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Susanne confió en quien no debía, lo entregó todo y descubrió muy tarde que un falso juramento puede llevarte al infierno.
Sin nada más que perder, que una vida que la axficia, tomará un camino de venganza lento y hasta humillante, pero si quiere ver a su enemigo caer de la cima al fango, ella tendrá que meterse hasta en su cama, con una nueva identidad y destruir lo que ese hombre atesora
Lo que Susanne no sabe es que en medio de su venganza, su corazón vuelva a amar y que eso pueda ser más peligroso que cumplir con su venganza.
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19. La boda inevitable
El palacio abrió sus puertas desde temprano. Llegaron casas aliadas, títulos conocidos, compromisos antiguos. Todo funcionaba con la precisión de un evento esperado, casi necesario.
Susanne llegó acompañada por Lord Antonio.
No entró como una muchacha nerviosa ni como una conquista reciente. Avanzó con paso firme, vestida con sobriedad impecable. El vestido era claro, perfectamente ajustado, sin alardes. El cabello, recogido con orden, dejaba el rostro despejado. Nada en ella parecía improvisado.
Lord Antonio caminaba a su lado, serio, correcto. No buscaba miradas. No las necesitaba. Pero con ellos también estaba el pequeño séquito, que venía desde Salamanca, para servir exclusivamente a Lady Samantha, era parte del contrato, ella necesitaba aliados en su nuevo lugar de residencia.
Renato esperaba. Cuando la vio acercarse, su expresión cambió apenas. Era de satisfacción, algo parecido al orgullo. Tomó su mano con seguridad, como quien confirma una decisión bien tomada.
- “Habéis llegado puntual. Eso habla muy bien de la familia ducal de Salamanca”, dijo Renato, sin soltarla.
Susanne sostuvo la presión de su mano sin retroceder. Su voz fue baja, correcta.
- “Es lo mínimo que se espera de mí en un día como este”, expresó Susanne.
Renato sonrió apenas, ladeado.
- “De ahora en adelante, se esperará más que puntualidad”, añadió Renato.
Lord Antonio intervino sin elevar el tono, pero sin permitir que el comentario quedara suspendido.
- “Mi hija entiende bien lo que se espera de ella, excelencia. También sabe cumplir sin necesidad de recordatorios”, manifestó Antonio.
Renato miró a Antonio un segundo más de lo necesario. Luego volvió a Susanne.
- “Eso espero”, dijo Renato. “Salamanca ha sido generosa conmigo. No pienso defraudarla”.
- “Ni yo a Restrepo”, respondió Susanne, con la misma calma.
Renato inclinó la cabeza, satisfecho. Le ofreció el brazo.
- “Entonces, comencemos”, ordenó Renato.
La ceremonia fue breve. Samantha habló cuando le correspondía. Su voz no tembló. Renato respondió con soltura, seguro del lugar que ocupaba. Para quienes observaban, todo parecía extremadamente correcto, la novia era una joven heredera bien educada y muy hermosa; y el novio era un duque importante, con riqueza, que necesitaba un heredero legítimo para perdurar el legado de Restrepo, por eso era una alianza conveniente.
Entre los invitados, los hijos de Renato ocupaban su lugar. Teodoro, el hijo mayor, observó con atención medida. Su esposa, una mujer mayor, pero marquesa, miraba aún más; porque sabía de posiciones y arreglos, y esa muchacha, aunque muy joven, ahora era la mujer más importante de la familia del duque de Restrepo.
Marieta miró a “Samantha” un segundo más de lo habitual. No por sospecha, sino por curiosidad, pensó en su propia suerte, aquella heredera hermosa y joven se casaba con un hombre que casi le triplicaba la edad. El príncipe, Fernando, a su lado, había mirado a “Samantha”, durante toda la ceremonia, y por alguna razón que desconocía, eso se sintió doloroso, aún recordaba la suavidad de su expresión y la frescura de sus palabras, cuando se encontraron en el camino.
August la miró, distinción, belleza, y riqueza, envidió a su padre, él hubiese preferido tener a la duquesa en sus brazos, que a la esposa que había tenido que desposar para complacer a su padre. Elvira en otra ocasión la hubiese evaluado a cualquier mujer nueva en una familia poderosa, vestido, porte, silencios; pero la joven condesa apenas miraba, estaba embarazada nuevamente, y ya no había concebido por amor, sino por la fuerza, había perdido todo derecho de su propia voluntad, ahora solo servía para complacer a su marido, quien se había encargado de alejar a cualquiera que hubiese pretendido ayudarla. Ninguno vio a la muchacha que había servido en Salvatierra. No porque estuviera bien disfrazada, sino porque nunca la habían mirado entonces; él porque solo había visto a Susanne como un cuerpo para saciar su lujuria y ella porque solo había visto en Susanne una sirvienta más, sin rostro y sin nombre.
El banquete siguió el orden esperado. Brindis, música, conversaciones cruzadas. Samantha permanecía al lado de Renato, atenta, correcta, levantando la copa cuando correspondía, apenas probando el vino.
- “Mi esposa es moderada”, comentó Renato en algún momento.
- “Siempre lo he sido”, respondió ella, sin énfasis.
La noche avanzó; Renato cada vez parecía más eufórico, y a la vez, menos consciente de lo que hacía, Susanne miró a su tía Mercedes que formaba parte de su séquito, y entendió que con eso bastaba, que debía dejar de poner aquello en la copa.
Cuando Susanne se puso de pie, para ir a la recámara nupcial para alistarse para su noche de boda, nadie lo encontró extraño. Era el final previsto de una boda como esa.
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