Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 2
La primera vez que Gabriel dejó de comer, nadie lo notó.
Fue durante el almuerzo en el comedor del hospital. El plato lleno, la cuchara quieta. Frente a él, los colegas conversaban sobre un caso grave de la mañana, pero él solo conseguía mirar la silla vacía en la esquina de la sala.
Era donde Miguel siempre se sentaba.
Pero aquel día, Miguel ni siquiera apareció.
Gabriel empujó el arroz con el tenedor y fingió una sonrisa cuando la enfermera Paula le preguntó si estaba todo bien.
—Solo cansado, como siempre.
Mentira número uno.
Pero, ¿quién quiere saber la verdad de un médico, cuando se espera que él esté siempre fuerte?
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Por la noche, llegó a casa y se tiró en el sofá sin quitarse la bata.
Luz apagada. Televisión apagada.
Miró al techo por largos minutos. No pensaba en nada.
O tal vez pensaba demasiado.
Levantarse parecía exigir un tipo de fuerza que él ya no tenía.
Y lo peor… a nadie le importaría si él no apareciera en el grupo de la familia.
Nadie, excepto André.
El teléfono vibró.
> ANDRÉ: "¿Está todo bien por ahí?"
GABRIEL: "Sí, solo cansado."
ANDRÉ: "Llevas meses diciendo eso."
GABRIEL: "Es la vida de guardia."
ANDRÉ: "Mañana voy para allá. Sin discusión."
Gabriel sonrió, por primera vez aquel día.
Solo con la comisura de la boca.
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André llegó al final de la tarde, con dos bolsas: comida, una manta nueva y uno de esos pasteles que la madre solía hacer, antes de fingir que Gabriel no existía.
—Has adelgazado —fue lo primero que dijo.
—Guardia pesada.
André lo encaró en silencio.
—Siéntate aquí —dijo, apuntando al sofá—. Ahora habla.
—¿Hablar de qué?
—Estás triste, Gabriel. Pero no es solo cansancio. Te conozco desde que tenías cinco años y dormías abrazado a mi brazo. Nunca supiste fingir.
Gabriel intentó reír. Fracasó.
—Yo solo… estoy intentando.
—¿Intentando qué?
—Ser suficiente.
En el hospital. Para mí mismo. Para una familia que solo me menciona cuando es para preguntar por qué todavía estoy solo. O cuando quieren que finja que no amo a quien amo.
André se quedó quieto. Después dijo:
—¿Y a quién amas?
Gabriel vaciló. Entonces dijo:
—A un colega. Miguel.
André respiró hondo.
—¿Él lo sabe?
—No. Creo que no. Pero incluso si lo supiera… él no me mira así.
André asintió.
—¿Y estás viviendo este amor solo desde hace cuánto tiempo?
—Tres años.
—¿Y sintiendo que no tienes a nadie contigo, verdad?
—Solo a ti.
André se acercó, pasó el brazo por los hombros del hermano.
—No te voy a soltar. Incluso cuando el mundo entero te dé la espalda.
Gabriel, por primera vez en mucho tiempo, lloró.
No con desesperación. Sino con agotamiento.
Y André se quedó allí, callado. Sin dar consejos. Sin interrumpir.
Solo se quedó.
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A la mañana siguiente, Gabriel no quiso levantarse.
El cuerpo pesado, como si tuviera arena en los huesos.
Llamó al hospital y pidió el día libre. Fue la primera vez en tres años que hizo eso.
No porque quería descansar.
Sino porque no conseguía fingir.
André ya estaba de pie, preparando café.
—Hoy descansas. Y mañana también, si es necesario.
Gabriel se sentó a la mesa. El olor del café le hacía recordar días buenos, aquellos que no vuelven más.
—¿Será que un día… yo voy a ser suficiente para alguien?
André lo miró a los ojos.
—Ya lo eres. La cuestión es: ¿alguien va a tener el coraje de verte?
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Aquella noche, Miguel llegó al hospital, atrasado.
Comentaron que Gabriel no había aparecido.
Y él, por primera vez, se detuvo.
Se quedó algunos segundos mirando la silla vacía donde Gabriel siempre se sentaba.
Y, por un instante… pareció incomodado.
Pero luego volvió al trabajo.
Frío. Rígido.
Como siempre.
O casi.