Alex Borisov es un Don de la mafia rusa. Tenía un acuerdo de matrimonio cerrado con la italiana Caterina Colombo, cuando él alcanzaba la mayoría de edad y ella era apenas una adolescente. Una de las cláusulas de ese acuerdo era esperar a que Caterina cumpliera dieciocho años, y que ella solo supiera que tenía un prometido el día de la boda.
Los años pasaron, y Alex fue víctima de una trampa, obligándolo a casarse con la joven, con quien tuvo una hija. Fueron meses viviendo amargados, recordando que no deseaba ese matrimonio. Él, que siempre había sido serio, se cerró a todo, como una piedra inaccesible. Hasta que, misteriosamente, su esposa es asesinada.
Cuando queda viudo, decide ir en busca de su verdadera prometida en Italia. Caterina llega a la vida de Alex con toda su intensidad y persuasión, dispuesta a sacudir su mundo y, con su insistencia, promete romper la piedra que él puso en lugar de su corazón.
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Capítulo 6
Caterina
Encontré a mi madre en la sala, me senté a su lado y me quedé esperando. Sabía que mi padre no iba a aceptar. Tal vez hasta lo aceptaría, si él no hubiera sido tan arrogante y dueño de sí.
Mi madre subió al cuarto, dijo que esperaría a mi padre. Continué en la sala esperando. Algunos minutos después, vi a Alex pasar directo, sin mirar en mi dirección, como si yo fuera invisible. Ignoré esa frialdad de él, yo no necesitaba su atención. Me levanté cuando vi a mi padre, él caminó y antes de que yo preguntara cualquier cosa, soltó:
— Te casarás el sábado. — fue directo. Yo parpadeé varias veces intentando procesar lo que oí.
— ¿Qué? ¿Cómo así, padre?
— Es lo que oíste, Caterina. Yo acepté volver con el acuerdo, y Alex exigió que el Casamiento fuera aún esta semana.
— Usted no puede estar hablando en serio. El sábado es dentro de cuatro días. Y usted me había dejado escoger, y yo no quiero aceptar más.
— ¡Ya está decidido, hija! Arregla tus cosas esta noche. Mañana por la mañana, iremos todos a embarcar para Rusia, vamos a quedarnos en una de las casas que tiene en la propiedad de la mansión. Esos días servirán para que conozcas a la hija de él, te familiarices con la casa y ya vayas acostumbrándote. Y también para pasar más tiempo con nosotros, porque después del matrimonio, volveremos.
— Padre... Usted dijo que yo podría decidir, no puede retractarse de su palabra. — hablé indignada.
— Yo quise así, hija. Tú siempre supiste que las cosas serían de ese modo. No hagas berrinche. Buenas noches.
Él dijo y simplemente giró sobre los talones y subió las escaleras, con una calma de quien estaba haciendo lo correcto.
Me quedé parada en medio de la sala, hasta que mi padre desapareció de mi campo de visión. Yo no sabía que me sentiría así cuando llegara el momento de yo tener que casarme. Yo siempre supe que sería así. Yo había prometido cumplir con mi palabra. Pero, ¿por qué me siento tan revoltada? Mi padre siempre dice que quiere mi bien, pero en realidad, él solo piensa en poder. Una unión como esa traerá beneficios, solo eso es lo que importa para él.
Subí las escaleras lentamente, intentando aceptar mi futuro. Pero, el miedo comenzaba a consumirme. Yo no conocía a Alex, y no sé cómo sería estar casada con él. No obstante, independiente de casarme con él o no, yo ya sabía que no tenía opción de escoger. Ese día llegaría más temprano o tarde. Yo había dado mi palabra, entonces solo me restaba aceptar.
***
Desperté con golpes en la puerta. La luz suave del día atravesaba las cortinas finas del cuarto, indicando que ya era mañana. Solo ahí que me di cuenta, que dormí del mismo modo que estaba en la cena: La misma ropa, maquillaje y hasta los tacones estaban en mis pies, no recuerdo cuando me quedé dormida, pero recuerdo perfectamente haber llorado, siendo invadida por miedos e inseguridades.
Los golpes insistieron y yo me levanté y fui hasta la puerta, quitando apenas las sandalias.
— Vaya... tienes una cara pésima, hija. — mi madre habló y luego fue entrando.
Yo no respondí nada, apenas fui hasta el espejo más cercano y miré mi estado. Maquillaje corrido y cabellos desordenados.
— Vine a ayudarte a arreglar la maleta, ya vi que no lo hiciste. Vamos a colocar apenas lo necesario para algunos días, pediré a algunos funcionarios que arreglen el restante y mandaré después.
Asentí desanimada. No es novedad que yo sabía que ese día llegaría, y en mi cabeza, sería fácil. Pero, en la práctica, yo no quiero y no estoy preparada para tener que convivir con un hombre que mal conozco. Ni siquiera sé su temperamento y si me va a tratar bien o no.
Caminé hasta el baño y me encerré dentro, antes de que mi madre hablara algo más. Dio tiempo de oírla suspirar y refunfuñar algo.
Me quité mis ropas y entré a la ducha. El agua tibia relajando la tensión de mi cuerpo y dejándome con una sensación un poco mejor. Lavé mis cabellos, hidraté, hice mi higiene y después de varios minutos yo salí del baño.
Mi madre finalizaba una maleta y yo vi dos en el suelo, suspiré y fui para el closet. Vestí un pantalón, una blusita con una chaqueta. Volví para el cuarto y me senté en la peinadora. Mi madre se aproximó colocando la mano en mi hombro.
— Yo entiendo que va a ser difícil al comienzo, pero tú eres fuerte e irás a adaptarte.
— Yo no tengo opción, sino adaptarme.
Mi madre me miró por el reflejo en el espejo. Ella no podía hacer nada, yo entendía eso. Y aún que yo sintiera una indignación dentro de mí, sabía que al final, yo tampoco tenía qué hacer.
"¡Todo bien! Yo voy a sobrevivir. Yo nunca fui débil, voy a saber lidiar con esto"
Hablé para mí misma en pensamientos. Mi madre desvió la mirada y apretó levemente mi hombro, antes de alejarse.
Arreglé mis cabellos e hice un maquillaje básico. Después, finalicé las maletas con mi madre, sintiendo un vacío extraño en el pecho.
Mi padre tocó la puerta apurándonos. Bajamos y tomamos el desayuno juntos. Yo me quedé en silencio total, pero veía por el rabillo de los ojos a mi padre observándome.
Salimos en el mismo carro, otros vinieron atrás. Mi padre siempre salía acompañado de sus soldados más leales, y yo ya estaba acostumbrada a tener siempre guardaespaldas pisándome los talones.
Cuando entré al jet privado. Comenzó a caer la ficha, que no había más vuelta atrás, mi destino estaba sellado. Yo tenía que saber jugar este juego, y yo sabría, en el momento estoy con miedo, pero nada que yo no consiga enfrentar.