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Latidos En La Cumbre

Latidos En La Cumbre

Status: Terminada
Genre:Mujer poderosa / Romance / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:7.5k
Nilai: 5
nombre de autor: Lobelia

​Elara, una veterinaria de élite en Seattle, lo pierde todo tras una negligencia médica provocada por el estrés de un matrimonio abusivo. Buscando anonimato, se muda a Valle Sombrío para dirigir un refugio de animales al borde de la quiebra. Su llegada choca frontalmente con Jason, un hombre huraño y misterioso que vive en una cabaña aislada tras un accidente en el cuerpo de rescate que le dejó una cojera permanente y un alma cerrada bajo llave.

​La rivalidad estalla cuando Elara intenta modernizar el refugio, mientras Jason cree que la naturaleza debe seguir su curso. Sin embargo, la aparición de animales heridos con marcas de redes ilegales los obliga a unir fuerzas. Entre el frío de la montaña y la calidez del refugio, Elara y Jason descubrirán que las cicatrices más profundas no son las que se ven, sino las que sanan cuando alguien decide quedarse.

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capitulo 2

La llave giró en la cerradura con un lamento metálico que pareció despertar a los fantasmas del edificio. Elara empujó la puerta de madera pesada y el olor la golpeó de inmediato: una mezcla densa de humedad, orina seca, pino rancio y ese aroma metálico e inconfundible de la enfermedad que no ha sido tratada a tiempo.

​No era el santuario que había imaginado en las noches de insomnio en Seattle. Era una herida abierta en mitad de la montaña.

​Dió un paso al frente y sus botas resonaron sobre un suelo de linóleo levantado por las esquinas. La luz del amanecer, gris y débil, se filtraba por ventanas cubiertas de una costra de polvo y escarcha, revelando partículas de suciedad bailando en el aire. Elara se llevó una mano a la boca, no por el olor —al que sus pulmones de veterinaria estaban acostumbrados— sino por la desolación.

​El inventario del desastre

​Caminó hacia lo que debería haber sido la recepción. Sobre el mostrador de madera carcomida, una montaña de sobres amarillentos y facturas con sellos rojos de "Urgente" se amontonaba como un monumento al fracaso financiero. Pasó los dedos sobre un papel: deudas de electricidad, de suministros médicos, de alimentos. La cifra total, que vislumbró en un descuido, era suficiente para hacer que cualquier persona cuerda diera media vuelta y regresara a la seguridad de un salario corporativo.

​Pero Elara no tenía esa opción. Para ella, volver atrás significaba regresar a la sombra de Marcus, a las disculpas humillantes y a la anulación de su propia existencia. Prefirió las deudas. Prefirió las ruinas.

​—¿Hola? —su voz sonó pequeña, absorbida por las paredes de madera.

​Un ruido sordo provino del pasillo que conducía a las jaulas. Un joven de no más de veinte años, con una chaqueta dos tallas más grande y los ojos enrojecidos por el cansancio, asomó la cabeza. Parecía un animal herido intentando decidir si huir o atacar.

​—Usted debe ser la doctora... —dijo el chico, su voz quebrándose a mitad de la frase.

​—Elara. Solo Elara —respondió ella, intentando suavizar su expresión, aunque la rigidez de su cuello se lo ponía difícil—. ¿Tú eres Nico?

​El chico asintió con un gesto espasmódico y se frotó las manos en los pantalones manchados de barro. Nico no caminaba, se deslizaba por las sombras, evitando el contacto visual directo. Elara notó cómo sus hombros se encogían cada vez que ella hacía un movimiento brusco. "Él también tiene sus propios monstruos", pensó ella con una punzada de empatía que la desarmó por un segundo.

​La realidad entre barrotes

​—Muéstrame el área de animales, Nico. Sin filtros. Necesito saber qué hay realmente aquí.

​Nico la guio hacia la parte trasera. El frío allí era más intenso; la calefacción era un lujo que el refugio claramente ya no podía permitirse. Las jaulas eran de hierro antiguo, muchas con restos de óxido que ponían en peligro la piel de los internos.

​No había muchos animales, pero los que estaban allí eran el retrato vivo de la negligencia. Un mestizo de ojos tristes se acurrucaba en una esquina sobre una manta que era más agujeros que tela. Un gato montés, en una jaula demasiado pequeña para su envergadura, bufó con una debilidad que indicaba una deshidratación severa.

​Elara se acercó a una de las jaulas y se puso de rodillas, sin importarle que el suelo estuviera húmedo. Observó a una hembra de zorro con una pata entablillada de forma rudimentaria, casi amateur.

