En un mundo donde la luna elige a quienes están destinados a amarse, Alessandra Montenegro Valerius ha pasado toda su vida huyendo de cualquier emoción. Fría, racional y convencida de que el amor solo destruye, ha construido una existencia perfecta… pero vacía.
Todo cambia cuando asiste al compromiso de su hermana y descubre que ese lugar no pertenece al mundo humano, sino a uno donde los hombres lobo gobiernan y los lazos del destino son imposibles de romper. Allí, no solo enfrentará secretos ocultos sobre su propia sangre —un antiguo linaje de brujas—, sino también al único hombre capaz de desafiar todo lo que cree: un rey que ha esperado siglos por ella.
Entre magia, poder, heridas del pasado y un amor que ninguno de los dos desea aceptar, Alessandra tendrá que decidir si seguir negando lo que siente… o arriesgarse a vivir por primera vez.
Porque a veces, el destino no pide permiso. Solo reclama lo que siempre fue suyo.
NovelToon tiene autorización de Claudette para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
CAPÍTULO 11: EL PRECIO DE LA LUZ
Alessandra despertó con la sensación de que algo era diferente.
No era la luz que entraba por las cortinas, ni el canto de los pájaros, ni el aroma a tierra mojada que siempre la recibía. Era algo más profundo. Algo que estaba dentro de ella.
Se llevó las manos al pecho. Su corazón latía con un ritmo que no recordaba, más libre, más intenso. Y las sombras… las sombras ya no estaban en los bordes de su visión. Estaban a su alrededor, sí, pero no como antes. Ahora parecían parte de ella. Como si siempre hubieran estado esperando este momento para dejar de ser sombras y convertirse en algo más.
Se incorporó en la cama y miró sus manos. La luz que había visto la noche anterior, ese resplandor dorado que brotó de sus dedos cuando besó a Aeron, ya no estaba. Pero algo había cambiado. Sus manos se veían iguales, pero las sentía diferentes. Como si debajo de la piel hubiera algo vivo, algo que latía, algo que esperaba.
—¿Estás bien?
La voz llegó desde la puerta. Aeron estaba apoyado en el marco, con los brazos cruzados, el cabello aún desordenado y los ojos dorados fijos en ella. No había dormido. Alessandra lo supo por la intensidad de su mirada, por la tensión en sus hombros, por la forma en que sus dedos se movían sobre su propio brazo, como si necesitara asegurarse de que ella seguía ahí.
—No lo sé —respondió, y fue honesta—. Algo cambió.
—El sello se rompió.
—¿Completamente?
Aeron se acercó. Se sentó en el borde de la cama, dejando el espacio de siempre, pero esta vez Alessandra no lo sintió como distancia. Lo sintió como respeto.
—El sello no era una cosa. Era muchas. Tu abuela lo puso con capas, para que no se rompiera todo de golpe. Cada vez que sentías algo genuino, una capa se debilitaba. Anoche… anoche se rompió la última.
—¿Cómo lo sabes?
—Porque puedo sentirlo. Tu magia está despierta. Y también porque tu abuela me lo dijo.
Alessandra lo miró confundida.
—¿Mi abuela?
—Antes de irse, me dijo que cuando el sello se rompiera del todo, yo lo sabría. Porque ella puso algo de su propia magia en él. Algo que la conectaba conmigo. Para que pudiera protegerte cuando llegara el momento.
—¿Ella sabía que íbamos a encontrarnos?
—Lo esperaba. Por eso escribió el diario. Por eso dejó la casa. Por eso nos dejó a ti.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era el eco de siempre, no era la vibración lejana. Era algo más definido. Más claro.
—¿Y ahora qué? —preguntó—. ¿Qué se supone que haga con esto?
—Ahora aprendes a controlarlo. Porque si no lo controlas, te va a controlar a ti.
Bajaron juntos a la cocina. El aroma a café flotaba en el aire, y Fiorella, como siempre, estaba quejándose de algo.
—No puede ser que se hayan comido todas las galletas —decía, con las manos en las caderas—. Eran las únicas que me gustaban.
—Yo no fui —dijo Clarissa, con una inocencia que no engañaba a nadie.
—Clarissa…
—Está bien, fui yo. Pero estaban deliciosas.
—¡Te odio!
—No es cierto. Me amas.
Fiorella puso los ojos en blanco, pero no pudo evitar sonreír. Cuando vio a Alessandra en la puerta, su expresión cambió.
—¿Qué pasó? —preguntó, acercándose—. Te ves diferente.
—El sello se rompió.
El silencio se hizo denso. Clarissa dejó la taza que tenía en la mano. Fiorella se quedó inmóvil, con los ojos abiertos.
