Cuando Valentina Rojas, una joven fotógrafa que intenta reconstruir su vida después de una dolorosa traición, conoce a Alejandro Montenegro, un exitoso arquitecto marcado por secretos familiares, ninguno imagina que sus caminos terminarán unidos por el amor. Entre encuentros inesperados, malentendidos, rivales, sueños y sacrificios, deberán descubrir si el amor verdadero es capaz de superar cualquier obstáculo.
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entre la vida y el perdón
El mundo pareció detenerse alrededor de Alejandro.
Las luces del parque continuaban brillando.
Las personas seguían caminando.
La ciudad seguía viva.
Pero para él, todo se volvió distante.
Irreal.
Valentina observó cómo su rostro perdía el color.
—Alejandro...
Él bajó lentamente el teléfono.
—Lo llevaron al hospital.
—¿Está grave?
—No lo sé.
Aquella fue la respuesta más honesta que pudo dar.
Porque el mensaje contenía muy poca información.
Solo un accidente.
Una ambulancia.
Y una solicitud urgente para que se presentara cuanto antes.
Valentina tomó su mano.
—Vamos.
Alejandro la miró.
Y por un instante sintió gratitud por tenerla allí.
Porque en aquel momento no sabía qué hacer.
Ni qué sentir.
El trayecto al hospital fue silencioso.
Alejandro conducía con la mirada fija en la carretera.
Mientras tanto, miles de pensamientos se acumulaban en su mente.
Su padre.
Las discusiones.
Las heridas.
Las palabras que se habían dicho aquella misma mañana.
Y la posibilidad de que aquella hubiera sido la última conversación entre ellos.
La idea le provocó una sensación insoportable.
Porque, a pesar de todo, Roberto Montenegro seguía siendo su padre.
Y algunas relaciones son demasiado complejas para resumirse en amor o resentimiento.
Cuando llegaron al hospital, una enfermera los condujo hacia la sala de espera.
Elena ya estaba allí.
Sentada.
Con el rostro lleno de preocupación.
Al ver a su hijo, se puso de pie inmediatamente.
—Alejandro.
Él la abrazó.
—¿Cómo está?
—Los médicos todavía lo están evaluando.
Valentina permaneció unos pasos atrás.
Respetando el momento.
Sin embargo, Elena se acercó a ella y tomó sus manos.
—Gracias por venir.
—Por supuesto.
La mujer sonrió con tristeza.
—Él necesita personas que lo quieran cerca.
Valentina observó a Alejandro.
Y supo que Elena tenía razón.
Las siguientes horas parecieron interminables.
Nadie hablaba demasiado.
El sonido de los pasos en los pasillos.
Las puertas abriéndose y cerrándose.
Las conversaciones lejanas del personal médico.
Todo contribuía a la tensión.
Finalmente apareció un doctor.
Los tres se pusieron de pie inmediatamente.
—¿Familiares del señor Roberto Montenegro?
—Sí.
—¿Cómo está?
El médico consultó algunos documentos.
—Está estable.
El alivio fue inmediato.
Casi tangible.
Elena cerró los ojos.
Y dejó escapar un largo suspiro.
Alejandro sintió cómo la presión en su pecho disminuía por primera vez desde que recibió la noticia.
—Tiene algunas fracturas y deberá permanecer varios días hospitalizado.
—¿Está consciente?
—Sí.
Pero necesita descansar.
Podrán verlo brevemente.
Cuando Alejandro entró a la habitación, sintió una emoción inesperada.
Su padre siempre había parecido invencible.
Imponente.
Fuerte.
Inquebrantable.
Y ahora lo veía acostado en una cama de hospital.
Vulnerable.
Humano.
Por primera vez en muchos años.
Roberto abrió los ojos lentamente.
Y al verlo entrar, intentó incorporarse.
—No te muevas.
La voz de Alejandro sonó más suave de lo que esperaba.
Su padre lo observó durante varios segundos.
—Viniste.
—Claro que vine.
