Ella no necesita que la rescaten.
Él no cree en el amor.
Luciana Ríos es una mujer que manda. Jefa en su oficina, independiente y acostumbrada a tomar decisiones que otros solo se atreven a sugerir. No depende de apellidos ni de fortunas ajenas… y jamás pensó convertirse en la esposa de nadie.
Alexander Montclair es el hombre más poderoso del continente. Exmilitar, magnate y heredero de un imperio que no admite errores. Frío, reservado y meticuloso, su vida se rige por contratos, reglas y control absoluto.
Un encuentro inesperado los enfrenta.
Un acuerdo los une.
Un matrimonio por contrato lo cambia todo.
Mientras una influencer caída en desgracia intenta recuperar el estatus que perdió, y un exnovio poderoso se consume entre celos, secretos y traiciones, Luciana descubre que ceder el control no siempre significa perder el poder… especialmente cuando el hombre que intenta dominarla es el único capaz de mirarla como un igual.
En un mundo donde el dinero compra silencios y los contratos
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Capitulo 15
Alexander
El deseo de proteger a Luciana me recorría cada fibra del cuerpo con una intensidad que no sabía nombrar. No era miedo. Tampoco simple responsabilidad. Era algo más primitivo, más peligroso. Como si cada decisión que había tomado en mi vida hubiera conducido a este punto exacto: mañana nos casaríamos, y el mundo parecía empeñado en recordarme todo lo que podía perder.
Luciana se mantenía firme. Lo notaba en su forma de caminar por la casa, en cómo sostenía la barbilla en alto incluso cuando estaba molesta por los movimientos que hice sin consultarla. No me reclamó más. Eso, de algún modo, pesaba más que cualquier discusión.
Esa tarde decidí cobrar algo que me debía.
—Hoy me tocan las preguntas a mí —le dije cuando llegó a casa.
Alzó una ceja, divertida, aunque sus ojos seguían atentos.
—¿Interrogatorio prematrimonial?
—Ganar-ganar —respondí—. Tú querías saber de mi vida. Ahora me toca entender la tuya.
No se negó.
Cuando salió de su habitación con la pijama puesta —sencilla, suave, demasiado ella— tuve que obligarme a no mirarla como si no hubiera nada más en el mundo. Lo hice igual. Me descubrió.
—¿Qué pasa? —preguntó, sonriendo.
—Nada —mentí—. Ven.
Nos sentamos en la sala. Ella subió las piernas al buró frente al sofá, acomodándose con naturalidad, sin saber —o sabiéndolo demasiado bien— lo femenina que era incluso en los gestos más simples. Apoyó el mentón en las rodillas y me miró, expectante.
—Pregunta —dijo.
—¿Qué fue lo que más te dolió perder cuando terminaste con Rodrigo? —empecé.
No respondió de inmediato.
—La idea de quién creí que era —admitió—. No a él. A la versión que yo había construido.
Asentí.
—¿Y qué es lo que más te enorgullece de ti?
—No quebrarme —respondió sin dudar—. Aprendí a caer sin volverme cínica.
La observé.
—¿Qué temes perder al casarte conmigo?
Esta vez me sostuvo la mirada.
—La espontaneidad. Que todo se vuelva cálculo.
Respiré hondo.
—Entonces prometo no convertirte en una estrategia.
Sonrió, suave.
—¿Siempre escuchas así?
Negué.
—Es la primera vez.
Y era verdad. La noche se hizo corta sin que me diera cuenta. No pensé en Rodrigo, ni en Bárbara, ni en la guerra silenciosa que se movía fuera de esas paredes. Solo la escuché. Activamente. Con atención real. Como si su voz fuera el único lugar seguro que conocía.
El sonido de autos rompiendo la calma nos devolvió a la realidad.
—Son mi mamá y las damas de honor —dijo, levantándose de un salto—. Ya llegaron.
—Yo las atiendo —respondí—. Tú arréglate.
Su madre me saludó con un cariño inesperado, cálido, sincero. Me tomó del brazo como si me conociera de años. Sus amigas, en cambio, no tardaron en hacer bromas incómodamente precisas. Luciana bajó un momento, las saludó, y todas rieron diciendo que era de mala suerte ver a la novia antes de la boda. Yo sonreí. Ella también.
La boda sería por la tarde. Reservada. Controlada. Aunque la prensa ya se agolpaba afuera esperando verla a ella.
Cuando entró al lugar, el mundo se redujo.
No pude dejar de sonreír como un idiota.
—Se ve hermosa —dijo mi madre.
—Lo sé —respondí sin apartar la vista.
Pero mientras avanzaba hacia mí, con esa calma firme que la definía, mi teléfono vibró en el bolsillo interno del saco.
Un mensaje.
Todo está listo. Si no actuamos ahora, no habrá después.
La miré acercarse.
Y supe que, pasara lo que pasara hoy, nada volvería a ser igual.
déjense de tanto juego 🤦🏼♀️
a cuidarse las espaldas /Shy//Slight/