​—Yo... yo hice lo que pude —susurró Nico a sus espaldas, con un tono de disculpa que le recordó dolorosamente a su propia voz frente a Marcus—. El doctor anterior se fue hace tres meses. Me dejó unos manuales y algo de morfina, pero se acabó casi todo. Los del pueblo traen animales y yo no puedo decir que no, doctora. Si no se quedan aquí, mueren en la nieve.

​Elara extendió la mano hacia los barrotes, pero se detuvo antes de tocar. Sus dedos temblaban ligeramente. La magnitud de la tarea era abrumadora. No solo faltaba dinero; faltaba higiene, instrumental, medicamentos básicos y, sobre todo, esperanza.

​Se puso de pie lentamente, sintiendo el crujido de sus articulaciones. Sus ojos recorrieron las estanterías vacías del dispensario. Una mesa de cirugía de acero inoxidable, rayada y sin brillo, presidía la habitación como un altar abandonado.

​La decisión del abismo

​—Nico —dijo Elara, dándose la vuelta para enfrentar al chico. Él retrocedió un paso, esperando quizás una reprimenda, un grito o el anuncio de que ella también se marchaba—. ¿Cuándo fue la última vez que estos animales comieron algo de calidad?

​Nico parpadeó, desconcertado por la pregunta.

—Hace dos días llegó un saco de pienso barato. Es lo que hay.

​Elara apretó los puños. El estrés de Seattle, el juicio de Marcus y la negligencia médica que le costó su carrera profesional en la ciudad se sintieron, por un instante, como un entrenamiento para este momento. Aquí no había nadie para juzgarla por no ser perfecta. Aquí, "lo mejor posible" era la diferencia entre la vida y la muerte.

​Caminó hacia la ventana y limpió un círculo en el polvo para mirar hacia afuera. El bosque de Valle Sombrío se extendía como un mar de agujas verdes y blancas, imponente e indiferente a su miseria. Sabía que en algún lugar de esas sombras vivía ese hombre, Jason, del que Nico le había hablado brevemente en sus correos: el huraño que rescataba animales pero odiaba a las personas.

​—Doctora... ¿se va a quedar? —la pregunta de Nico fue apenas un susurro, cargada de una esperanza tan frágil que a Elara le dolió el pecho.

​Elara miró sus propias manos. Eran manos de cirujana, manos que habían salvado cientos de vidas antes de que el miedo las paralizara. Miró las ruinas a su alrededor, las deudas que la ahogarían y el frío que amenazaba con calar hasta sus huesos.

​Era un desastre. Era una locura. Era un suicidio profesional.

​—Trae los expedientes que tengas, Nico. Aunque sean notas en servilletas —dijo ella, con una voz que recuperaba, fibra a fibra, su antigua autoridad—. Vamos a limpiar este lugar. Y después, vamos a buscar la manera de que estos animales dejen de morir por falta de dignidad.

​Nico dejó escapar un suspiro que pareció vaciarle el cuerpo, y por primera vez, sus hombros bajaron un centímetro. Corrió hacia la oficina, tropezando con sus propios pies.

​Elara se quedó sola en el pasillo. Se apoyó contra la pared fría y cerró los ojos. El silencio del refugio fue interrumpido por el lamento de un perro en la última jaula. Ya no era el aullido salvaje de la madrugada, era un quejido de necesidad.

​—Esta es nuestra oportunidad —susurró para sí misma, hablando tanto por ella como por los animales—. Nadie nos va a encontrar aquí, y nadie nos va a volver a romper.

​En ese momento, la realidad de las ruinas dejó de ser una carga para convertirse en un lienzo. Elara no estaba allí para reconstruir un refugio; estaba allí para reconstruirse a sí misma entre los escombros. Abrió su maletín, sacó un estetoscopio frío y caminó hacia la primera jaula.

​El escape había terminado. La lucha por la vida acababa de empezar.

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Carmen Malpica
Excelente novela
Felisa Bendisky
excelente novela felicitaciones a la escritora súper recomendado 🥰👏👏👏
Toña Chong Montes
Después de haber leído tantas historias aquí,está novela me fascinó,con una narración limpia,bonita,con toques románticos y de aventura.👏👏👏👍👍👍
Antonia Garcia
muy bonita historia gracias por compartir
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
celimar
Hasta el momento me parece interesante 🥰🥰🙏🏽
Celina Espinoza
me gusta🥰/Pray/
Celina Espinoza
excelente historia 🥰😍🙏
Lobelia ❣️
🙏😘😊
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