Roberto bajó la mirada.
Y durante un instante pareció mucho más viejo.
Mucho más cansado.
—Pensé que no lo harías.
Aquellas palabras sorprendieron a Alejandro.
Porque revelaban algo que nunca había imaginado.
Miedo.
Su padre tenía miedo.
El silencio se instaló entre ambos.
Un silencio lleno de años de conflictos.
De conversaciones pendientes.
De sentimientos reprimidos.
Finalmente Roberto habló.
—Lo siento.
Alejandro parpadeó.
—¿Qué?
—Por muchas cosas.
Aquella frase parecía imposible.
Durante toda su vida jamás había escuchado una disculpa de su padre.
Ni una sola.
—No tienes que hablar de eso ahora.
—Sí.
Roberto cerró los ojos unos segundos.
—Porque no sé cuántas oportunidades tendré.
Aquellas palabras provocaron un nudo en la garganta de Alejandro.
—Vas a estar bien.
—Eso espero.
La habitación volvió a quedarse en silencio.
Y entonces Roberto dijo algo que Alejandro nunca esperó escuchar.
—Siempre intenté protegerte.
—¿Controlándome?
—Creí que era lo mismo.
La sinceridad de aquella respuesta resultó devastadora.
Porque, por primera vez, Alejandro comprendió algo.
Su padre no había actuado desde la maldad.
Había actuado desde el miedo.
Desde una idea equivocada de amor.
Mientras tanto, Valentina esperaba fuera de la habitación junto a Elena.
—Lo quiere mucho.
Valentina observó a la mujer.
—Aunque no siempre lo parezca.
Elena sonrió con tristeza.
—Son demasiado parecidos.
—¿En qué sentido?
—Los dos esconden lo que sienten.
Aquella observación la hizo pensar.
Porque era verdad.
Tanto Alejandro como su padre parecían expertos en construir muros.
La diferencia era que Alejandro estaba comenzando a derribarlos.
Y quizá Roberto también.
Cuando finalmente Alejandro salió de la habitación, parecía diferente.
Más tranquilo.
Más reflexivo.
Valentina se acercó inmediatamente.
—¿Cómo estás?
Él tardó unos segundos en responder.
—No lo sé.
Ella tomó su mano.
Y él la sostuvo con fuerza.
Como si necesitara recordar que no estaba solo.
—Todo esto es extraño.
—Lo imagino.
—Pasé años enojado con él.
Valentina escuchó en silencio.
—Y ahora descubro que no quiero perderlo.
Aquella confesión hizo que el corazón de Valentina se encogiera.
Porque comprendía perfectamente ese sentimiento.
El miedo de perder a alguien antes de resolver aquello que quedó pendiente.
La noche avanzó lentamente.
Y cuando finalmente abandonaron el hospital, la ciudad estaba casi vacía.
Caminaron hasta el estacionamiento sin prisa.
El aire era fresco.
Tranquilo.
Y por primera vez en muchas horas, Alejandro sintió algo parecido a la paz.
Se detuvo junto al automóvil.
Y miró a Valentina.
—Gracias.
—No tienes que agradecerme.
—Sí tengo.
Ella sonrió.
—¿Por quedarme contigo?
—Por todo.
Sus miradas se encontraron.
Y durante unos segundos ninguno habló.
Porque no hacían falta palabras.
Porque ambos sabían exactamente lo que sentían.
Y porque cada día resultaba más difícil ocultarlo.
Sin embargo, justo cuando estaban a punto de acercarse nuevamente, un automóvil se detuvo cerca de ellos.
La puerta se abrió.
Y una figura femenina descendió apresuradamente.
Alejandro reconoció inmediatamente aquel rostro.
Camila.
Pero la expresión de ella no era la habitual.
Parecía asustada.
Desesperada.
Y cuando llegó hasta ellos, pronunció unas palabras que cambiaron completamente la situación.
—Necesito hablar contigo ahora mismo.
Porque hay algo que nunca te conté sobre nuestro pasado.