Santiago Reyes tiene veinte años, estudia literatura en la UNAM y no le debe nada a nadie. Hasta que León Villanueva —CEO de uno de los grupos empresariales más poderosos de México— decide que Santiago le pertenece.
Lo que comienza como una seducción imposible de rechazar se transforma en una pesadilla: una mansión cerrada con llave, cámaras en cada esquina y un hombre que dice "te amo" mientras le quita la libertad.
Santiago intenta escapar. Una vez. Dos. Tres. Cuatro. Cinco.
Cada intento fracasa. Cada castigo es peor que el anterior. Pero Santiago no se rinde.
Hasta que un día, León abre la puerta.
Y Santiago descubre que lo más aterrador no es estar encerrado con un monstruo.
Es darse cuenta de que el monstruo ha aprendido a amarte de verdad.
NovelToon tiene autorización de Sofía Marquez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 15
Capítulo 15: La sudadera blanca
Y a veces, en una casa construida para negar lo evidente, que alguien viera ya era una grieta.
Pero una grieta no abría una puerta.
Después del tercer intento, la habitación volvió a cambiar.
Retiraron los cuadernos, los bolígrafos, las tijeras pequeñas del botiquín, el vaso de vidrio, hasta el cordón de una bolsa de tela donde Santiago guardaba ropa sucia. Dejaron libros sin pasta dura, platos de plástico, ropa suave sin cierres metálicos y una vigilancia que no fingía ser discreta.
Santiago miró cómo uno de los hombres revisaba los cajones.
—¿También van a quitarme los dedos?
El hombre no respondió.
Don Tomás estaba en la puerta con el cuaderno recuperado entre las manos. No lo entregó. Tampoco lo escondió. Solo lo sostuvo como si no supiera qué hacer con algo que pertenecía a la persona equivocada dentro de una casa equivocada.
—El señor pidió que se retirara todo por ahora —dijo.
—El señor puede meterse mis cuadernos donde le quepan.
Don Tomás bajó la mirada, pero a Santiago le pareció ver un movimiento mínimo en su boca. No una sonrisa. No se atrevía a tanto. Apenas una fisura de humanidad.
León llegó más tarde.
Traía una bolsa de lavandería en una mano y un botiquín en la otra. Santiago estaba sentado junto a la ventana, con la rodilla raspada al aire y la camisa sucia todavía puesta. No se había dejado revisar.
—Vengo a curarte la rodilla.
—No.
—Está sangrando.
—Entonces mira a otro lado.
León dejó la bolsa sobre la cama.
—También traje ropa limpia.
Santiago no respondió.
León abrió la bolsa y sacó una prenda blanca.
El aire cambió.
La sudadera apareció doblada entre sus manos: la misma que Santiago usaba en la universidad, demasiado grande, con una mancha leve de café cerca del puño izquierdo y el borde del cuello un poco vencido por tantas lavadas.
Santiago se quedó sin respirar.
—¿Dónde estaba?
León miró la prenda con una expresión más suave y más vieja, una que no pertenecía a ese cuarto.
—En tus cosas.
—No te pregunté eso.
León rozó la tela con el pulgar.
—La usabas el día que te vi por primera vez.
Santiago sintió que la frase le ensuciaba un recuerdo que ni siquiera sabía que León había robado.
—Yo no te vi ese día.
—Lo sé.
—Claro que lo sabes.
León levantó la vista.
La sudadera entre sus manos parecía una prueba. No de amor. De vigilancia.
—Siempre me pareció... —empezó.
—No digas linda.
León cerró la boca.
Santiago se puso de pie, ignorando el dolor de la rodilla.
—No conviertas mi ropa en una historia romántica. Era una sudadera. La usaba porque hacía frío y porque no tenía dinero para comprar otra.
León apretó la tela.
—Para mí significó algo.
—Todo significa algo para ti si puedes usarlo para convencerte de que esto es amor.
El golpe fue directo.
León dejó la sudadera sobre la cama con cuidado.
—No era mi intención.
—Tu intención nunca cambia lo que haces.
Durante un momento ninguno habló.
Santiago miró la sudadera. Quería arrebatársela, ponérsela, recuperar aunque fuera el olor de antes. También quería quemarla para que León no pudiera mirarla como si le perteneciera.
Al final la tomó.
La tela estaba demasiado limpia. Ya no olía a detergente barato de lavandería cercana a Copilco, ni a café, ni a hojas de biblioteca. Olía a la casa de León.
