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Latidos Prestados

Latidos Prestados

Status: En proceso
Popularitas:860
Nilai: 5
nombre de autor: Mel G.

Después de años de matrimonio, Lauro y Cora se sienten más distantes que nunca. El silencio es lo que más se escucha en casa, y hay dos corazones que, aunque siguen latiendo, cada vez se gritan más por estar tan lejos. Lauro está decidido a pedirle el divorcio: ya no soporta la convivencia. Pero todo empieza a cambiar cuando a Cora le diagnostican una enfermedad del corazón. La única manera de salvarla será con un trasplante. Y cuando el destino los empuje al límite, Lauro descubrirá que, por más lejos que intente estar, su corazón nunca ha dejado de pertenecerle a ella.

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LECHE, GALLETAS Y PROMESAS.

Cora y Lauro estaban hombro con hombro frente al fregadero, las manos en el agua tibia mientras una torre de platos aguardaba. Él enjuagaba y ella secaba, pero lo hacían entre risas y empujones disimulados.

En un momento, Lauro le salpicó unas gotas de agua.

—¡Oye! —exclamó Cora, fingiendo molestia mientras lo miraba de reojo.

Lauro sonrió con descaro.

Ella levantó el paño, como si fuera un arma.

—Te vas a arrepentir.

—Eso suena a amenaza, señora mía —replicó él, inclinándose hasta quedar frente a frente.

Cora sonrió, intentando disimular que el corazón se le aceleraba.

A unos metros, Mariela y su madre observaban la escena sin que ellos se dieran cuenta.

—Hace mucho que no los veía así… tan bien el uno con el otro —susurró Mariela con un dejo de esperanza.

—Tal vez Dios está poniendo las cosas en su lugar —respondió su madre con suavidad.

—Ojalá, madre… ojalá.

Oscar apareció en la puerta, apoyado en el marco.

—Ya terminé de poner la mesa para cenar —anunció con orgullo.

—¡Ya dejen eso y vengan! —gritó Mariela, sonriendo. No recordaba la última vez que había visto a su hermano tan relajado.

Todos dejaron la cafetería y pasaron a la casa. El comedor estaba iluminado por una luz cálida que hacía brillar la madera de la mesa; sobre ella, una cazuela humeante y pan recién horneado llenaban el ambiente de aromas reconfortantes. La charla fluía entre bromas y recuerdos, con momentos en que las miradas entre Lauro y Cora decían más que cualquier palabra.

A mitad de la cena, Mariela se levantó.

—Falta la jarra de agua con limón, la dejé en la barra de la cafetería. Voy por ella.

—Déjala, yo voy —dijo su madre.

—No, yo voy —insistió Mariela, tomando un suéter ligero antes de salir.

Cruzó el umbral hacia la cafetería en penumbra, guiada por la luz tenue que entraba por el ventanal. Fue entonces cuando, en un rincón de la barra, vio un sobre grueso con papeles a medio cubrir por un mantel doblado. No pudo evitar mirar: eran papeles de divorcio. El nombre de su hermano estaba ahí, en tinta negra y clara.

Tardó más de la cuenta en volver, lo suficiente para que Lauro notara su ausencia y fuera a buscarla. La encontró de pie junto a la barra, con los papeles en la mano.

—¿Se van a divorciar? —preguntó ella sin rodeos, al verlo entrar.

Lauro soltó un suspiro y dejó caer los hombros.

—Sí… no… no lo sé.

Se dejó caer en una de las sillas.

—¿Qué pasó? —preguntó Mariela, acercándose.

Lauro pasó las manos por su rostro.

—Me costó mucho tomar esa decisión. Peleábamos mucho… a veces ni siquiera hablábamos. Todo lo que hacía estaba mal. Frente a los demás fingíamos estar bien, pero en realidad todo estaba roto.

Mariela frunció el ceño.

—Sabíamos que ya no eran tan unidos, pero no imaginé que así. —Se sentó junto a él—. Debe haber algo más… ¿acaso tienes otra mujer?

—No… —dijo él, antes de añadir en voz baja—. Pero sí le fui infiel.

Mariela lo miró como si no hubiera escuchado bien.

—¿Qué? ¡Lauro, qué te pasa!

—Te juro que nunca quise hacerlo… no lo sé. Fue hace más de dos años y, maldita sea, ni siquiera lo recuerdo.

Ella negó con la cabeza.

—No esperaba eso de ti. Mi madre no te inculcó esos valores… tal vez sí deberías dejarla. Ella es una buena persona, y tú sabes lo que una infidelidad hace en una familia.

—Lo sé… pero cuando le presenté el divorcio no quiso. Pensé que era para pelear o para hacerme sufrir, pero no… solo me pidió seis meses. Yo le dije que no, que solo un día… un día para tratarnos como antes. Ese día fue ayer.

—¿Y qué pasó? —preguntó Mariela con impaciencia.

Lauro sonrió con melancolía.

