Elías tiene 19 años. Pospone la universidad por la muerte de su hermana y se va a Moonvale a trabajar de bibliotecario de día y mesero de noche.
Una noche encuentra dos bebés abandonados en la biblioteca. Nadie los reclama. Si los deja, irán a un orfanato. Decide criarlos como suyos.
Lo que no sabe es que Lyra y Milo no son normales. Crecen muy rápido, aúllan a la luna y sus ojos brillan como lobos. Son hombres lobo, los últimos Alfa.
Ahora tiene que comprar una cabaña en el bosque, aprender a ser papá lobo, protegerlos de los cazadores del pueblo y no enamorarse del veterinario que le está ayudando a criarlos.
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CAPÍTULO 14 - Palabras
Lyra dijo su primera frase completa un martes, mientras yo intentaba hacerme una trenza y se me enredaba.
—Mamá, yo te ayudo con pelo —dijo, clarito, sin gatear, de pie al lado del espejo.
Me quedé quieto. Tenía el cabello castaño largo hasta la espalda, enredado porque no me lo peiné en la mañana. Ella se subió a una silla y me tiró la goma.
—Papá ayuda mejor —dije automático, pero flojo.
—Mamá ayuda mejor —repitió ella, con ternura, y me peinó con sus manitas con uñas negras que ya sabía limarse sola.
Milo la escuchó y vino corriendo con su pelota de cuero.
—Mamá pelo bonito —dijo—. Yo también ayudo.
Los dos me peinaron. Me dejaron la cabeza chueca, con mechones parados, pero me reí tanto que me dolió la panza.
En la mañana Milo se despertó con mocos. Le limpié la nariz y dijo "mamá, no quiero". Cuando le digo papá, se ríe y dice "mamá papá es lo mismo".
En la casa chica no tengo mucho espejo, solo uno chico que me regaló Marta. Me miro ahí cada mañana para hacerme la trenza. A veces me veo cansado, a veces me veo grande.
Desde ese día empezaron a hablar como loritos. Frases cortas, pero completas, como gente grande chiquita.
—Mamá, tengo hambre de carne —decía Milo.
—Mamá, no quiero calcetín feo —decía Lyra.
Yo les corregía a medias.
—Papá, digan papá —les decía—. Soy papá.
—Mamá papá —decían ellos, mezclando, sin entender por qué me importaba.
Me importaba porque en el pueblo todavía había gente que se reía. No todos, pero algunos. Marta me dijo que cuando sus hijos eran chicos le decían mamá de todas las formas posibles: mamá linda, mamá fea, mamá enojada. Dijo que es normal que mezclen.
Don Héctor me contó que su hijo mayor, el de pelo largo, también le dicen mamá a veces en broma en el trabajo. Dijo que al principio se enojaba, ahora se ríe.
En la fila del pan, una señora que no conozco dijo la semana pasada:
—Ahí va la mamá de los lobitos con su trenza.
Lo dijo riendo. No con mala, pero riendo.
Silas estaba conmigo y la escuchó.
—Sí —dijo fuerte, para que escuchara toda la fila—. Es la mamá de los lobitos con trenza castaña. Y es la mejor mamá que he visto en Moonvale. ¿Usted cuántos lobitos crió con trenza y sin dormir?
La señora se puso roja y se fue.
Después me dijo:
—Si te molesta que te digan mamá, les digo que te digan papá yo.
—No me molesta cuando me lo dicen ellos —le dije—. Me molesta cuando me lo dicen los demás como chiste por mi pelo largo.
—Tu pelo largo no es chiste —dijo—. Es tuyo. Y te queda bien cuando te ayudan esos dos a peinarlo.
Esa tarde vino Elena de visita sorpresa. No venía desde el invierno por la nieve. Trajo ropa usada que le quedaba grande a su hijo y un libro de cuentos de lobos.
—Elías —dijo al entrar a la casa chica—. Qué grande está tu pelo.
—Me lo dejan largo —dije—. Lyra me hace peinados.
Elena miró a Lyra y Milo correr en el patio cerrado.
—Te dicen mamá —dijo, sin preguntar.
—Sí —dije—. Al principio me daba vergüenza. Ahora no tanto.
—¿Quieres que te digan papá? —preguntó.
—Sí —dije—. Pero cuando me dicen mamá con esa voz tierna, no puedo enojarme. Me dicen mamá bonita y me tocan la trenza y me abrazan. Si les digo que no, se ponen tristes.
Elena se agachó y abrazó a Lyra.
—Mi hermano es mamá —le dijo Lyra a Elena muy seria—. Mamá bonita con pelo largo castaño que yo peino.
—Ya veo —dijo Elena, riendo—. Mamá bonita.
Esa noche, después que Elena se fue, Silas vino a dejar leña. Me vio con la trenza chueca que me hizo Lyra.
—Te peinó tu hija —dijo.
—Sí —dije—. Me dejó lindo.
—Te dejó lindo —repitió, y me quitó la goma para rehacerme la trenza.
Se puso detrás de mí en el suelo, como siempre hace, y me peinó con dedos fríos. Yo sentía su respiración en la nuca donde nace la trenza.
—Hoy en El Ciervo un tipo nuevo dijo que parecías mina con trenza —dijo mientras trenzaba despacio—. Le dije que si tenía problema con tu trenza larga, que se la hiciera él mismo y viniera a pelear conmigo a ver si se veía tan mina como tú.
Me reí.
—Siempre me defiendes —dije.
—Siempre —dijo—. Porque me gusta defender tu trenza. Me gusta que te digan mamá bonita y que no te escondas.
Terminó la trenza. Me la dejó firme, gruesa, castaña.
Lyra vino y se colgó de ella.
—Mamá trenza nueva —dijo.
—Papá trenza nueva también vale —dije.
—Mamá trenza nueva bonita —repitió ella, terca y cariñosa, dándome un beso en la nuca donde empieza la trenza.
Milo se acercó y dijo, clarito:
—Mamá, yo te quiero mucho con pelo largo.
Me quedé helado. Era la primera vez que decía te quiero.
—Yo también te quiero mucho —le dije, con voz rara—. Mucho, mi lobo.
—Mamá, yo también te quiero —dijo Lyra, abrazándome.
Me senté en el suelo de madera con los dos encima mío, con la trenza nueva gruesa que me hizo Silas y que ellos habían intentado hacer antes con sus manitas chicas.
Por primera vez esa semana no corregí mamá por papá en voz alta. Los dejé decir mamá te quiero con esa ternura enorme que me partía el pecho y me hacía temblar.
Porque esa tarde entendí que no me decían mamá porque pareciera niña por mi pelo largo castaño.
Me decían mamá porque era el que se quedaba siempre, el que hacía trenzas, el que hacía papilla con sangre, el que arreglaba cerco chueco con barro.
Y ser mamá así, con trenza castaña larga y patio de barro chueco, se sentía más valiente y más real que ser solo papá a secas.