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El Contrato de un Billonario

El Contrato de un Billonario

Status: En proceso
Genre:CEO / Matrimonio contratado / Amor prohibido / Mujer fuerte/hombre frágil / Atracción entre enemigos
Popularitas:23.4k
Nilai: 5
nombre de autor: NocheCeniza

Valentina Estrada lo tuvo todo: un apellido respetado, una mansión en Polanco y un futuro brillante. Hasta que su padre fue acusado de corrupción, se suicidó, y ella cayó al abismo.
Siete años después, sobrevive con tres empleos, paga la clínica de su madre en estado vegetativo y duerme en un departamento del tamaño de un clóset. Una noche de desesperación, finge un accidente automovilístico para cobrar el seguro.
El conductor del Mercedes resulta ser Santiago Reyes — el becario al que humillaron en la preparatoria, ahora dueño de un imperio de miles de millones. Y el hijo del hombre que murió por culpa de su padre.
Santiago le ofrece un trato imposible: 2 mil millones de pesos por seis meses de matrimonio.
Valentina acepta. Lo que no sabe es que Santiago lleva diez años comprando cada objeto que ella tocó, guardando cada foto que encontró, y esperando en silencio el momento de tenerla de vuelta.
En el tercer piso de su mansión hay una habitación cerrada con llave.
Dentro está la prueba de que nunca dejó de amarla.

NovelToon tiene autorización de NocheCeniza para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

Capítulo 16

"Conseguirla. Poseerla. Encerrarla."

—Con mucho gusto.

Karla obtuvo el piso dieciocho.

Valentina obtuvo una semana sin sueldo, una rodilla que seguía inflamándose cuando caminaba demasiado y el privilegio de descubrir que el descanso obligatorio tampoco descansaba.

El segundo día de suspensión, la rodilla amaneció caliente.

No era un dolor dramático. Era peor: un dolor constante, terco, de esos que no te mandan al hospital pero te recuerdan cada tres pasos que el cuerpo lleva la cuenta aunque una finja lo contrario.

Hospital San Gabriel quedaba fuera de discusión. Solo entrar por urgencias parecía caro. Así que buscó en el celular una clínica de barrio cerca de la estación, leyó tres reseñas dudosas y salió con una sudadera vieja, gorra y el orgullo escondido en la bolsa.

La Clínica San Mateo ocupaba la planta baja de un edificio amarillo. Había sillas de plástico, un ventilador que hacía más ruido que aire y un cartel que decía "No se fía consulta".

Valentina pagó antes de sentarse.

—Nombre completo —pidió la chica de recepción.

—Valentina Estrada Muñoz.

Una mujer joven, con uniforme azul claro y una credencial colgada al cuello, levantó la cabeza desde el área de curaciones.

Tenía la cara redonda, ojos grandes y una dulzura de esas que parecían imposibles de falsificar. También tenía una coleta mal hecha y un bolígrafo detrás de la oreja.

La credencial decía:

Sofía Reyes Coronado.

Valentina no la vio.

Sofía sí vio el formulario.

Valentina Estrada Muñoz.

Por un segundo, el bolígrafo se le resbaló de los dedos.

La niña de los chocolates.

El nombre que había escuchado en su casa como si fuera una puerta cerrada.

La chica de la foto vieja que su hermano guardaba en un libro que nadie debía tocar.

Sofía tragó saliva, recogió el bolígrafo y sonrió como si nada.

—¿Valentina? Pasa conmigo, por favor.

Valentina entró al cubículo y se sentó en la camilla.

—Es la rodilla —dijo—. Me caí hace unos días y se inflamó otra vez.

Sofía se puso guantes.

—¿Te revisaron con radiografía?

—Sí. No hay fractura.

—¿Dónde te atendieron?

Valentina dudó.

—En un hospital.

—Eso reduce mucho la lista —dijo Sofía, ligera.

Valentina la miró.

Sofía levantó ambas manos.

—Perdón. Mala costumbre. Hablo demasiado cuando la gente entra con cara de querer morder.

Valentina no pudo evitar una sonrisa mínima.

—No muerdo si no me cobran de más.

—Entonces estamos a salvo.

Sofía palpó alrededor de la rodilla con cuidado. No era brusca. Tenía manos cálidas, seguras, de alguien que no estaba ahí solo por salario. Valentina, que ya venía preparada para pelear con el mundo, se encontró bajando la guardia sin permiso.

—Hay inflamación, pero no se siente inestable —dijo Sofía—. Probablemente forzaste demasiado la pierna antes de que bajara el golpe.

—No tenía muchas opciones.

—El cuerpo no suele negociar con las opciones de una.

Valentina soltó aire.

—Qué grosero el cuerpo.

—Un horror. Yo llevo años quejándome.

Sofía limpió la zona, aplicó una venda elástica nueva y le explicó cómo elevar la pierna, cuándo usar frío y cuándo volver si había fiebre o dolor más fuerte. Hablaba rápido, pero no atropellaba. Cada instrucción venía con un gesto claro.

—¿Eres enfermera? —preguntó Valentina.

—Farmacéutica. Pero aquí todos hacemos de todo cuando falta personal.

—Eso suena ilegal.

—Suena a México.

Valentina rió una vez. Le dolió menos que reír en el hotel.

