecía más relajado, pero solo en apariencia.
Revisaba su teléfono algunas noches.
Le preguntaba detalles mínimos.
—¿Por qué tardaste veinte minutos en el supermercado?
—¿Quién estaba en la fila detrás de ti?
—¿Por qué no contestaste al segundo timbre?
Ella aprendió a responder sin titubear.
Sin emoción.
En ese mes, Eros no apareció en su vida directamente.
Pero la sensación de su mirada en la última visita no la abandonaba.
Había visto algo.
Ella lo sabía.
Y eso la asustaba más que el control de Franco.
Porque si Eros empezaba a sospechar…
Franco también lo haría.
_________
El segundo mes comenzó con una noticia inesperada.
Franco tenía que viajar por negocios.
Una semana.
Tal vez diez días.
—No es negociable —le dijo—. Pero no estarás sola.
La frase no fue tranquilizadora.
Dejó instrucciones precisas.
El guardia tendría órdenes de reportar entradas y salidas.
Un “amigo” pasaría algunos días a verificar que todo estuviera en orden.
Y las cámaras del apartamento —que Amber no sabía que estaban activas— seguirían funcionando.
Es por seguridad a hora vamos a la habitación que te quiero antes de irme —dijo
Después de una hora él estaba acostado en la cama y ella a un lado cansada, pero no podía decir nada todo lo que siempre quería era que él terminara rápido nunca pensó pasar por esto nunca le gustó franco ,nunca llamo su atención no lo deseaba pero eso a él no le importaba
Luego de un rato el ya arreglado para irse
La besó en la frente antes de irse.
Como si fuera un gesto tierno.
Cuando la puerta se cerró detrás de él, Amber no sintió alivio.
Sintió una pausa.
Y las pausas pueden ser engañosas.
____________
Fue tres días después cuando ocurrió.
Amber salió a comprar café a una tienda a dos calles del edificio. Eligió esa hora porque sabía que el guardia cambiaba turno.
No planeaba encontrarse con nadie.
Pero Eros estaba allí.
Sentado junto a la ventana.
Con un libro abierto que no estaba leyendo
El mundo pareció detenerse un segundo.
Ella pensó en dar media vuelta.
Pero él ya la había visto.
No sonrió.
No se levantó de inmediato.
Solo la miró.
Con esa mezcla de calma y tensión que ahora lo definía.
Amber se acercó despacio.
—Hola.
—Hola.
La palabra fue suave.
Cuidadosa.
Se sentó frente a él.
Por un momento ninguno habló.
El sonido de la máquina de café llenaba los espacios.
—Te ves… diferente —dijo él finalmente.
Amber bajó la mirada hacia su suéter amplio.
—Es cómodo.
—No hablaba de la ropa.
Silencio.
Eros apoyó los antebrazos sobre la mesa.
—No vine a molestarte.
—Lo sé.
—Pero necesito preguntarte algo.
Ella levantó la vista apenas.
—¿Estás bien?
La pregunta era simple.
Directa.
Y peligrosa.
Amber sostuvo su mirada unos segundos demasiado largos.
Había tantas respuestas posibles.
Ninguna segura.
—Estoy… adaptándome —dijo al final.
No era mentira.
Pero tampoco verdad.
Eros inclinó la cabeza ligeramente.
—No pareces adaptada y perdoname pero no eres la mujer que conocí y no creo que un matrimonio cambie tanto a una persona el suspiro de verdad no pareces que te adaptas y la miro .
Ella esbozó una sonrisa leve.
—Tú tampoco pareces superarlo
El golpe fue sutil.
Él lo aceptó.
—No lo he superado —admitió—. Pero eso no es lo que importa ahora.
Ella sintió un nudo en la garganta.
—No deberías hablar conmigo.
—¿Por él? Por qué no podrías hablar conmigo si ya me superaste creo que podemos tener una. Amistad o el tampoco se siente capaz de aceptar eso levantó levemente un ceja y sonrió sin gana claro el jamás lo aceptaría al igual que yo tampoco
No respondió.
Eros observó sus manos.
Notó cómo las mantenía escondidas bajo las mangas.
—Amber…
Ella negó apenas con la cabeza.
Una súplica silenciosa.
No preguntes más.
No me obligues a mentir.
Él lo entendió.
Pero también entendió otra cosa.
No era la mujer que lo dejó diciendo que amaba a otro.
Había algo roto ahí.
Algo que no coincidía con la historia que le contaron.
—Si alguna vez necesitas ayuda —dijo finalmente, con voz firme pero baja—, no tienes que explicarme nada. Solo llama.
Ella sintió que el corazón le golpeaba con fuerza.
Porque por un segundo quiso hacerlo.
Quiso decirlo todo.
El video.
Las amenazas.
El miedo.
Pero imaginó el punto rojo.
Imaginó las consecuencias.
—No la necesito —respondió.
La mentira le dolió físicamente.
Eros asintió.
No insistió.
Pero su mirada cambió.
Ya no era la del hombre herido.
Era la de alguien que empieza a armar piezas.
Cuando se levantaron para irse, sus manos casi se rozaron.
Amber dio un paso atrás inmediato.
Demasiado brusco.
Eros lo notó.
Otra vez.
—Cuídate —dijo él.
—Tú también.
Ella salió primero.
No vio que, desde el otro lado de la calle, un hombre dentro de un automóvil bajaba el teléfono lentamente después de tomar una fotografía.
No era casualidad.
Franco nunca dejaba cabos sueltos.
______________'
Esa noche, mientras Amber se sentaba en la oscuridad de la sala, sintió una vibración en su celular.
Un mensaje.
De Franco.
Una imagen adjunta.
La fotografía.
Ella y Eros frente a frente en la cafetería.
Debajo, solo una frase:
Te advertí sobre las consecuencias.
El aire se le fue del pecho.
La pausa había terminado.
Y ahora, sabía que la vigilancia no era solo física.
Era constante.
Invisible.
Y cada vez más peligrosa.