🚩⚠️🔞Azael, CEO de una firma exclusiva. Creció bajo el yugo de padres controladores que trataban su vida como un negocio; por eso, él ahora controla todo a su alrededor para nunca volver a ser vulnerable. No tolera que nada que considere "suyo" escape de sus manos.
Bastian, un pasante de último año en la empresa. Trabaja bajo una presión brutal porque necesita el dinero y los contactos para costear el costoso tratamiento médico de su madre.
NO APTO PARA PERSONA SENSIBLES Y NO TIENE UN FINAL COLOR DE ROSAS. Están advertidos.🔞⚠️🚩
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Control invisible
El cuerpo de Bastian Murphy continuaba tendido sobre la alfombra de felpa negra de la habitación principal, temblando sutilmente por el espasmo remanente del clímax brutal que acababa de experimentar. El monitor biométrico de la mesa de noche parpadeaba de manera regular, registrando una caída paulatina de sus pulsaciones hasta estabilizarse en ochenta latidos por minuto. Su piel estaba cubierta por el sudor frío de la liberación y los fluidos del alivio manchaban su vientre.
Azael Brinkman se bajó de la cama con esa calma de depredador que lo caracterizaba. Miró al joven Murphy postrado a sus pies con una fascinación devoradora, saboreando el triunfo del entrenamiento psicológico de las últimas semanas.
En un movimiento dominante, Azael se inclinó, pasó sus brazos por debajo de la espalda y las rodillas de Bastian, y lo levantó del suelo con una fuerza superior. El joven Murphy no opuso la menor resistencia; dejó caer su cabeza con debilidad sobre el hombro firme de su captor, permitiendo que el millonario guiara sus movimientos.
Azael caminó por el pasillo interior del ático hasta entrar al baño principal, un santuario iluminado por luces LED tenues. En el centro de la habitación se encontraba una enorme tina de hidromasaje empotrada en el suelo. Josh ya había dejado el agua templada corriendo, mezclada con aceites esenciales de sándalo y sales minerales diseñadas por los especialistas de la firma Brinkman para relajar las fibras musculares de Bastian tras la tortura de la denegación del orgasmo.
Azael se introdujo en el agua vistiendo únicamente su bata negra desabrochada, manteniendo a Bastian sobre su regazo. Con una lentitud que hizo que el pulso del joven saltara de nuevo en los sensores de su muñeca, Brinkman tomó una esponja natural y comenzó a limpiar la piel de Bastian con sus propias manos. El contacto físico en el agua templada era una mezcla asfixiante de cuidado higiénico y pura posesividad territorial.
—Esta es tu nueva regla de higiene corporal, pequeño —susurró Azael en su oído, pasando la esponja por su pecho, justo por debajo de la pesada cadena de oro con las iniciales A.B. que continuaba brillando sobre su piel—. A partir de este fin de semana, ningún rincón de tu cuerpo se limpiará sin mi supervisión directa. Yo decido cuándo se retiran los fluidos de tu cuerpo y cuándo te permito estar pulcro para regresar al edificio corporativo.
Bastian cerró los ojos, dejando que el calor del hidromasaje y los aceites relajaran sus extremidades entumecidas. El nivel de dependencia del Síndrome de Estocolmo era tan avanzado que el roce de las manos de Azael, lejos de causarle rechazo, le provocaba una extraña y retorcida sensación de seguridad absoluta. El baño se había convertido en otra extensión de su cautiverio.
El domingo por la noche, la calma del ático se transformó en la preparación para el regreso al mundo laboral de la firma Brinkman. A las ocho de la noche, Josh entró a la habitación principal portando un perchero móvil metálico cubierto por una funda de tela negra de alta costura.
—Señor Brinkman, los sastres exclusivos terminaron las modificaciones del uniforme para el joven Murphy —informó Josh con su habitual voz neutra, retirando la funda protectora.
Bastian, que estaba sentado al borde de la cama vistiendo solo una bata de algodón blanca, miró el traje con un nudo de pánico en el estómago. El uniforme consistía en un traje de tres piezas de color azul medianoche, confeccionado con una lana italiana de un gramaje exquisito. Sin embargo, al acercarse para revisarlo, Bastian notó los detalles perturbadores que habían instalado en las costuras internas de la prenda.
El chaleco y el saco tenían pequeños pasadores elásticos ocultos de tela negra, diseñados para albergar y disimular por completo los cables planos de los sensores biométricos que Bastian llevaba ajustados en su muñeca y en su tobillo. Además, el pantalón formal incluía un refuerzo de microfibra acolchada en la zona de la entrepierna, una modificación física cuya única función era ocultar cualquier bulto o alteración anatómica que pudiera provocar el implante de silicona negra que Bastian continuaba llevando en su interior.
