Wishcalia es una mujer de carácter férreo: fuerte, dominante y acostumbrada a que nadie le doble la voluntad.
Al conocer a Alexander, un amor profundo e inesperado nace entre ellos. Se casan, forman una hermosa familia y llenan su hogar de risas y hijos. Juntos parecen invencibles.
Sin embargo, la armonía se quiebra cuando su suegra empieza a manipular y sembrar conflictos con sus intrigas. Como si eso no fuera suficiente, el primer amor de Alexander reaparece con una pasión renovada, removiendo viejos sentimientos y poniendo a prueba los límites de su matrimonio.
Entre celos, secretos familiares y deseos del pasado que resurgen con fuerza, Wishcalia deberá usar toda su fuerza y astucia para proteger lo que más ama. Porque en esta historia, incluso la mujer más poderosa puede verse obligada a luchar por su felicidad.
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El error que lo cambió todo
La violación del fallo judicial por parte de Elena no quedó sin consecuencias. Wishcalia presentó la denuncia formal al día siguiente. Su abogado adjuntó las grabaciones de la cámara de seguridad de la casa, los mensajes de la niñera y el testimonio de Wishcalia. La jueza reaccionó con rapidez: suspendió temporalmente todas las visitas de Elena por treinta días y le impuso una multa considerable por desacato.
Elena, furiosa, llamó a Alexander esa misma tarde.
—Tu esposa me está destruyendo —sollozó—. ¿Esto es lo que quieres? ¿Que tu madre sea tratada como una criminal?
Alexander, sentado en el despacho junto a Wishcalia, respondió con voz cansada pero firme:
—Mamá, tú misma te pusiste en esta situación. Respeta el fallo del juez. Cuando terminen los treinta días, podrás ver a los niños bajo supervisión. Pero si sigues así, vas a perderlos por completo.
Elena colgó entre llantos y amenazas veladas.
Wishcalia miró a su esposo con aprobación.
—Bien dicho. Ahora necesitamos estar más alerta que nunca. Las personas desesperadas son peligrosas.
Los días siguientes transcurrieron en una tensa calma. Wishcalia volvió a equilibrar su trabajo y su familia con la precisión de siempre. Llevaba a los niños al colegio, jugaba con ellos por las tardes y mantenía reuniones importantes desde casa cuando era posible. Mateo y Sofía parecían más tranquilos, aunque a veces preguntaban por la abuela.
Una tarde de viernes, mientras Alexander estaba en una reunión fuera de la ciudad, Wishcalia decidió llevar a los niños al parque que estaba a solo diez minutos de la mansión. Era un lugar privado y seguro, con vigilancia. Se sentó en un banco mientras Mateo corría por el césped y Sofía jugaba en la arena.
De pronto, su teléfono vibró. Era un mensaje de un número desconocido:
“Disfruta el parque mientras puedas. Pronto todo el mundo sabrá la verdad sobre ti.”
Adjunto venía una foto: Wishcalia saliendo de su oficina con cara seria, tomada esa misma mañana. Alguien la estaba siguiendo.
Wishcalia levantó la vista y recorrió el parque con la mirada. No vio nada sospechoso, pero sintió un escalofrío. Llamó inmediatamente al detective.
—Alguien me está vigilando. Quiero que revises las cámaras del parque y que intensifiques la vigilancia alrededor de la casa y de los niños.
—Entendido. Le enviaré un informe en una hora.
Wishcalia guardó el teléfono y sonrió a los niños para no alarmarlos.
—Vamos a casa, mis amores. Hoy les preparo hot cakes para la merienda.
Esa noche, Alexander regresó tarde. Wishcalia lo esperaba en la sala con una copa de vino. Le contó lo del mensaje y la foto.
—Esto ya es acoso sistemático —dijo él, preocupado—. Debe ser Camila. O alguien contratado por mi madre.
—O ambos —respondió Wishcalia—. Pero no voy a esperar a que den el siguiente paso. Mañana voy a reforzar la seguridad de la casa y de los niños. Contrataré guardaespaldas discretos.
Alexander se acercó y la abrazó.
—Wishcalia… ¿no crees que estamos llegando demasiado lejos?
Ella se separó un poco y lo miró con esa intensidad que lo desarmaba.