Sofía aprovechó para mirarla de verdad. Era más delgada de lo que esperaba. Más cansada. No parecía la villana de ningún cuento familiar. Parecía una mujer joven con ojeras, una rodilla hinchada y demasiadas cuentas encima.

—¿Tienes quién te ayude en casa?

—Tengo una gata con complejo de patrona.

—Sirve. Las gatas juzgan, pero acompañan.

—¿Tienes?

—Un hermano. Es peor.

Valentina volvió a sonreír.

Sofía casi se delató al sonreír de vuelta con demasiada emoción.

No. Cuidado.

—Listo —dijo, bajando la mirada a la venda—. Te voy a dar antiinflamatorio. No lo tomes con el estómago vacío.

—¿También cobran el sermón?

—Ese va gratis porque me caíste bien.

Valentina tomó la receta.

—Gracias, Sofía.

Su nombre en boca de Valentina le apretó algo en el pecho.

—De nada.

Cuando Valentina salió, Sofía se quedó un momento junto a la camilla vacía. Luego sacó el celular, abrió el chat de su hermano y escribió:

"Hoy vi a alguien."

No lo envió.

Borró el mensaje.

Volvió al escritorio de recepción con cualquier excusa y miró el formulario que Valentina había llenado. Teléfono, colonia, firma rápida, letra firme. No había contacto de emergencia. En el espacio de "acompañante" aparecía una raya.

Sofía tocó el papel con la punta del dedo.

Sola.

La palabra no estaba escrita, pero ahí estaba.

Tomó una foto del formulario.

Luego la borró también.

Si Santiago quería saber, tendría que preguntarle de frente. Y si Valentina no sabía quién era ella, Sofía todavía podía elegir no traicionarla en los primeros cinco minutos.

En la Residencia Las Palomas, esa misma tarde, Carmen Coronado de Reyes estaba sentada en el jardín interior, con lentes oscuros y un rosario enrollado entre los dedos. Aunque no veía, giró la cabeza cuando Sofía entró.

—Llegas tarde.

—Había mucha gente en la clínica.

—Y traes la voz rara.

Sofía dejó su bolso sobre una silla.

—Mamá, tú escuchas demasiado.

—Cuando una no ve, aprende a oír lo que los hijos esconden.

Sofía se sentó a sus pies, como cuando era niña.

Carmen le tocó el cabello.

—Soñé con tu padre.

El nombre no se dijo, pero ocupó todo el jardín.

Sofía bajó la mirada.

—¿Fue un sueño triste?

—Todos los sueños con Héctor son tristes cuando despierto.

El rosario se movió entre sus dedos.

—También soñé con Santiago de joven. Antes de endurecerse.

Sofía se quedó quieta.

—Mamá...

—Si Valentina estuviera en la ciudad —dijo Carmen, lenta—, ¿tu hermano aún la querría?

Sofía sintió que la pregunta le golpeaba directo en la garganta.

—No sé.

—Sí sabes.

Sofía pensó en la mujer de la clínica, en la rodilla vendada, en la forma en que había sonreído al hablar de una gata. Pensó en Santiago, que podía convertir una habitación entera en silencio si alguien decía el apellido Estrada.

—Creo que nunca dejó de hacerlo —susurró.

Carmen cerró los dedos sobre el rosario.

—Eso es lo que me da miedo.

Esa noche, en el estudio de la Residencia Las Palomas, Santiago no encendió la luz principal.

Tenía sobre el escritorio el convenio de deuda, el reporte del Hotel Castellano y el mensaje no enviado que Sofía finalmente sí había mandado:

"La vi. Está lastimada. No sabe quién soy."

Santiago leyó esas tres frases hasta que la pantalla se apagó.

Valentina fuera del hotel.

Valentina herida.

Valentina caminando por clínicas de barrio porque prefería romperse antes que pedir ayuda.

La dejo ir, había pensado.

Qué mentira tan pobre.

Se puso de pie y caminó hasta el ventanal. Afuera, la ciudad brillaba enorme, llena de lugares donde ella podía esconderse. Hoteles, bares, clínicas, calles sin cámaras, departamentos pequeños, amistades que él no controlaba.

La idea de no saber dónde estaba le cerró la garganta.

Santiago apoyó una mano contra el vidrio frío.

—Conseguirla —dijo.

La palabra sonó baja.

Luego otra.

—Poseerla.

Y otra, más oscura, más honesta.

—Encerrarla.

Cerró los ojos.

—Que no pueda escapar.

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Stella Vergara
Hermosa historia
Stella Vergara
después de tantos secretos, lágrimas , desafíos, odio ,amor , reconciliación, tormentas , exoneración y justicia, siempre triunfa el amor
Stella Vergara
la verdad era más fácil aunque doliera
Stella Vergara
,fuerte,las mentiras son crueles
Stella Vergara
e🤭🤭🤭🤭🤭🤭 enamorados o no hacen un equipo perfecto
Stella Vergara
ya es hora que pase algo con bueno entre ellos ,se siente fastidiosa
Stella Vergara
no entiendo nada
Stella Vergara
par de locos se odian no se soportan y se aman o son ideas jajaja🤭👏👏
Stella Vergara
jajajajaj está interesante
Stella Vergara
pobre muchacha 🤭🤭
daniela guzman
me encanta
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