—¿Anoche? —preguntó Clarissa.
—Sí.
—¿Por el beso?
Alessandra sintió que las mejillas se le calentaban. No respondió, pero no hizo falta. La sonrisa de Clarissa lo decía todo.
—Lo sabía —dijo Fiorella, cruzando los brazos—. Sabía que algo había pasado. Anoche no podías dormir, y él estaba en el jardín mirando la luna como un enfermo.
—No soy un enfermo —dijo Aeron desde la puerta.
—Con esa cara de enamorado, sí lo eres.
Alessandra sintió que la risa le subía por la garganta. No la contuvo. Salió pequeña, corta, pero real. Aeron la miró con una expresión que no había visto antes. Algo que podría haber sido asombro.
—¿Qué? —preguntó ella.
—Nada. Solo me gusta verte reír.
Fiorella hizo un sonido que podría haber sido un gemido de exasperación o una risa contenida.
—Ya empezaron. Por favor, que aún es temprano para las cursilerías.
Después del desayuno, Alessandra salió al jardín. El día estaba gris, con nubes que cubrían el sol y un viento que movía las ramas de los árboles. El lago estaba picado, con ondas que se rompían contra la orilla.
Se sentó en el banco de piedra, con las manos en el regazo, sintiendo la magia moverse bajo su piel. Era extraño. Como tener un segundo corazón, un segundo pulso, algo que latía al ritmo de sus emociones.
Aeron se sentó a su lado.
—¿Duele? —preguntó.
—No. Es como… como si hubiera estado sorda toda mi vida y de repente pudiera escuchar. Todo es demasiado. Pero no quiero que pare.
—No va a parar. Solo vas a aprender a vivir con ello.
Alessandra lo miró. En la luz gris, sus ojos dorados parecían más suaves, más cercanos.
—¿Tú cómo aprendiste? —preguntó—. A vivir con lo que sientes. A no dejar que te consuma.
Aeron tardó en responder.
—No lo aprendí. Todavía no lo sé. Hay días en que todo pesa tanto que no sé cómo seguir. Pero luego me acuerdo de que estoy aquí por algo. De que hay personas que dependen de mí. De que… —Hizo una pausa—. De que tal vez, después de todo, valga la pena.
—¿Y ahora? ¿Sientes que vale la pena?
Aeron la miró. Por un momento, Alessandra vio algo en sus ojos que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. No era la paciencia infinita. Era algo más frágil.
—Ahora más que nunca.
La tarde pasó en una calma tensa. Sebastián y Nicolás habían salido a patrullar otra vez, y Clarissa había reforzado las protecciones en las puertas y ventanas. Fiorella, que no sabía qué hacer con su energía, se había puesto a limpiar la casa con una intensidad que rozaba lo obsesivo.
Alessandra se quedó en la biblioteca de su abuela, con el diario abierto sobre la mesa. Leía las mismas páginas una y otra vez, buscando respuestas que no sabía cómo formular.
“La magia no es un regalo”, había escrito la abuela Elena en una página. “Es un peso. Una responsabilidad. Algo que te elige, no que tú eliges. Y cuando te elige, no puedes soltarla. Solo puedes aprender a llevarla.”
Alessandra pasó los dedos por las palabras, sintiendo el papel viejo bajo la piel. Las sombras a su alrededor se movían suaves, como si también estuvieran leyendo.
—¿Encontraste algo?
Clarissa estaba en la puerta, con una taza de té en cada mano.
—No lo sé. Ella habla de la magia como si fuera un peso. Algo que te obliga a hacer cosas que no quieres.
—Porque lo es. Pero también es un regalo. Como todo lo que importa.
Clarissa se sentó frente a ella y le acercó una de las tazas. El té humeaba entre sus manos, y el aroma a manzanilla llenó la habitación.
—¿Cómo te sientes? —preguntó Clarissa—. Con la magia despierta.
—Rara. Como si tuviera un segundo corazón. Como si algo dentro de mí estuviera vivo de una manera que no sabía que podía estarlo.
—Eso es bueno.
—No sé. Da miedo. No saber qué puedo hacer. No saber si voy a poder controlarlo.
Clarissa puso una mano sobre la suya.
—Vas a poder. Porque no estás sola. Porque estamos nosotras. Porque está él. Porque nuestra abuela puso todo lo que tenía para que llegaras hasta aquí.
—¿Crees que ella sabía? ¿Que iba a pasar todo esto?
—Creo que lo esperaba. Por eso nos dejó la casa. Por eso nos dejó el diario. Por eso nos dejó a él.
—¿A Aeron?
