En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Hilos invisibles
Anya cerró los ojos y el mundo del refugio se desvaneció. El calor del té y el olor a madera vieja fueron reemplazados por una brisa salina y gélida que le calaba los huesos.
El puerto de Nueva York.
Anya se vio a sí misma, o mejor dicho, sintió el cuerpo de esa otra mujer que compartía su alma. Llevaba un abrigo pesado y el corazón le martilleaba contra las costillas como un pájaro enjaulado. Frente a ella, bajo la luz apagada de una farola, estaba Ian. Se veía más joven, con una luz en los ojos que el Ian del presente había perdido por completo. Él le sonreía, extendiendo una mano hacia ella mientras el vapor de un barco cercano envolvía sus pies.
—Es hora, mi amor —decía el Ian del pasado—. Nadie nos encontrará jamás.
Anya sintió una inmensa oleada de amor por él, un sentimiento tan puro que le dolió. Quiso correr hacia sus brazos, pero de repente, sintió un peso gélido en su mano derecha. Al bajar la vista, vio la pistola. No recordaba haberla sacado. Su brazo empezó a elevarse, pero no por su voluntad. Era como si unos hilos invisibles tiraran de sus tendones.
—¡No! —gritó Anya en su mente—, ¡bájala!
Su propio cuerpo la traicionaba. Vio el terror cruzar el rostro de Ian cuando el cañón le apuntó al pecho. Ella intentó abrir la mano para soltar el arma, pero sus dedos se cerraron con una fuerza mecánica, inhumana. Una sombra se proyectó sobre ella desde la oscuridad del muelle, una presencia que no podía ver pero que sentía como un peso aplastante sobre sus hombros. Una mano invisible se posó sobre la suya, guiando el dedo hacia el gatillo.
PUM.
El destello del disparo iluminó el rostro de Ian justo antes de que cayera hacia atrás, hacia las aguas oscuras.
Anya despertó con un grito ahogado, rompiendo el contacto con las manos de Ian. Cayó hacia atrás sobre la madera del suelo, jadeando, con la frente empapada en sudor frío. Su mano derecha temblaba violentamente, recreando el espasmo del gatillo.
Ian se arrodilló a su lado, con el rostro pálido y los ojos llenos de una angustia contenida.
—¿Qué viste? —preguntó él con la voz ronca—. ¿Lo recordaste? ¿Recordaste cómo me mataste?
Anya lo miró, y por primera vez, no hubo culpa en sus ojos, sino un terror absoluto. Se arrastró hacia atrás hasta chocar con la pared, abrazándose las rodillas.
—Yo no quería... —sollozó ella, con la voz quebrada—. Ian, yo te amaba. Lo sentí. Sentí cuánto te amaba en ese momento.
Ian frunció el ceño, confundido. El Registro le había dicho durante un siglo que ella lo había traicionado por voluntad propia, por odio o por miedo.
—Me disparaste a quemarropa, Anya. Yo vi el arma en tu mano.
—¡Mis manos no se movían solas! —gritó ella, alzando su mano derecha—. Había alguien más allí, Ian. Una sombra... algo o alguien me estaba controlando como a una marioneta. Yo intenté soltar la pistola, te lo juro, pero mi cuerpo no me obedecía. Fue como si... como si alguien hubiera robado mi voluntad para convertirlo en un sacrificio.
Ian se quedó helado. Esa posibilidad nunca se le había ocurrido. Para los Rastreadores, los hechos eran absolutos: una vida tomada, una deuda generada. No había matices de "posesión" o "control".
—¿Viste quién era? —preguntó él, acercándose lentamente, su mente trabajando a mil por hora—. ¿Viste la cara de quien te obligó?
Anya negó con la cabeza, cerrando los ojos con fuerza, tratando de recuperar la imagen de la sombra.
—No... estaba detrás de mí. Era como una neblina oscura, un frío que se metió en mi sangre. Pero cuando el arma se disparó, esa cosa desapareció. No fui yo, Ian. Yo nunca te habría hecho eso por elección propia.
La habitación quedó en un silencio sepulcral. Si lo que Anya decía era cierto, la deuda que Ian llevaba cobrando durante cien años era una mentira. Alguien había orquestado su muerte usando a la mujer que él amaba, asegurándose de que ambos quedaran atrapados en un ciclo eterno de castigo y persecución.
Ian se levantó, sintiendo que los cimientos de su existencia se tambaleaban.
—Si no fuiste tú... entonces el Registro ha sido manipulado. Y si el Registro ha sido manipulado, Marcus tiene que saberlo.
—O tal vez —dijo Anya, mirándolo con una sospecha que la hizo estremecer—, tal vez Marcus es el único que sabe quién estaba en ese muelle realmente.
Ian se quedó inmóvil ante la cercanía de Anya. El aire en la habitación parecía haberse agotado, dejando solo ese magnetismo peligroso que los atraía a pesar de las cicatrices.
—¿Cómo sé que no me estás engañando? —preguntó él, su voz era un hilo cargado de desconfianza, pero sus ojos traicionaban su dureza.
—Solo tengo mi palabra y el amor que sentía por ti en esa época —susurró Anya. El dolor en su voz no era por el miedo a morir, sino por la angustia de ser vista como una traidora por el único hombre que le importaba.
Ian sintió una punzada en el pecho. Le resultaba insoportable que la mujer que había amado por más de cien años ahora lo mirara como a un extraño, pero más doloroso aún era saber que no podía confiar en ella. Una vez lo había engañado —o eso le habían hecho creer— y la lógica de su mundo le decía que ahora lo haría de nuevo solo para salvar su alma del vacío.
—Quisiera creerte —admitió él, bajando la guardia apenas un milímetro—, pero te he buscado por un siglo creyendo que tú me quitaste la vida. He alimentado mi existencia con ese rencor.
—Entonces cree en lo que sientes cuando estás cerca de mí —insistió Anya, acortando el último espacio que los separaba—. Cree en mí cuando te miro. Cree que nunca hubiese sido capaz de lastimarte por voluntad propia.
Anya se acercó con cautela, dejándose llevar por ese sentimiento que había estado guardado en el tejido de su alma por tantos años. En los fragmentos de ese recuerdo en el muelle, el amor que sentía por Ian no solo había renacido; había regresado con una fuerza devastadora, como un incendio que ha estado latente bajo las cenizas.