¿Alguna vez te ha gustado tanto una persona que no puedes aguantar las ganas de verla y la tienes presente en tu mente todo el día?
Ese es el caso de Amanda. Desde que conoció a Mauricio; personal de mantenimiento en su casa, quedó flechada instantáneamente con su voluptuoso cuerpo y forma de ser. No obstante, tratará de conquistarlo cueste lo que le cueste. Pero muchas veces no todo lo que se quiere se puede tener... ¿O tal vez sí?
¿Será que su amor será correspondido algún día?
¿A qué se deberá enfrentar Amanda para ganar su corazón?
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TODO EN UNO
Me lleva a la habitación, tirándome contra la cama y subiéndose sobre mí, motivo por el cual aprovecho la situación y no permito que tome el control de lleno, lo empujo a un lado y subo sobre él. Esta vez no se va a salvar. Toco su firme pecho, masajeándolo a su vez, como si de una masa de pizza se tratara. Estoy encima del hombre que tanto me gusta y quiero. No puedo creer que realmente lo tengo aquí, luego de haberlo extrañado tanto. No solo eso, sino que comparte los mismos sentimientos.
Recuesto mi rostro en su panza y lo restriego como siempre había querido hacer y no había tenido oportunidad. Se siente mucho mejor a como la imaginé; blanda, suave y huele rica. Le proporciono varios besos seguidos, creando varios caminos hacia su pecho. Por alguna extraña razón, pensar en que lo tengo conmigo solo me conmueve, tanto que una lágrima se desliza por mi mejilla. Estoy feliz, pero no puedo explicarme por qué estoy llorando. Tal vez porque había visto esto muchas veces como algo imposible, pero aquí lo tengo, debajo de mí, sintiendo su calor, deleitándome con su delicioso olor y acariciando este cuerpo que tanto me enloquece.
—¿Qué tienes? ¿Por qué lloras? — su mano acaricia suavemente mi mejilla.
—¿Realmente no estoy soñando? ¿De verdad no voy a despertar en cualquier momento y me daré cuenta de que estoy sola, de que esto solo es un sueño por extrañarte tanto?
—¿Te parece que esto lo es? — su dedo pulgar acaricia mis labios, mientras su otra mano se posa sobre mi espalda baja—. Mi dulce Amanda, sé que en parte es mi culpa por no haber sido del todo honesto contigo y ocultarte lo que he estado sintiendo por ti desde que te conocí, pero te prometo que las cosas van a cambiar de ahora en adelante. No quiero volver a experimentar ese sentimiento tan desagradable de no verte, de no saber de ti, de extrañarte y no poder hacer nada al respecto. Eso sí, hay varias cosas que debemos hablar primero.
—¿Sobre qué?
—Tal vez este no sea el mejor momento, pero es la única oportunidad que tenemos de estar a solas y hablar sobre el tema con calma.
—Me estás preocupando.
—No, no te preocupes. No es nada que no vaya a tener una solución. Es con respecto a la madre, si se le puede llamar así, de mi hija — las palabras de mi madre se cruzaron por mi cabeza y pensé lo peor—. Ha regresado con el supuesto interés de estar con Esme.
—¿Y cuál es el problema con eso? ¿Piensas volver con ella?
—Por supuesto que no— su respuesta me hizo suspirar de alivio y sonríe—. ¿Realmente pensaste eso?
—Bueno, de cierta forma, podría ser comprensible. Digo, porque es tu exesposa y la madre de tu hija.
—Dulzura, las cosas no son como parecen. Cuando conocí a la madre de Esme, me enamoré perdidamente de ella. Se podría decir que al principio teníamos una buena relación, pese a que ambos éramos totalmente lo opuesto. Nos casamos supuestamente enamorados, al menos yo sí lo estaba. Ella es modelo y fundadora de una agencia de modelaje, muy reconocida por cierto, por lo que la apariencia y el cuidado para ella lo es todo. Ya con eso puedes entender que llevábamos una vida muy distinta. Esmeralda no fue planeada. De hecho, nos habíamos estado protegiendo, pero en un descuido ocurrió. Eso sí, no te equivoques, estaba feliz con la noticia de ser papá. A diferencia de ella, yo estaba ilusionado con esto y estaba dispuesto a hacerme cargo en todos los aspectos. Nuestra relación se comenzó a ver afectada a raíz de esto, ya que ella tenía esta única obsesión con hacer ejercicios. Le gusta cuidar su cuerpo, pero el ver que día tras día aumentaba peso, a veces se excedía con los ejercicios y hacia dietas tan peligrosas que podían poner en riesgo a nuestra hija. Se encerró en la casa, con tal de que nadie se enterara de su embarazo, pero no duró mucho cuando la bomba explotó y eso la deprimió. Tenía que quedarme con ella, vigilarla de que no hiciera nada que fuera a poner en riesgo su vida o la de nuestra hija. Fueron meses complicados, pero por fin tuvimos a nuestra hija. Llegué a pensar que eso le ayudaría a recuperarse, pero no. Según el médico, ella tuvo una depresión posparto severa. No quería estar cerca de la niña, se encerró en ella misma, dejó de ser