—Me recordó todo lo que amo de ella. Todo lo que había olvidado… su sonrisa, cómo éramos cómplices, cómo soy capaz de hacer lo que sea por ella. Iba a dejarla para no dañarla… para que no me odiara, porque yo me odio. Pero ayer me dio una pizca de lo que éramos… y ya no quiero irme.

Mariela miró los papeles.

—Por eso no están firmados por ella.

Él asintió.

—Le dije que había un error… pero era mentira.

—Pues así como están las cosas, ella no debió pedirte ni un solo día. Tú debiste rogarle.

—Lo he hecho… pero ella no puede perdonarme. ¿Cómo podría si yo mismo no puedo?

Mariela suspiró.

—Habla con ella. Por lo que veo, tal vez sí está dispuesta a que esto vuelva a funcionar.

—¿Y si me quiebra de nuevo?

—En ese caso, se romperían los dos. Pero si puede funcionar… te vas a arrepentir toda la vida de no intentarlo una última vez.

...****************...

Mientras Cora conversaba animadamente con Silvia y Mariela en la sala, Lauro se apartó hacia un rincón del jardín con Oscar, que observaba la escena con una taza de café en la mano.

— Quiero hablar contigo —dijo Lauro en voz baja, con un tono que pedía ser escuchado en serio—. Es sobre la Ley del Cierre Voluntario.

Oscar lo miró con interés.

— ¿Qué hay con eso?

— Cora quiere ver si hay alguna manera en la que pueda involucrarse para que no aprueben la propuesta.

El gesto de Oscar se endureció.

— Sabes que es un tema muy delicado. No es solo un debate… es tocar intereses fuertes, y eso siempre trae consecuencias. No es algo para tomarse a la ligera.

— Vamos, sé que puedes ayudarme —insistió Lauro, acercándose un poco más—. Sé que todavía tienes cierto estatus dentro del Congreso, y que si te mueves, puedes abrirle una puerta. Ayúdala… ayúdame… a que pueda entrar a debatir, a exponer sus puntos, sus ideas. Cuando la escuchen, sé que logrará convencerlos. Ella es la mejor peleando por sus ideales.

Oscar entrecerró los ojos, evaluándolo. Lauro sabía que su amigo no solo tenía influencia: también era uno de los que, llegado el momento, votaría a favor o en contra. Y su peso era tal que, si él apoyaba algo, la mayoría lo seguía… y si lo rechazaba, la mayoría también lo haría.

— Déjame ver qué puedo hacer —dijo al fin, con un suspiro—. No te aseguro nada… pero sí sé que, si logra entrar, hará un buen trabajo. Fue la mejor de la generación cuando nos graduamos.

Lauro sonrió apenas. Y eso que no amaba su carrera… pensó.

— Gracias.

Regresaron juntos a la sala. Cora seguía hablando con Mariela, pero sus ojos se iluminaron un instante cuando lo vio.

— ¿Nos vamos? —preguntó Lauro, dirigiéndose a ella.

Ella asintió con una leve sonrisa, sin saber que una conversación en el jardín acababa de abrir una puerta que quizá le cambiaría el rumbo a todo.

— Me dio mucho gusto saludarla, señora Silvia —se despidió Cora.

— Mi niña, siempre eres bienvenida. Eres mi nuera linda.

— Discúlpeme por no venir antes, trataré de visitarla más seguido.

— Tranquila, ustedes tienen su vida. Mientras estén felices y juntos, yo estoy bien.

Cora y Lauro se miraron apenas un instante, como si quisieran decir algo que no se atrevían, antes de continuar con la despedida.

— ¿Me puede dar su bendición? —pidió ella.

— Claro que sí, hija. —Silvia hizo la señal de la cruz sobre ella, después sobre Lauro, quien la aceptó más por costumbre que por creencia, y por último sobre Oscar.

— Después mandaremos por el auto de Cora —dijo Lauro.

Los acompañaron hasta la puerta. Mariela aprovechó para susurrarle a su hermano:

— Dile cómo te sientes… tal vez ella lo entienda.

Lauro no contestó.

En el camino, Cora observaba el paisaje en silencio, con el codo apoyado junto a la ventanilla. La brisa que entraba por la rendija apenas movía un mechón de su cabello.

— ¿Estás bien? —preguntó Lauro, sin dejar de verla de reojo.

— Sí… es solo que había olvidado cuánto me gustaba venir a casa de tu madre.

— Ella te quiere mucho.

— Yo también la quiero mucho.

El semáforo se puso en rojo y el motor quedó en un murmullo bajo. Lauro apretó el volante, como si estuviera decidiendo entre callar o lanzarse al vacío.

— Cora… ¿por qué me habías pedido seis meses?

Ella desvió la mirada hacia sus manos, frotando los dedos como quien quiere borrar un pensamiento. No podía decirle que le quedaban seis meses de vida, que lo único que quería era pasar ese tiempo con él… y que si lo sabía, Lauro se quedaría por compasión.