Eso le dolió de una manera ridícula.
—Sal —dijo.
León miró la rodilla.
—Déjame curarte primero.
—Sal.
Esta vez León obedeció.
No porque respetara su voluntad completa. Porque estaba aprendiendo que tocarlo por la fuerza podía devolverlo al sótano sin necesidad de bajarlo.
Santiago se cambió despacio. Al ponerse la sudadera, la tela le cayó sobre los hombros como antes, pero nada en su cuerpo volvió a ser el mismo. Se miró en el reflejo oscuro de la ventana: más pálido, más flaco, con el tobillo marcado y la rodilla rota.
El muchacho que cruzaba Ciudad Universitaria con café y libros no estaba allí.
O quizá sí.
Más enterrado.
Más furioso.
León tocó una vez después de varios minutos.
—¿Puedo entrar?
Santiago no contestó.
La puerta se abrió apenas.
León lo vio con la sudadera puesta y se quedó inmóvil.
Esa mirada fue peor que cualquier palabra. Tenía hambre, culpa, alivio y una tristeza tan intensa que Santiago quiso arrancarse la prenda de encima para no darle nada.
—No me mires así.
León bajó los ojos.
—Perdón.
—Deja el botiquín y vete.
—Santiago...
—Si quieres fingir que me cuidas, deja el botiquín y vete.
León obedeció a medias. Dejó el botiquín sobre la mesa, pero no se fue.
—No voy a mandarte al sótano otra vez.
Santiago soltó una risa baja.
—Qué generoso.
—Lo digo en serio.
—Lo dijiste todo en serio. Ese es el problema.
León se acercó un paso y se detuvo al ver cómo Santiago tensaba los hombros.
—¿Qué quieres que haga?
La pregunta salió rota.
Santiago lo miró.
Era fácil responder. Abrir la puerta. Devolver el celular. Llamar a Diego. Dejarlo ir. Lo había dicho tantas veces que repetirlo parecía gastarlo.
—Quiero que dejes de preguntarme lo obvio.
León cerró los ojos.
No abrió la puerta.
Esa fue su respuesta real.
Los días siguientes tuvieron un ritmo más pequeño. Don Tomás llevaba comida. Santiago comía lo necesario. León dejaba libros que él no abría. La sudadera blanca se volvió parte de su cuerpo otra vez, pero ya no como antes. Ahora era una bandera silenciosa: seguía siendo suyo algo que León no había elegido, aunque lo mirara como si pudiera poseerlo con los ojos.
En el bolsillo delantero encontró un hilo suelto y una vieja nota de biblioteca tan lavada que ya no se leía. La nota no servía para nada, pero el bolsillo sí. Nadie revisaba una sudadera que León miraba como reliquia. Santiago empezó a guardar allí migas de información: horas, voces, nombres, pequeños objetos que no parecían peligrosos hasta que uno necesitaba una puerta.
La rodilla sanó rápido.
El tobillo, más lento.
La rabia no sanó.
Por la noche, Santiago empezó a escuchar la casa.
No como antes, cuando solo esperaba pasos de León. Ahora escuchaba tuberías, puertas, horarios, voces de servicio. Había aprendido que una casa rica hacía mucho ruido cuando creía que nadie importante estaba escuchando.
Una madrugada, después de que León se fue del cuarto y Don Tomás cerró la puerta del pasillo, Santiago oyó voces en el patio lateral.
Se levantó sin encender la luz y fue hasta la ventana.
Abajo, junto al cuarto de herramientas, Don Tomás hablaba con un hombre robusto, de camisa de trabajo y gorra, que cargaba una caja de piezas metálicas.
—Don Braulio, venga temprano mañana —dijo Don Tomás—. La toma del riego volvió a fallar.
—Sí, Don Tomás. Pero si el joven vuelve a salir al jardín, avíseme. No quiero problemas con el patrón.
Santiago se quedó inmóvil.
El hombre había dicho "el joven", no "el invitado" ni "el enfermo", como alguien que sabía más de lo que debía.
Don Tomás respondió algo en voz baja que Santiago no alcanzó a escuchar. Don Braulio levantó la vista hacia la casa por un segundo.
Santiago se apartó de la ventana antes de que pudiera verlo.
El corazón, que llevaba días golpeando solo por miedo, dio un golpe distinto.
Todavía no era esperanza, pero se le parecía.