Aylany, al cumplir quince años, comienza a descubrir su propio camino, enfrentando nuevos sueños, emociones y decisiones que marcarán el inicio de su propia historia.
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Capítulo 16: El límite de la paciencia
Pasaron dos semanas desde ese lunes de regreso, y la situación en el colegio se había vuelto insoportable.
Para Tomás, cada día era una oportunidad nueva para demostrarle a Aylany que no tenía lugar allí, y lo hacía con una frialdad que no dejaba espacio a dudas: no sentía nada por ella más que rencor puro y profundo.
En su mente, ella era el símbolo de todo lo que él no tenía, de todo lo que le costaba tanto conseguir y que ella parecía recibir sin esfuerzo.
Por eso, no le importaba cruzar fronteras, siempre que no lo atraparan en el acto.
Las bromas ya no eran solo desordenar papeles o esconder cosas; ahora iban directo a lo que más le importaba: su reputación, su trabajo y su tranquilidad.
Una mañana, antes de que empezaran las clases, alguien pegó en la puerta del aula hojas con frases escritas con letras recortadas, diciendo que ella solo aprobaba por dinero y que no valía nada como estudiante.
Cuando todos se agruparon para leerlas, Aylany sintió cómo le ardían las mejillas de la vergüenza.
Al mirar hacia el fondo de la sala, vio a Tomás apoyado en su silla, con los brazos cruzados y una media sonrisa de satisfacción, como si hubiera cumplido una misión.
—Qué lástima que la verdad salga a la luz —comentó en voz alta, para que todos escucharan—.
Pero bueno, es lo que pasa cuando uno se hace pasar por lo que no es.
Aylany apretó los puños bajo la mesa, con la mandíbula tensa.
No iba a darle el gusto de verla llorar ni de verla huir, pero por dentro sentía que la paciencia se le estaba acabando.
Valeria y Camila arrancaron las hojas rápidamente y se quedaron a su lado, defendiéndola ante los que empezaban a mirarla con desconfianza.
—No le crean nada —decía Valeria con firmeza—.
Aylany es la mejor alumna del curso, lo demuestra todos los días.
Esto es mentira.
Pero la semilla de la duda ya estaba sembrada, y Tomás lo sabía.
Esa misma tarde, durante la clase de química, mientras ella se concentraba en preparar la mezcla para el experimento, él aprovechó que la profesora estaba atendiendo a otro grupo para cambiarle un frasco de sustancias.
Cuando Aylany vertió el líquido, en lugar de reaccionar suavemente, salió una pequeña nube de humo que manchó su bata de laboratorio y le salpicó un poco el antebrazo, dejando una marca roja que ardía con intensidad.
Soltó un grito ahogado por el dolor y se apartó de inmediato.
La profesora corrió a ayudarla, lavando la zona con agua fría y revisando que no fuera nada grave.
Tomás observaba desde su puesto, fingiendo preocupación, pero en sus ojos verdes no había ni un ápice de remordimiento: solo veía el resultado de su plan y pensaba en la siguiente forma de hacerle daño.
—Hay que tener más cuidado con lo que se maneja —le dijo después, cuando estaban solos en el pasillo—.
O tal vez es que no estás hecha para cosas que requieren esfuerzo de verdad.
—Ya basta, Tomás —le respondió ella, con la voz temblando pero firme, señalando la marca roja en su brazo—.
Esto ya no es una broma. Me estás haciendo daño físico y tratando de arruinar mi nombre.
¿Qué más querés?
¿Que me vaya llorando para que te sientas mejor?
Él se acercó, invadiendo su espacio, con la mirada fría y dura como el hielo.
—No quiero que te vayas llorando —le dijo bajito, sin dejar que nadie más escuchara—.
Quiero que te des cuenta de que acá no sos bienvenida.
Que por más dinero que tengas, por más ropa que uses o por más notas que intentes sacar, nunca vas a ser igual a los que sí nos ganamos nuestro lugar.
Y mientras sigas aquí, esto no va a parar.
Aylany se quedó callada, mirándolo fijamente.
No había ninguna duda en sus palabras, ninguna confusión en su mirada: solo odio.
Esa certeza le dolía más que cualquier golpe o mancha en la piel.
Sabía que no había forma de razonar con él, que cualquier intento de explicarse solo serviría para que tuviera más argumentos en su contra.
Esa noche, al llegar a casa, se encerró en su habitación y se miró en el espejo: tenía la marca en el brazo, el cabello desordenado y los ojos cansados, pero también vio algo más: la misma determinación que le había enseñado su madre y su padre.
Se sentó junto a los rosales azules que habían plantado en el jardín interior, tomó su dije entre los dedos y respiró hondo.
—No me voy a ir —se dijo a sí misma en voz baja—.
No voy a dejar que su odio me gane.
Mientras tanto, en su casa, Tomás repasaba en su mente todo lo que había hecho ese día, y por primera vez esperaba sentir esa satisfacción que siempre buscaba… pero no la encontró.
Sin embargo, en lugar de preguntarse por qué, lo atribuyó a que todavía no había logrado su objetivo: verla rendida.
Así que decidió que la próxima vez sería aún más duro.
Su odio seguía intacto, ciego y sin razones, y estaba listo para seguir haciendole la vida imposible, sin imaginar que más adelante esa misma terquedad lo llevaría a sentir algo que no podía controlar.