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Dr. G

Dr. G

Status: Terminada
Genre:Romance / Yaoi / Doctor / Reencuentro / Completas
Popularitas:3
Nilai: 5
nombre de autor: Paulina de jesus

Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.

¿Logrará Gabriel vivir este amor?

NovelToon tiene autorización de Paulina de jesus para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 16

La puerta de entrada apenas se había cerrado tras André, y Gabriel ya estaba contra la pared.

Miguel lo miraba como si el mundo entero hubiera desaparecido, y solo quedara allí, frente a él, el hombre que amaba.

— ¿Por qué me estás mirando así? — murmuró Gabriel, con la respiración ya inestable.

— Porque me vuelves loco.

No solo por tu boca.

Sino por la forma en que existes.

Gabriel jaló a Miguel por la camisa y lo besó con fuerza.

Ya no había vacilación.

Ni miedo.

Solo hambre.

Las manos exploraban con ganas. Las ropas caían al suelo una a una, sin prisa, pero sin paciencia.

Era como si finalmente pudieran tocar lo que tanto deseaban desde la primera mirada cruzada en aquel hospital.

— Ámame con ganas hoy — susurró Gabriel entre besos en el cuello. — Sin miedo a quebrarme.

Miguel levantó su rostro con firmeza.

— Nunca tuve miedo de quebrarte.

Mi miedo era no saber cómo merecerte.

Gabriel sonrió con los labios entreabiertos, la mirada cargada de deseo.

— Entonces muéstrame que lo mereces. Ahora.

Fueron tropezando hasta el cuarto, los cuerpos pegados, el calor aumentando.

El cuarto aún olía a vino y lasaña, pero ahora, el olor de su piel tomaba el aire.

Miguel lo acostó en la cama y subió encima de él, los ojos sumergidos en los de Gabriel.

— Esto aquí… es solo nuestro.

Nadie opina.

Nadie asiste.

Nadie interrumpe.

Gabriel mordió el labio inferior.

— Atrápame, Miguel. Sujétame como si yo fuera todo lo que esperaste.

Y Miguel hizo eso.

Con besos profundos.

Con las manos firmes en su cintura.

Con palabras bajas dichas entre el ruido de los cuerpos encajando.

Era sexo. Pero era más.

Era cura.

Era entrega.

Era libertad.

Y cuando todo terminó, Gabriel aún temblaba.

Miguel lo jaló contra su pecho, sin soltarlo ni por un segundo.

— Eres mío ahora — dijo, con la voz baja.

— Siempre lo fui. Solo no sabía cómo decirlo.

Durmieron así.

Sudados. Exhaustos.

Pero enteros.

Y por primera vez, el deseo no dejó marcas de culpa.

Solo cicatrices de amor.

La idea del viaje surgió de repente.

Gabriel estaba recostado en el sofá, la bata tirada a un lado, los ojos cansados de una semana larga en el hospital. Miguel apareció con el portátil en las manos y un brillo extraño en los ojos.

— Tengo un plan.

— Eso me asusta y excita al mismo tiempo — respondió Gabriel, sin levantarse.

— Un fin de semana solo nuestro. Lejos. Sin guardia. Sin familia. Sin miradas.

Solo nosotros dos… y un chalet en lo alto de la sierra.

Gabriel levantó una ceja.

— ¿Planeaste esto?

— Planeé darte paz.

---

La carretera subía entre las montañas como un riesgo en la piel de la tierra. La niebla envolvía el coche, la radio sonaba bajito y las manos de Miguel y Gabriel se encontraban en la palanca de cambios, en una caricia disimulada.

Llegaron al chalet cerca del final de la tarde.

Era simple. Rústico. Madera y vidrio.

Y una vista impresionante.

— Aquí nadie nos conoce — dijo Miguel. — Podemos andar de la mano sin miedo.

— Aquí el tiempo se detiene — completó Gabriel. — Y puedo existir sin esconderme.

---

Aquella noche, hicieron fondue.

Rieron torpemente al quemar los panes.

Bebieron vino hasta quedar ligeros, los pies descalzos en la alfombra, y la música suave llenando el espacio vacío.

— Es de esto que quiero recordar cuando todo pese — dijo Gabriel. — De esta noche.

De la forma en que me miras como si yo fuera todo.

— Tú lo eres todo. Solo aún no te has dado cuenta.

Miguel se acercó. Se sentó a su lado.

Apoyó la frente en la suya.

— ¿Sabes con qué soñé ayer?

— ¿Con qué?

— Con nosotros más viejos. Con canas.

En un lugar así.

Con un perro durmiendo en la puerta y dos copas de vino sobre la mesa.

Y tú quejándote del frío, incluso estando con una manta hasta el mentón.

Gabriel sonrió.

— Eso es muy específico.

— Es mi sueño. Y tú estás en él.

Silencio.

Y entonces Gabriel habló, con la voz baja:

— Nunca me permití soñar con el futuro.

Siempre pensé que iba a quebrarme antes de llegar allí.

— Entonces empieza hoy — dijo Miguel. — Porque tu futuro ahora tiene dos nombres.

El tuyo…

Y el mío.

---

Más tarde, ya en la cama, el frío del lado de afuera contrastaba con el calor de los cuerpos juntos bajo la manta gruesa.

Miguel envolvió a Gabriel por detrás, encajando el rostro en el hueco de su cuello.

— ¿Estás feliz? — susurró.

— Por primera vez, sí.

Y eso me asusta.

— Sentir alegría no es peligroso, Gabriel.

Reprimirla, sí.

Mereces vivir días así. Mereces el ahora… y el después.

Gabriel se giró hacia él, con los ojos vidriosos.

— ¿Si me despierto y todo esto es un sueño?

Miguel besó su frente.

— Entonces te despierto despacio…

Y te hago vivir todo esto de nuevo. Conmigo.

---

A la mañana siguiente, despertaron con el sonido de los pájaros y la luz tímida atravesando la cortina de lino.

Sin prisa.

Sin alarma.

Sin peso.

Tomaron café de frente a la montaña, los pies tocándose por debajo de la mesa, y el mundo, por un instante, pareció suspendido — como si estuviera respirando junto con ellos.

Y fue allí, en aquella terraza simple, con olor a café y pan, que Gabriel tuvo un pensamiento que nunca había permitido antes:

> "Quiero envejecer a su lado".

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