—Sí. Ella sabía que él era tu compañero. Sabía que iba a esperarte. Sabía que, cuando llegaras, él iba a estar aquí.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era el calor de siempre. Era algo más antiguo.
—¿Por qué no se quedó? ¿Por qué no nos crió? ¿Por qué nos dejó solas?
Clarissa apretó su mano.
—Porque tenía miedo. Porque sabía que si se quedaba, el aquelarre iba a encontrarlas. Porque prefirió que crecieran sin ella antes que verlas morir.
—¿Y eso estuvo bien?
—No lo sé. Pero la entiendo. Porque yo haría lo mismo por ti.
Alessandra cerró los ojos. Las sombras a su alrededor se calmaron, quietas, como si también estuvieran esperando.
—Yo también haría lo mismo por ti —susurró.
Clarissa sonrió. En la penumbra de la biblioteca, sus ojos avellana brillaban.
—Lo sé. Por eso te quiero.
Cuando cayó la noche, Alessandra salió al jardín. La luna estaba casi llena, redonda y blanca, reflejándose en el lago como un ojo que todo lo veía. Las estrellas brillaban con una intensidad que no recordaba, y el roble se alzaba en la orilla como un centinela.
Aeron estaba junto al árbol, con las manos en los bolsillos y la mirada fija en el agua.
—¿No puedes dormir? —preguntó ella, acercándose.
—Tú tampoco.
—No. Desde que el sello se rompió, siento todo más intenso. Las luces, los sonidos, las sombras. Y tú.
—¿Yo?
—Te siento. Cuando estás cerca. Como si hubiera un hilo entre nosotros. Como si supiéramos dónde está el otro sin mirar.
Aeron se giró hacia ella. En la luz de la luna, sus ojos dorados brillaban con una intensidad que le quitaba el aliento.
—Eso es el vínculo. El que la luna nos dio. El que estuvo esperando doscientos años para activarse.
—¿Y ahora qué? ¿Ahora estamos atados?
—No. El vínculo no ata. Conecta. Pero no te obliga a nada. Nunca lo hace.
—¿Entonces por qué duele?
Aeron dio un paso hacia ella. Solo uno, pero Alessandra sintió que el espacio entre ellos se cerraba.
—Porque todo lo que vale la pena duele. Porque el amor no es fácil. Porque elegir a alguien significa también elegir el riesgo de perderlo.
—¿Tú me elegiste?
—Antes de conocerte.
—¿Y si no soy lo que esperabas?
Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos, con esa suavidad que Alessandra empezaba a necesitar como el aire.
—Eres más de lo que esperaba. Mucho más.
Alessandra cerró los ojos. Sintió sus dedos en su mejilla, sintió las sombras moverse a su alrededor, sintió algo dentro de ella que se abría, que crecía, que la llenaba.
Cuando los abrió, el roble estaba brillando otra vez.
No era la luz de la noche anterior. Era más suave, más tenue, como un eco. Pero Alessandra la sintió en todo el cuerpo, en la sangre, en el corazón, en ese lugar que había estado vacío tanto tiempo.
—¿Qué significa? —preguntó.
—Que estás donde debes estar. Que el árbol te reconoce. Que la tierra te acepta.
—¿Y tú? ¿Tú me aceptas?
Aeron sonrió. Era una sonrisa pequeña, casi imperceptible. Pero Alessandra la sintió como un latido.
—Ya te acepté. Hace doscientos años.
Cuando volvió a la casa, sus hermanas la esperaban en la cocina. Fiorella tenía una expresión seria, y Clarissa tenía las manos apretadas sobre la mesa.
—¿Qué pasa? —preguntó Alessandra.
—Sebastián y Nicolás volvieron —dijo Clarissa—. Encontraron algo en el bosque.
—¿Qué?
—Huellas. Muchas. Y un olor que no reconocen.
Alessandra sintió que la sangre se le enfriaba. Las sombras a su alrededor se agitaron, inquietas.
—¿El aquelarre?
—No lo sabemos. Pero algo está ahí afuera. Algo que nos está buscando.
Aeron entró detrás de ella. Su expresión era la de un guerrero, no la del hombre que la había besado bajo la luna.
—No van a entrar. Las protecciones que puso Clarissa son fuertes. Pero no podemos quedarnos aquí esperando.
—¿Qué propones? —preguntó Sebastián, que había entrado con Nicolás.
—Salir a buscarlos. Averiguar qué quieren. Y si vienen por ella… —Aeron miró a Alessandra—. Hacer que se arrepientan.
Alessandra sintió algo en el pecho. No era miedo. Era algo más. Algo que no sabía nombrar, pero que la hacía querer estar a su lado.