— No lo sé… —respondió al fin—. Creo que sentí que nunca intenté que continuáramos de verdad. Quería darnos otra oportunidad… esta vez de verdad. —Su voz era suave, pero la última frase le tembló. Respiró hondo—. Pero está bien… entiendo que hayas querido terminar con esto.

Lauro la miró fijo, como si quisiera encontrar algo más detrás de sus palabras.

— ¿Y si lo intentamos? —preguntó al fin, sin apartar la vista. El semáforo cambió y el auto volvió a avanzar—. No tiene que ser como ayer, pero… podríamos hacer un esfuerzo. Si tú estás de acuerdo.

Dudó, tragó saliva, y antes de arrepentirse, murmuró—: Es que… aún… —pero se contuvo. No era el momento para decir “te amo”.

Cora lo miró, sorprendida por el quiebre en su voz.

— Me parece bien… pero con una condición.

— No volveré a subir a tus juegos del horror —bromeó él, intentando aligerar el ambiente.

Ella soltó una risa breve, pero sus ojos no sonreían del todo.

— No, eso no. Quiero que, si un día sientes que debes irte… te vayas. Lo prometes.

El silencio que siguió se volvió espeso. Lauro sintió un nudo en el estómago, una incomodidad que no supo explicar.

— Lo prometo —dijo, aunque su voz sonó más baja de lo que esperaba.

— Y sí volverás a subirte a los juegos conmigo, es obvio.

— Lo sé… —respondió, forzando una sonrisa. Pero el miedo seguía ahí, agazapado, como si ella hubiera puesto fecha de caducidad a algo que él quería salvar.

Cuando llegaron a casa, cada uno se dirigió a su recámara para prepararse para dormir. Lauro se entretuvo un rato en su computadora resolviendo un pendiente de la oficina. Pasada casi una hora, bajó como todas las noches a buscar su vaso de leche.

No esperaba encontrar a Cora en la cocina. Estaba de pie junto a la barra, con el pijama sencillo y el cabello suelto, dándole vueltas distraídamente a una cuchara dentro de un vaso.

Lauro dudó antes de acercarse. Aunque ella ya no estaba a la defensiva como al principio, su cuerpo todavía parecía reaccionar por instinto a todo lo vivido en los últimos años.

Pero entonces, al verlo, Cora tomó otra taza y comenzó a servir leche también para él. Sacó un pequeño paquete nuevo de galletas, lo abrió con cuidado y puso tres en un plato para ella y tres en otro para él. No dijo nada, pero el gesto hablaba más que cualquier palabra. Lauro supo que podía acercarse.

Él se sentó en la barra, frente a ella, y la observó un segundo antes de murmurar:

—Gracias.

Ella sonrió apenas. El silencio se quedó flotando entre ambos, cómodo y extraño al mismo tiempo, hasta que Lauro decidió romperlo.

—¿Qué harás mañana después de dejar el departamento a tu hermano y a Alina? —preguntó, llevándose la taza a los labios.

—No sé… creo que empezaré a hacer castings —respondió Cora con una sonrisa tímida—. Ni siquiera sé por dónde empezar.

—No importa. Lo importante es que sientas que estás haciendo lo correcto.

—Sí. Si me queda mucho tiempo libre, quizá busque información sobre el tema del cierre voluntario —dijo, bajando un poco la voz—. Quiero ver si puedo entrar al debate legislativo… aunque sea de manera independiente.

—Podrías empezar presentando una propuesta de reforma como ciudadana —comentó Lauro—. Si reúnes firmas y la entregas a la comisión correspondiente, al menos obligas a que se escuche.

—Eso suena más viable… —murmuró ella, pensativa.

—Bueno, yo ya hablé con Óscar para ver qué puede ayudarte.

—¿En serio? —Cora se levantó sin pensarlo y lo abrazó con fuerza—. Ay, de verdad, gracias.

Lauro sonrió, rodeándola por la cintura, sintiendo el calor de su cuerpo contra el suyo.

—Aún no es un hecho —le advirtió, aunque no soltó el abrazo.

—No importa. Yo sé que Óscar encontrará la manera.

—Solo prométeme que vas a ser prudente… y que vas a cuidarte —le pidió con voz suave, pero firme, todavía con las manos en su cintura.

Ella giró los ojos con una mezcla de resignación y ternura, volviendo a su lugar. No estaba molesta, solo sabía lo protector que podía llegar a ser su esposo.

—Lo haré.

—Hablo en serio, Cora. Esto no es un juego. Si te expones demasiado pueden pasar cosas malas… amenazas, difamaciones, gente siguiéndote. No quiero verte en medio de eso.

Ella tomó una galleta, le dio un mordisco y asintió.

—Sí, señor. —Levantó las cejas con un gesto que, aunque juguetón, no ocultaba que lo había escuchado de verdad.

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