quien era y nuestra relación se fue deteriorando cada vez más. Tan pronto dio a luz, volvió a la misma rutina de ejercicios y de dieta. Se pasaba fuera de la casa, la comunicación también se había perdido. Llegaba tarde, junto con amigas, con bolsas de ropa para ella y ni siquiera se acercaba a nuestra hija. Esmeralda llorando y ella no toleraba escucharla, se ponía tapones en los oídos o simplemente se iba de la casa. Toda esa etapa la pasamos solos. Aunque traté muchas veces de acercarle la niña, ella comenzaba a gritar y la echaba a un lado. Quería comprenderla, tal vez justificarla, pero ver el trato con la niña me rompía el alma, porque Esme quería estar en sus brazos y lo único que recibía era el rechazo de ella — sus ojos estaban llorosos y, con solo imaginar todo lo que han debido pasar, me rompe el corazón a mí también y nudo se forma en mi garganta—. Los años iban pasando y, aunque traté de soportarlo todo, llegó un momento en que decidí mudarme aparte con la niña y me di cuenta de que ni siquiera ella buscó la forma de encontrarnos. Notando que lo nuestro estaba irremediablemente acabado, tomé la decisión de comenzar los trámites del divorcio, incluyendo pedir la custodia absoluta de Esme, lo cual ella no mostró preocupación en lo absoluto. Cabe mencionar que, justo en la corte salió a relucir que ella tenía un amante desde mucho antes de casarnos y fue el mismo abogado que la acompañó ese día. Quedar como un imbécil delante de tanta gente fue duro. Todo me lo restregó en la cara ese día, como también dijo que su propósito de haberse casado conmigo fue para ocultar la relación que tenía con ese hombre, ya que para aquel entonces que comenzaron a verse, él estaba casado. Luego del divorcio, la vi solo unas cuantas veces, pero trataba de huirle como el diablo a la cruz. Ella jamás se había interesado en buscar a la niña, no hasta ahora. Hace dos meses se apareció con una citación al tribunal, exigiendo la custodia compartida de la niña y es algo en lo que no estoy de acuerdo. Sé que ella es su madre biológica y no puedo cambiar ese hecho, que tal vez según el juez ella tengo derecho de pedir esto e incluso de estar cerca de Esme, pero yo no quiero. Jamás ha mostrado que le importe y tengo miedo de que la confunda, de que le haga mal estar cerca de ella, de que me la arrebate y la ponga en mi contra. No hago esto por rencor hacia ella porque nuestra relación no funcionó o porque me engañó, lo hago por mi hija, porque ella no merece tener a alguien al lado que jamás le ha importado su bienestar, que la rechazó, la dejó sola y que la busca hipócritamente, sabrá Dios con qué intenciones.
—Estás en todo tu derecho de negarte. Se supone que si ella te cedió la custodia absoluta, eso te ayude de algo. ¿Hablaste con tu abogado?
—Sí, y si no es con visitas supervisadas, no dejaré a mi hija sola con ella.
—Eso es un derecho que también tienes tu. Puedes solicitar eso con el juez.
—Voy a luchar para que al menos me concedan eso. Tengo que proteger a Esme de esa mujer. Dudo mucho que se quiera acercar a ella con buenas intenciones.
—Tranquilo, todo saldrá bien. Debo agradecerte por haber puesto tu confianza en mí y haberme contado todo esto. No puedo imaginar todo lo que han pasado los dos, pero ahora no están solos, me tienen a mí. Debo confesarte que eres un hombre y un padre maravilloso. Me llena de mucho orgullo confesarte que esto confirma una vez más que eres el hombre que quiero en mi vida, que lo mejor que pudo haberme pasado, fue conocerte a ti y a la princesa Esme. Les prometo que pondré de mi parte para ganarme el corazón de los dos.
—¿Y qué te hace pensar que no lo has hecho ya?
—Todavía me falta. Quiero ganarme tu amor y cariño como Dios manda, en especial el de Esme. Ambos han pasado mucho, por eso seré más paciente y daré lo mejor de mí para conquistarlos. Y claro, algún día poder pedirte formalmente matrimonio a ti y a esta pancita tan rica y esponjosa que tienes, Mau, Mau— sonrío, mientras que desvía la mirada incomodo.
—Habías tardado en decir algo sobre eso. Es que enserio no puedo explicarme la obsesión que tienes con esto. ¿Qué pasaría si adelgazo?
—Para mí siempre serás mi Mau, Mau, y te querré siempre, no importa cómo te veas. Tu panza es un complemento, pero tú eres un paquete completo, algo así como un todo en uno. Tienes todo lo que me gusta y me fascina — recuesto mi cuerpo sobre el suyo, quedando a la altura de su rostro—. Ya te lo he dicho muchas veces, pero no me canso de decir que me encantas y que muero por tenerte ahora mismo dentro de mí — murmuro a solo centímetros de sus labios y sonríe.
—Tú me encantas mucho más, no sabes lo loco que me traes, dulzura— su mano se posa por detrás de mi cuello, acercando mi boca a la suya y devora mis labios como si no hubiera un mañana.