Belleza fría y fuerza divina se entrelazan en una alianza que decidirá el equilibrio entre reinos que nunca dejaron de vigilarse.
NovelToon tiene autorización de kingofcurses_rb. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 17: “La reunión de los lobos”
El amanecer llegó sin niebla.
Demasiado claro.
Demasiado expuesto.
Rafael caminó hacia la carpa central del campamento mientras las miradas lo seguían en silencio. Ya no era solo respeto.
Era sospecha contenida.
Victoria lo observó desde la distancia, manteniendo la postura firme. No podía acompañarlo.
Pero su mano descansaba sobre el anillo.
El calor leve estaba ahí.
Siempre ahí.
Dentro de la carpa central, el comandante y los otros líderes de escuadra ya esperaban.
Un mapa extendido sobre la mesa marcaba rutas, puntos de vigilancia y zonas de rastreo.
—Cerramos el perímetro norte —anunció uno de los líderes—. Si la princesa sigue en esta región, no podrá salir.
—O ya salió —respondió otro con tono seco.
El comandante levantó la mano.
—Silencio. Hay algo más urgente.
Su mirada se dirigió a Rafael.
—Anoche recibimos un tercer mensaje.
Un murmullo recorrió la mesa.
—¿Otro? —preguntó uno.
El comandante asintió.
—Este no viene sellado por el noble.
Rafael no mostró reacción… pero su atención se agudizó.
—¿Qué dice? —preguntó con calma.
El comandante desenrolló un pequeño pergamino distinto a los anteriores.
—“Entre ustedes camina la presa. No confíen en quien parece demasiado eficiente.””
El silencio fue inmediato.
Algunos líderes miraron a Rafael.
Otros entre sí.
La semilla de la duda había germinado.
—¿Y por qué no mostrarlo antes? —preguntó uno con tono desconfiado.
El comandante sostuvo el pergamino.
—Porque no sabía si era un intento de dividirnos.
—¿Y ahora sí lo sabes? —intervino otro.
La tensión subió.
Rafael habló entonces, con voz firme pero sin desafío.
—Alguien está manipulando el flujo de información. Si dudamos entre nosotros, el objetivo escapa sin que nadie tenga que intervenir.
Varios lo miraron.
—Hablas como si supieras —dijo uno.
—Hablo como alguien que ha visto este patrón antes —respondió Rafael.
El comandante entrecerró los ojos.
—Explica.
Rafael señaló el mapa.
—Primer mensaje: recompensa alta, captura con vida.
Segundo mensaje: advertencia de infiltración.
Tercero: siembra desconfianza interna.
Hizo una pausa.
—No es una persecución. Es una purga.
Silencio absoluto.
—Si el campamento se fragmenta, alguien puede eliminar a la princesa sin pagar la recompensa. Sin testigos. Sin contratos que cumplir.
Uno de los líderes frunció el ceño.
—¿Y quién ganaría con eso?
Rafael sostuvo su mirada.
—Alguien que no quiere que ella hable.
La frase cayó pesada.
El comandante apoyó ambas manos sobre la mesa.
—¿Insinúas que el noble no es el único interesado?
—Lo insinúo.
Un golpe seco interrumpió la conversación.
La lona de la carpa se abrió de golpe.
Un mensajero entró, agitado.
—¡Comandante! ¡Hay disturbios en el sector este! ¡Dos escuadras comenzaron a pelear!
Silencio.
El comandante maldijo en voz baja.
—¿Por qué?
—Alguien acusó a otro grupo de ocultar información sobre la princesa.
Las miradas se cruzaron dentro de la carpa.
Rafael no necesitó más confirmación.
—Ya empezó —murmuró.
El comandante levantó la voz.
—¡Todos afuera! ¡Se acabaron los rumores!
Pero cuando salieron…
El caos ya estaba extendiéndose.
Dos grupos de mercenarios discutían con armas desenvainadas.
Uno acusaba al otro de sabotaje.
El otro respondía con amenazas.
Y en medio del caos…
Victoria estaba rodeada por tres hombres que la observaban con desconfianza.
Rafael avanzó hacia ella sin dudar.
—¿Qué ocurre? —preguntó con firmeza.
Uno de los hombres respondió:
—Alguien dijo que la mujer que te acompaña no apareció en ningún registro previo. Que surgió justo cuando empezó la misión.
Silencio.
Victoria no retrocedió.
—¿Van a decidirlo con rumores o con hechos? —preguntó con calma cortante.
El hombre apretó la espada.
—Si eres la princesa…
El anillo ardió con fuerza.
Rafael dio un paso al frente.
—Si fuera la princesa, ¿creen que caminaría en medio del campamento esperando ser descubierta?
El argumento generó duda.
Pero no suficiente.
De pronto, una flecha cruzó el aire.
Se clavó en el pecho de uno de los mercenarios que rodeaban a Victoria.
El hombre cayó al instante.
Silencio.
Luego otra flecha.
Y otra.
Gritos.
Desde la línea de árboles, figuras encapuchadas emergieron disparando sin distinción.
No atacaban a un grupo específico.
Atacaban al campamento entero.
—¡Nos atacan! —gritó alguien.
El comandante rugió órdenes, pero la confusión ya era total.
Rafael desenvainó la espada.
—No son mercenarios comunes —dijo Victoria, observando la formación de los atacantes.
—No.
El anillo ardía con intensidad constante.
No era una simple emboscada.
Era una ejecución masiva disfrazada de caos.
Y alguien la había planeado con precisión.
Victoria miró hacia el bosque.
—No quieren que quede nadie que sepa demasiado.
Rafael la miró.