—Voy con ustedes —dijo.
—No —respondió Aeron.
—No me preguntaste. Te lo digo.
Aeron la miró. En sus ojos dorados había algo que Alessandra no había visto nunca. Miedo. Miedo por ella.
—No sé controlar mi magia —dijo ella, antes de que pudiera hablar—. No sé qué puedo hacer. Pero no voy a quedarme aquí esperando mientras ustedes arriesgan la vida. No soy frágil. No soy débil. Y no voy a esconderme.
El silencio se hizo denso. Aeron la miró por un largo momento. Luego, algo en su expresión cambió.
—Está bien. Pero vas a hacer lo que yo diga. Sin discutir.
—Eso no te lo prometo.
—Alessandra…
—Te prometo que no voy a hacer nada estúpido. Pero no voy a quedarme atrás mientras vosotros…
—Está bien —interrumpió Aeron, con una sonrisa que era más resignación que alegría—. Está bien. Pero si algo te pasa…
—No me va a pasar nada. Estás tú.
Aeron la miró. Por un momento, Alessandra vio algo en sus ojos que no había visto nunca. No era la intensidad de siempre. No era la paciencia infinita. Era algo más.
Era la certeza de que, pase lo que pase, no iba a dejarla ir.
Salieron al bosque cuando la luna estaba en lo más alto. Sebastián y Nicolás iban delante, con los sentidos alerta. Clarissa y Fiorella se quedaron en la casa, con las protecciones reforzadas y la promesa de no abrir la puerta a nadie.
Alessandra caminaba junto a Aeron. Las sombras se movían a su alrededor, más densas que nunca, como si también estuvieran alerta.
—¿Tienes miedo? —preguntó él.
—No. No sé lo que tengo.
—Eso es miedo.
—Ya me lo dijiste.
—Y te lo voy a seguir diciendo hasta que lo aceptes.
Alessandra casi sonrió. Casi.
Caminaron en silencio un rato. Los árboles se cerraban sobre ellos, y la luz de la luna apenas llegaba al suelo. Las sombras de Alessandra se adelantaban, explorando, buscando.
—¿Qué vamos a hacer si los encontramos? —preguntó.
—Depende de quiénes sean.
—¿Y si es el aquelarre?
Aeron se detuvo. La miró con una expresión que Alessandra no había visto antes. Determinación.
—Entonces les vas a mostrar lo que pasa cuando intentan lastimar a alguien que te importa.
—¿Yo?
—Tu magia es más poderosa que la de ellos. Siempre lo fue. Por eso te sellaron. Por eso tuvieron miedo. Porque sabían que cuando despertaras, no iban a poder detenerte.
Alessandra sintió que el corazón le latía con más fuerza. Las sombras a su alrededor se agitaron, creciendo, oscureciéndose.
—No sé cómo usarla.
—No tienes que saber. Solo tienes que sentir.
—¿Y si lastimo a alguien que no quiero lastimar?
Aeron levantó una mano. Rozó su mejilla con los dedos.
—No va a pasar. Porque tu magia no es para lastimar. Es para proteger. Como tú. Como siempre has sido.
Alessandra cerró los ojos. Sintió sus dedos en su mejilla, sintió las sombras a su alrededor, sintió algo dentro de ella que se abría, que crecía, que la llenaba.
Cuando los abrió, supo que estaba lista.
No encontraron nada esa noche. Las huellas que Sebastián y Nicolás habían visto estaban ahí, pero no había rastro de quien las había hecho. El bosque estaba en silencio, como si también estuviera esperando.
Volvieron a la casa cuando el cielo empezaba a aclarar. Clarissa y Fiorella las recibieron con alivio, con abrazos que Alessandra ya no rechazaba.
—No había nada —dijo Sebastián—. Pero estuvieron ahí. Lo sé.
—Van a volver —dijo Aeron—. Y cuando lo hagan, vamos a estar listos.
Alessandra se quedó en la puerta, mirando el bosque que se perdía en la penumbra. Las sombras a su alrededor estaban quietas, atentas, como si también estuvieran vigilando.
Aeron se acercó a ella.
—¿Estás bien?
—Sí. Solo… no sabía que el mundo podía ser así. Tan grande. Tan oscuro. Tan…
—¿Tan real?
—Sí.
Aeron tomó su mano. No dijo nada. No hacía falta.
Alessandra apretó sus dedos, sintiendo el calor de su piel, la fuerza de su presencia. Las sombras a su alrededor se calmaron, y por un momento, solo un momento, el mundo dejó de ser aterrador.
Porque por primera vez en su vida, no estaba sola.