un romance entre un mafioso y un femboy
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UN SECRETO DE ADRIÁN
Ñ
Al día siguiente, el correo electrónico de Dante recibió un archivo adjunto sin remitente. Sabía perfectamente de quién era antes de siquiera hacer clic sobre él. El nombre del archivo era simple: Adrián.pdf.
Dante respiró hondo y lo abrió.
Comenzó a leer con cautela. Allí estaba toda la información: el lugar donde Adrián había nacido, las escuelas a las que había asistido, los trabajos que había tenido desde que era adolescente, las personas con las que había compartido más tiempo. Todo parecía normal. Era la vida de una persona corriente, sin rastro de peligro, sin conexiones evidentes con el mundo oscuro en el que Dante había vivido toda su existencia.
—¿Qué encuentras? —preguntó Adrián, acercándose por detrás y posando una mano suave sobre su hombro.
—Todo parece estar bien —murmuró Dante—. Es solo… tu vida. Tal como me la has contado.
Estaba a punto de cerrar el documento cuando notó que había una página más abajo. Al hacer clic para pasar a la siguiente, su respiración se detuvo por un instante.
En la pantalla aparecía un documento oficial, con sellos y fechas que se remontaban a más de veinte años atrás. No era sobre Adrián directamente. Era sobre sus padres.
Dante frunció el ceño y lo leyó con atención creciente.
—¿Qué es eso? —preguntó Adrián, notando el cambio en su postura.
—Una empresa… que pertenecía a tu familia —dijo Dante con voz tensa—. Según esto, era una empresa de importaciones. Pero supe de ella hace años. No era real. Era una fachada. Utilizada para ocultar operaciones de la organización de Marcus.
Adrián palideció. Se inclinó hacia adelante y leyó él mismo, línea por línea, como si esperara que al leerlo con sus propios ojos el texto cambiara o desapareciera. Pero las palabras seguían ahí, claras y contundentes.
—No… —susurró—. No sé nada de esto. Mis padres nunca mencionaron nada parecido. Decían que su negocio era pequeño, que apenas alcanzaba para mantenernos… nunca hablaron de empresas grandes ni de importaciones. Te lo juro, Dante. No tenía ni idea.
Dante lo miró a los ojos. Vio el miedo genuino en ellos, la confusión, la incredulidad. No había rastro de mentira.
—Te creo —dijo con suavidad.
—¿De verdad? —preguntó Adrián, con la voz quebradiza—. ¿No piensas que lo sabía y que te lo oculté todo este tiempo?
—No. No lo creo.
Adrián soltó el aire tembloroso, y una mezcla de alivio y temblor le recorrió el cuerpo. Pero las dudas ya habían echado raíces. Se sentó en el borde de la silla, mirando la pantalla como si esta contuviera algo que podía destruirlos.
—Entonces… nuestras vidas ya estaban conectadas mucho antes de que nos conociéramos —dijo lentamente—. Todo este tiempo creí que fue casualidad. Que entraste a la cafetería simplemente porque querías un café. Pero tal vez…
—Tal vez nada es lo que parece —completó Dante en voz baja.
La revelación cambió todo. Si la familia de Adrián tenía vínculos con la organización de Marcus, entonces su encuentro ya no parecía tan inocente. Lucian había estado observando a Adrián desde mucho antes. Quizá fue él quien orientó los pasos de Dante hacia aquel lugar. Quizá aquel primer encuentro no fue un accidente, sino una pieza más en un tablero que alguien más grande había estado moviendo durante décadas.
Adrián se abrazó a sí mismo, inquieto.
—¿Y si todo esto fue planeado desde el principio? —preguntó con un hilo de voz—. ¿Y si yo… si yo nunca fui más que una pieza en un juego que no entiendo? ¿Y si tú también fuiste manipulado para acercarte a mí?
Dante se quedó inmóvil. La pregunta dolió más de lo que esperaba. No por sospecha, sino por la incertidumbre que también anidaba en su propio pecho.
—No puedo responderte eso con seguridad —admitió Dante con honestidad—. Pero hay algo que sí sé con certeza. Lo que siento por ti… lo que construimos juntos… nadie lo planeó. Nadie pudo obligarme a sentir lo que siento. Eso fue, es y será siempre nuestro. Nunca te mentí sobre mis sentimientos. Jamás.
Adrián bajó la mirada, luchando contra el torbellino de emociones.
—Lo sé. En el fondo lo sé. Pero da miedo pensar que alguien más pudo haber estado moviendo los hilos desde antes de que supiéramos de la existencia del otro.
—Entonces averiguaremos la verdad —dijo Dante, acercándose despacio, sin abrazarlo todavía, respetando su espacio—. Juntos. Sea lo que sea lo que encontremos, lo enfrentaremos juntos. No tienes que resolverlo solo. No tienes que tener todas las respuestas ahora mismo.
Adrián levantó la mirada poco a poco. Vio en los ojos de Dante algo más que cariño: respeto. Confianza. La certeza de que podía dudar, de que podía temer, y aun así no sería juzgado.
—Te creo —dijo finalmente, y en esas dos palabras puso todo su corazón—. Gracias por no darme la espalda.
—Gracias por permitirme estar a tu lado —respondió Dante en un susurro.
Continuaron leyendo, investigando, comparando fechas y nombres durante horas. Y cuanto más profundizaban, más extraño se volvía todo. Descubrieron que Marcus había estado buscando a la familia de Adrián durante más de veinte años. Había enviado personas a investigar, había intentado localizar a sus padres en varias ocasiones. Pero el motivo… el motivo por el que los buscaba con tanta insistencia seguía siendo un misterio. Ningún documento lo explicaba. Ninguna nota lo revelaba. Era como si la respuesta estuviera ocultada a propósito, justo fuera de su alcance.
—¿Qué crees que quería de ellos? —preguntó Adrián, rompiendo el silencio de la habitación.
Dante miró la pantalla oscurecerse poco a poco con el reflejo de ambos.
—No lo sé —admitió con sinceridad—. Pero sea lo que sea… tenemos que saberlo. Porque mientras no lo sepamos, ninguno de los dos estará realmente a salvo.