—Entonces no dejaremos que lo consigan.
El campamento ardía en gritos y acero.
La infiltración había terminado.
La guerra silenciosa acababa de volverse abierta.
Y ahora…
Ya no había máscaras.
El campamento se convirtió en un torbellino de fuego y acero.
Las flechas caían sin patrón aparente, pero Rafael notó algo en segundos:
—No disparan al azar —dijo, desviando un proyectil con la espada—. Están cerrando salidas.
Victoria observó la línea de árboles.
Los atacantes no gritaban órdenes. No llevaban insignias visibles.
Demasiado organizados para ser simples asesinos contratados.
—Quieren que nos matemos entre nosotros o que nadie escape —respondió ella.
El comandante intentaba reagrupar a los suyos, pero el caos previo había debilitado la estructura.
Un mercenario corrió hacia Rafael.
—¡Nos traicionaron! ¡El grupo del sur abrió la empalizada!
Rafael miró hacia ese sector.
No era traición interna.
Era infiltración externa.
—Nos dividieron primero —murmuró—. Ahora ejecutan.
Victoria extendió la mano discretamente.
Una ráfaga de viento densa desvió una lluvia de flechas que iba directa al grupo más cercano.
—Eso llamará la atención —advirtió Rafael.
—Ya no importa.
El anillo ardía con fuerza constante.
No había espacio para seguir ocultando capacidad.
Tres atacantes rompieron la línea y cargaron hacia ellos.
Rafael avanzó sin titubear.
Primer golpe: directo a la muñeca, desarme limpio.
Segundo: giro bajo, rodilla al suelo.
Tercero: choque frontal.
Victoria movió la tierra bajo los pies del último atacante, desestabilizándolo lo justo para que Rafael lo derribara.
Respiración pesada.
Gritos alrededor.
El comandante finalmente llegó hasta ellos.
—¡Esto es una masacre organizada! —rugió.
Rafael asintió.
—¿Cuántos atacantes?
—Más de treinta.
Demasiados.
Victoria miró hacia el bosque.
—No vinieron solo a sembrar caos.
Rafael comprendió antes de que ella terminara la frase.
—Vinieron por alguien específico.
En ese instante, un proyectil diferente cruzó el aire.
No era flecha.
Era una lanza corta.
Rafael reaccionó por instinto.
Se movió frente a Victoria.
El impacto resonó contra su espada, desviándolo apenas.
El anillo quemó como fuego real.
Victoria lo sostuvo por el brazo.
—Te dije que no—
—Lo pensé —respondió con firmeza.
Pero esta vez no fue una flecha lo que siguió.
Desde la línea del bosque emergió una figura distinta.
No encapuchada.
Armadura ligera negra. Movimientos seguros.
No disparaba.
Observaba.
Victoria lo sintió incluso antes de verlo con claridad.
—Ese es el que dirige.
Rafael también lo entendió.
Mientras el caos distraía a todos…
Ese hombre caminaba directo hacia ellos.
No hacia el comandante.
No hacia el campamento.
Hacia Victoria.
—Así que es cierto —dijo el hombre con voz calmada, audible incluso en el caos—. La princesa decidió cazar en lugar de huir.
El mundo pareció comprimirse en ese instante.
El comandante miró a Victoria.
Demasiadas piezas encajando demasiado rápido.
Rafael dio un paso adelante.
—Te equivocas.
El hombre sonrió apenas.
—No. Ustedes se equivocaron al pensar que solo había dos facciones.
Un gesto suyo bastó.
Los atacantes comenzaron a replegarse de forma organizada.
No era derrota.
Era retirada calculada.
El hombre mantuvo la mirada fija en Victoria.
—Nos veremos pronto. Esta vez… sin mercenarios de por medio.
Y dio un paso atrás, desapareciendo entre los árboles mientras su fuerza se retiraba como una sombra perfectamente coordinada.
Silencio progresivo.
Solo el crepitar de estructuras dañadas y respiraciones agitadas.
El comandante miró a Victoria.
Luego a Rafael.
—Princesa… —murmuró.
No era acusación.
Era confirmación.
Varios mercenarios los observaban.
Algunos con furia.
Otros con comprensión tardía.
Victoria dio un paso al frente.
No huyó.
No negó.
—Sí.
El aire se tensó otra vez.
Rafael permaneció a su lado.
El comandante exhaló con fuerza.
—Nos usaron.
—A todos —respondió Victoria.
Silencio.
El comandante miró el campamento semidestruido.
—Ese hombre no trabaja para mí. Ni para el noble.
Rafael asintió.
—Trabaja para quien quiere borrar toda evidencia.
Victoria sostuvo la mirada del comandante.
—Si me entregas ahora, seguirán atacando hasta que no quede nadie que haya oído algo.
El comandante evaluó la situación.
Los muertos.
El ataque organizado.
El mensaje sembrando duda.
Finalmente habló:
—Ya no es una cacería.
Rafael no apartó la mirada.
—Es una guerra encubierta.
El comandante asintió lentamente.
—Y estamos en medio.
Victoria sintió el calor del anillo estabilizarse.
La fachada había caído.
Su identidad estaba expuesta.
Pero algo inesperado había ocurrido:
Ya no eran solo infiltrados.
Ahora eran el punto de unión entre quienes habían sido manipulados.
El verdadero enemigo acababa de mostrarse.
Y había dejado claro algo más—
No temía revelar que sabía quién era ella.
Eso significaba que el siguiente movimiento sería directo.
Sin rumores.
Sin mensajes.
Sin máscaras.
Y esta vez…
No habría espacio para seguir fingiendo.
Continuará…