Allegra Vance, una joven heredera criada entre lujos y excesos en la costa californiana, es enviada contra su voluntad a un internado aislado en las montañas del norte de Inglaterra tras protagonizar un escándalo que amenaza la reputación de su familia.
Lo que comienza como un castigo se transforma en un proceso de confrontación interna: el frío del lugar, la rigidez de las normas y el rechazo de sus compañeras actúan como catalizadores de una verdad que Allegra ha evitado durante años: el vacío dejado por la muerte de su madre y su incapacidad para construir vínculos reales.
En ese entorno hostil, donde cada gesto es observado y cada error tiene consecuencias, Allegra deberá decidir si sigue siendo una máscara brillante… o si se permite romperse para reconstruirse.
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Capítulo 16: El día después de decir demasiado
El problema no era haberlo dicho.
Era tener que actuar como si no hubiera cambiado nada.
Allegra se despertó antes que el despertador.
Otra vez.
Se quedó mirando el techo, inmóvil, repasando cada palabra del día anterior como si pudiera editarlas mentalmente.
No funcionaba.
Nunca funcionaba.
—Perfecto —murmuró.
Se incorporó con un movimiento rápido, como si la velocidad pudiera devolverle el control.
Uniforme.
Cabello.
Maquillaje.
Todo impecable.
Todo en orden.
Excepto ella.
Maeve la observó desde la cama, medio dormida.
—Estás en modo “niego todo”, ¿verdad?
Allegra no la miró.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sí.
—No.
—Sí.
Allegra tomó su bolso.
—Voy a bajar.
—Eso no es una respuesta.
—Es suficiente.
Maeve se sentó, cruzando los brazos.
—¿Lo vas a ignorar?
Allegra se detuvo en la puerta.
—No hay nada que ignorar.
—Allegra—
—Maeve.
Silencio.
Pero esta vez… más cargado.
—Le dijiste que te importa —dijo Maeve finalmente.
Directo.
Sin suavizarlo.
Allegra apretó la manija de la puerta.
—No exactamente.
—Sí exactamente.
—No.
—Sí.
Allegra giró la cabeza lo suficiente para mirarla.
—No lo voy a convertir en un drama.
Maeve suspiró.
—No todo es drama.
—Esto podría serlo.
—Solo si lo haces.
Silencio.
Allegra dudó.
Un segundo.
—No voy a hacer nada —dijo finalmente.
Maeve la observó.
—Eso también es hacer algo.
Allegra no respondió.
Y salió.
El comedor estaba lleno.
Demasiado temprano para tanta gente.
Allegra tomó una bandeja, moviéndose con precisión automática.
Como si todo fuera normal.
Como si ella fuera la misma de siempre.
No lo era.
Y lo sabía.
Se sentó.
Sola.
Por elección.
O eso se dijo.
—¿Huyendo o pensando?
Allegra cerró los ojos un segundo.
—Buenos días, Rowan.
—Buenos días.
Se sentó frente a ella sin pedir permiso.
Como siempre.
—No estoy huyendo —añadió ella.
—Claro.
—Estoy desayunando.
—También.
Silencio.
Pero no incómodo.
No del todo.
—Llegaste temprano —dijo Rowan.
—Tú también.
—A veces pasa.
—A veces.
Silencio.
Allegra jugó con la taza.
—No tienes que hacer esto raro —dijo.
Rowan levantó una ceja.
—¿Hacer qué?
—Esto.
—¿Esto qué?
—Actuar como si… —se detuvo.
Rowan la miró.
Esperando.
—Como si no hubiera pasado nada —terminó ella.
Rowan inclinó ligeramente la cabeza.
—¿Quieres que actúe como si hubiera pasado algo?
Allegra dudó.
—No.
—Entonces estamos bien.
Silencio.
Pero esta vez… más ligero.
—No me gusta —murmuró Allegra.
—¿Qué?
—No saber qué hacer.
—No tienes que hacer nada.
—Eso no ayuda.
—No intento ayudar.
Allegra soltó una pequeña risa.
—Consistencia.
—Siempre.
Silencio.