—No. Llegamos exactamente donde teníamos que llegar cuando tu madre decidió usar a nuestros hijos como arma. Yo protejo lo que es mío, Alexander. Siempre.
Esa noche, Wishcalia tomó el control una vez más. Lo llevó al dormitorio y lo empujó contra la cama. Se subió sobre él con movimientos seguros y dominantes. Sus besos fueron profundos, sus caricias posesivas. Se movió sobre Alexander con ritmo firme y exigente, reclamando cada gemido, cada suspiro. Alexander se rindió completamente, repitiendo su nombre como una promesa mientras ella lo llevaba al límite una y otra vez.
Cuando terminaron, exhaustos y abrazados, Wishcalia susurró contra su pecho:
—Nadie nos va a separar. Nadie.
Al día siguiente, el error que Wishcalia estaba esperando finalmente ocurrió.
Elena, desesperada por ver a sus nietos, decidió ignorar completamente la suspensión de visitas. Contrató a un hombre para que distrajera a la seguridad de la mansión mientras ella entraba por la puerta trasera del jardín. Llevaba regalos caros y una sonrisa ensayada.
La niñera la vio primero y llamó a Wishcalia de inmediato.
—Señora, Doña Elena está dentro de la casa. Está con los niños en la sala.
Wishcalia, que estaba en una reunión virtual, colgó sin decir nada y condujo a toda velocidad. Cuando llegó, Elena estaba sentada en el sofá con Mateo en las piernas y Sofía a su lado, mostrándoles fotos antiguas de Alexander cuando era niño.
—Abuela, ¿por qué mami no quiere que vengas? —preguntó Mateo inocentemente.
Elena sonrió con dulzura.
—Porque tu mami es muy estricta, mi amor. Pero la abuela siempre va a quererte.
Wishcalia entró en la sala como un huracán.
—Elena, sal de mi casa ahora mismo.
Elena se levantó lentamente, sin soltar la mano de Mateo.
—Solo quería ver a mis nietos. ¿Tan monstruo eres que ni eso me permites?
Wishcalia sacó su teléfono y comenzó a grabar.
—Estás violando la orden judicial. Esto queda registrado. Sal de mi casa o llamo a la policía ahora mismo.
Los niños miraron asustados. Mateo empezó a llorar.
Wishcalia se acercó, tomó a sus hijos en brazos y los entregó a la niñera.
—Llévalos arriba, por favor.
Cuando los niños se fueron, Wishcalia enfrentó a Elena cara a cara.
—Has cruzado todos los límites. Mañana mismo pediré la suspensión total de visitas. Y esta vez, con pruebas en video. Vete.
Elena la miró con odio puro.
—Algún día mis nietos sabrán quién eres realmente. Una mujer fría y manipuladora que solo quiere controlar a mi hijo.
—Vete —repitió Wishcalia con voz cortante.
Elena salió de la casa, pero antes de subir a su auto lanzó una última amenaza:
—Esto no termina aquí, Wishcalia. Te lo juro.
Wishcalia cerró la puerta y se apoyó contra ella un momento, respirando profundo. Luego subió a consolar a sus hijos.
Esa noche, después de que Mateo y Sofía se durmieran (después de muchos cuentos y abrazos), Wishcalia y Alexander tuvieron una conversación dura.
—Mi madre ha perdido completamente el control —dijo él, abatido—. Voy a hablar con ella mañana.
—No —respondió Wishcalia con firmeza—. Mañana vamos a presentar la solicitud para suspender todas las visitas. Y tú vas a firmarla conmigo.
Alexander la miró en silencio durante varios segundos. Finalmente asintió.
—Está bien. Lo haré.
Wishcalia se acercó a él, tomó su rostro entre las manos y lo besó con intensidad. Esa noche volvió a tomar el control total. Lo llevó a la cama y lo reclamó con pasión feroz, como si necesitara recordarle —y recordarse a sí misma— que esta familia era suya y que nadie se la iba a quitar.
Alexander se entregó por completo, gimiendo su nombre entre jadeos.
Mientras yacían abrazados después, Wishcalia miró el techo y pensó en Elena, en Camila y en todas las batallas que aún quedaban.
El error de Elena había sido grave.
Pero Wishcalia sabía que la guerra todavía no había terminado.
Solo acababa de entrar en su fase más peligrosa.