Lucia tiene que vivir bajo el odio de su propia familia sin saber el porqué, toda su vida ha sido así. En la escuela conoce a Liam, un chico que parece interesarse en ella, pero para su sorpresa, Fernanda, la hermana de Lucia, está enamora de Liam, lo que causara mayores problemas para Lucia…
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Negocios y cicatrices
Narra Lucía
Algún día juro que me las pagarán. Suplicarán por mi perdón… y no lo tendrán. Desde hoy, no los considero más mis hermanos. Pensé que cambiarían con el tiempo, pero veo que me equivoqué. Nunca cambiarán.
Me puse a buscar ropa lo más rápido que pude y fui al baño. Me desnudé y me miré al espejo… tenía varios moretones. Daba lástima. Pero no más.
Me metí a la tina con agua caliente, cerré los ojos y dejé que el silencio me envolviera. Me duché rápido. Después tomaría una ducha con calma. Me puse crema para los moretones —según esto es bueno—, me vestí, tomé mi celular, mi cartera y el maldito cheque. ¿De verdad piensan que con eso me alcanza para una moto? Están locos… pero ya verán.
Cuando tenía 16 conocí a Nadir Un genio en las computadoras y en los negocios. Aunque era tan solo un joven, sabía más que muchos adultos. De él aprendí casi todo lo que sé hoy. Se ganó mi corazón desde el principio, aunque confieso que dudé al inicio. Ya había confiado demasiado en otras personas y no quería volver a hacerlo. Pero ese bobo se fue abriendo paso poco a poco, ganándose mi confianza… y algo más.
Aunque ahora me pregunto: ¿dónde estarás Nadir Villalobos?
Bueno, eso lo resolveré después. Ahora lo importante es mi moto. Sí, tengo mi propio negocio. Y vamos bien. De verdad bien. Es uno de los cinco más importantes… aunque mantengo perfil bajo. Muy bajo.
Salí, bajé las escaleras y llamé un taxi. Le di la dirección y media hora después llegamos al lugar.
—Buenas tardes —saludé al entrar.
—Muy buenas tardes. ¿En qué le podemos ayudar, señorita? —respondió un vendedor con una sonrisa profesional.
—Necesito que me enseñes la mejor moto que tengas… y el precio.
—Enseguida. Por aquí.
Me llevó hasta una belleza: una Yamaha R6.
—Esta es una R6. Arranque electrónico, 6 velocidades. Tanque para 17 litros, velocidad máxima de 270 km/h. Refrigeración líquida. Motor de 4 cilindros, 4 tiempos… ¿Qué dice señorita, le gusta o quiere algo más barato?
—No. Esta está perfecta. Me gusta. ¿Con quién hablo? ¿Dónde firmo? Y quiero un casco. Negro.
—¿En serio le gustó? Le llamo al gerente —dijo, entusiasmado.
Minutos después apareció el gerente.
—Buenas tardes, señorita. Me dijeron que está interesada en la R6.
—Sí. La quiero. ¿Dónde firmo? Y me gustaría que me la lleven mañana. Hoy no me la voy a llevar.
—¿Está segura de que la puede pagar?
—Pregunté dónde firmo, no si podía pagarla —respondí seca.
—Por aquí, por favor —dijo, algo incómodo—. Voy a llamar al dueño, él le ayudará con los papeles.
Llegamos a una oficina más privada. El dueño, un hombre de porte amable, me saludó con respeto.
—Buenas tardes, señorita.
—Buenas tardes. Necesito comprar la R6 y que me la envíen mañana a esta dirección. Como son 15.800 dólares, necesito que me cobres 500 de más y me los des en efectivo. No traje suficiente para el taxi y no tengo cómo salir al banco. ¿Se puede?
—Por supuesto. No hay problema —respondió sin dudar. Tomó la tarjeta y procesó el pago.
Después de unos minutos volvió el gerente con los papeles.
—Aquí están, señorita.
—Listo. Ahora la moto es mía, ¿no?
—Falta firmar y será suya.
—Perfecto.
El dueño volvió con el dinero.
—Aquí tiene los 500 dólares extra y las llaves. Puede pedírselas al joven que le mostró la moto. También el casco.
—Gracias. Que no se olviden de enviarla mañana antes de las 8 a.m., ¿sí?
—Descuide. Mañana la tendrá. Cualquier cosa, venga nomás. Tiene un año de garantía y mecánico incluido.
Me despedí y fui en busca del vendedor. Lo vi algo inquieto, hablando por teléfono a un lado del local.
—Hola, ¿me puedes ayudar?
—Sí… te veo luego, no te preocupes… sí, los conseguiré —colgó y me miró—. Dígame, señorita.
—Necesito el casco, las llaves, los papeles…
En ese momento, el gerente lo llamó:
—¡Hey, tú! Ven acá.
—Sí, dígame, señor.
—¿Qué hacías con el celular?
—Lo siento, fue una urgencia. Quería pedirle un adelanto de 200 dólares, por favor. Necesito comprar unas cosas personales.
—Lo siento. No puedo. Recién estás a prueba. Haz tu trabajo.
Volvió conmigo, forzando una sonrisa.
—Aquí tiene el casco negro como pidió.
—Sí, justo lo que quería. Buen gusto.
—Gracias. También tengo los papeles y las llaves. Ah, y si quiere puede elegir un llavero… pero no diga que yo le dije.
—Enséñame los llaveros.
Me mostró una caja pequeña. Escogí uno con forma de ala negra, metálico.
—Este. Me encantó.
—Buena elección —respondió, algo más relajado.
—Eres el mejor. ¿Me acompañas hasta afuera? Ah, y dame el número del dueño. No del gerente, del dueño.
—Claro, aquí está.
Mientras salíamos, miré la hora. Casi su hora de salida.
—Me llamo Lucía. Un gusto. Toma —le di un sobre, sin más explicaciones—. Gracias por todo. Espero lo sepas usar bien.
—¿Qué es?
—Ábrelo después. Ten una linda noche.
Subí al taxi con media sonrisa y el corazón un poco más ligero. Media hora después llegué a casa. Todos estaban en la sala… y se notaba que no me esperaban.
—¿Compraste la moto? —preguntó Richard con ese tono seco de siempre.
—Sí. Mañana la vienen a dejar.
—Por supuesto —bufó Fernanda—. Mañana veremos tu chatarra. Jajaja.
—A tu cuarto, Lucía. La cena está allá —ordenó Gabriela sin mirarme siquiera.
Subí sin decir nada, cerré con seguro, me puse la pijama y me acosté. Revisé el celular: 15 llamadas perdidas, ocho de Abby, y el resto… un número desconocido. Mañana averiguaré quién fue.
Bostezo. Hoy fue un día pesado.
Y así, una vez más, me fui a los brazos de Morfeo.