Pero con una leve sonrisa.
—Ayer… —empezó Allegra.
Rowan la miró.
—No lo compliques.
Allegra se detuvo.
—No lo estoy complicando.
—Lo estás intentando.
—Tal vez.
Silencio.
Pero más suave.
—Lo dije —añadió ella finalmente.
—Sí.
—Y no voy a retractarme.
—Bien.
—Pero tampoco voy a… —se detuvo otra vez.
—¿A qué?
Allegra lo miró.
—A perder el control.
Rowan asintió levemente.
—Tiene sentido.
—Gracias.
Silencio.
Pero cómodo.
Sorprendentemente cómodo.
—No voy a cambiar cómo actúas —dijo Rowan de pronto.
Allegra lo miró.
—No te lo pedí.
—Lo sé.
—Bien.
—Pero tampoco voy a ignorarlo.
Silencio.
Eso sí fue nuevo.
—¿Ignorar qué? —preguntó Allegra.
Rowan sostuvo su mirada.
—Que te importa.
Allegra no respondió.
Porque no podía.
—Eso no significa que tenga que ser complicado —añadió él.
—Para mí lo es.
—Lo sé.
—No ayuda.
—No intento ayudar.
Allegra negó con la cabeza, pero sonrió un poco.
—Eres terrible en esto.
—Lo sé.
Silencio.
Pero esta vez… más liviano.
—Bien —dijo Allegra finalmente, levantándose—. Tengo clase.
—Yo también.
—No llegues tarde.
—No prometo nada.
Allegra rodó los ojos.
—Consistencia.
—Siempre.
La clase fue… normal.
Demasiado normal.
Allegra tomó apuntes.
Respondió preguntas.
Incluso participó.
Maeve la miraba como si estuviera presenciando un fenómeno extraño.
—¿Quién eres y qué hiciste con Allegra? —susurró.
Allegra no levantó la vista.
—Estoy probando algo nuevo.
—¿Qué cosa?
—Funcionar.
Maeve sonrió.
—Me gusta.
—No te acostumbres.
—Demasiado tarde.
Silencio.
Pero cómodo.
El día avanzó sin incidentes.
Sin drama.
Sin confrontaciones.
Y eso…
eso era extraño.
Allegra caminaba por el pasillo al final de la tarde, pensando en eso.
—Esto es sospechoso —murmuró.
—¿Qué cosa?
Allegra giró.
Lila.
Por supuesto.
—Nada está saliendo mal —respondió.
Lila levantó una ceja.
—Eso no es algo malo.
—Es raro.
—Te acostumbrarás.
—No estoy segura de querer hacerlo.
Lila la observó un segundo.
—Te ves diferente.
Allegra cruzó los brazos.
—¿Eso es bueno o malo?
—Real.
Silencio.
Esa palabra otra vez.
—No sé si me gusta —dijo Allegra.
—No tiene que gustarte.
—Genial.
Silencio.
Pero no incómodo.
—¿Sigues peleando con todo el mundo? —preguntó Lila.
—No hoy.
—Progreso.
—No te emociones.
—No lo hago.
Allegra sonrió levemente.
—Bien.
Silencio.
Pero ligero.
Esa noche, Allegra estaba sentada en su cama, mirando su teléfono.
Sin señal.
Otra vez.
Pero no le importó tanto.
Eso…
eso sí que era raro.
—Estás sonriendo —dijo Maeve.
Allegra levantó la vista.
—No.
—Sí.
—No.
—Sí.
Allegra negó con la cabeza.
—Estoy… tranquila.
Maeve la observó.
—Eso es nuevo.
—Lo sé.
—Me gusta.
—No te emociones.
—Demasiado tarde.
Silencio.
Pero cómodo.
Allegra dejó el teléfono a un lado.
Se recostó.
Miró el techo.
Pensó.
Pero esta vez…
no dolía tanto.
Porque no estaba evitando.
No estaba huyendo.
No estaba fingiendo del todo.
Y eso…
aunque fuera pequeño…
era un cambio.
Y Allegra empezaba a notarlo.
Aunque no lo admitiera en voz alta.