—Póntelo, pequeño —ordenó Azael, sentado en el sillón de cuero con su teléfono celular en la mano—. Quiero comprobar que los algoritmos funcionen perfectamente con la ropa de la oficina antes de la junta de mañana por la mañana.
Bastian Murphy obedeció en silencio, con las manos temblorosas debido a la intensa adrenalina. Se despojó de la bata y comenzó a vestirse con el traje hecho a la medida. A medida que abrochaba los botones del chaleco azul medianoche, sintió los pasadores elásticos presionando los sensores contra su piel. Al colocarse la corbata oscura, el metal de la cadena de oro quedó perfectamente sepultado debajo de las capas de tela formal.
Al mirarse en el espejo de cuerpo entero del dormitorio, Bastian se quedó impactado. Exteriormente, lucía como el pasante más elegante, pulcro y eficiente del piso veintiocho; un empleado de élite que cualquier junta directiva respetaría. Pero por dentro, debajo de los hilos de costura exclusiva, era un esclavo, un prisionero cuya anatomía completa estaba cableada y controlada por su jefe millonario.
Azael caminó hacia él, colocándose a su espalda en el reflejo del cristal. Pasó sus manos por los hombros bien estructurados del traje de Bastian, delineando la línea de su dorso, donde el tatuaje de espinas negras permanecía oculto pero latente bajo la lana italiana.
—Te ves impecable, pequeño —susurró Azael con una voz ronca que prometía el infierno erótico para el lunes—. Los sastres hicieron un trabajo magnífico. Nadie en la corporación notará los sensores debajo de este saco. Y lo más importante, nadie se dará cuenta del castigo invisible que tengo preparado para ti en la oficina.
Bastian tragó saliva, mirando los ojos felinos del director ejecutivo en el espejo. El suspenso alcanzó su punto de no retorno.
—¿Qué… qué castigo, señor Brinkman? —alcanzó a preguntar Bastian con la respiración entrecortada.
Azael Brinkman extrajo su teléfono celular del bolsillo y activó la pantalla digital frente al rostro de Bastian. Con un sutil movimiento de su pulgar sobre el algoritmo de la aplicación privada, Azael encendió el microchip del tapón anal negro que Bastian llevaba alojado en su intimidad. El juguete de silicona comenzó a emitir una vibración profunda, continua y sádica que golpeó el centro del placer de Bastian con la máxima potencia de inmediato.
Bastian soltó un jadeo agudo, aferrándose al borde de la mesa de noche para no colapsar de rodillas debido a la intensa oleada de calor carnal que recorrió su sistema. Su miembro se puso erecto en un segundo dentro del pantalón modificado, pero el refuerzo de microfibra de los sastres absorbió el movimiento, manteniendo su apariencia externa completamente lisa e inalterada.
—Este será tu castigo diario en la firma, Bastian Murphy —sentenció Azael Brinkman con una sonrisa delgada y cruel, disfrutando del temblor incontrolable del joven—. Mañana por la mañana estarás de pie a mi lado derecho durante la presentación de los fondos internacionales frente a los directores principales de la empresa. Yo tendré este teléfono sobre la mesa de juntas y controlaré la intensidad de esta vibración durante las dos horas que dure la conferencia.
Bastian miró a su captor con los ojos empañados por las lágrimas de la estimulación robada.
—Usted… usted no puede obligarme a hacer eso frente a la junta… —suplicó Bastian en un hilo de voz, sintiendo que el placer espeso comenzaba a nublarle la capacidad de pensar.
—Puedo y lo haré, pequeño —corrigió Azael, acercándose tanto que sus respiraciones se mezclaron en el reflejo del espejo—. Tu tarea mañana será mantener el rostro serio, la compostura ejecutiva impecable y responder a mis preguntas financieras con total claridad mientras tu cuerpo arde de placer por dentro. Si el algoritmo me avisa que tu ritmo cardíaco sube demasiado porque pierdes el control o si dejas escapar un solo gemido audible frente a los ejecutivos, incrementaré la potencia del chip hasta hacerte colapsar en pleno pasillo. Tu sumisión en público debe ser tan perfecta como tu sumisión en este ático.
Bastian asintió con la cabeza gacha, completamente derrotado y atrapado en las redes de la locura erótica de Azael Brinkman. Sentía el metal del oro en su garganta, la presión de los sensores ocultos en sus muñecas y la vibración sádica devorando su interior bajo el uniforme corporativo azul medianoche. El fin de semana de cautiverio terminaba de la manera más retorcida posible, abriendo las puertas a un lunes de suspenso, adrenalina pura y control invisible del que ya no existía retorno posible.