Hay amores para toda la vida y todas las vidas que sigan.
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15
Acto I: La Pieza
Capítulo 15: Él
—
Nunca he sabido estar solo.
Pero tampoco sé estar acompañado.
—
Cuando tenía cinco años, me caí de un caballo en la finca de Segovia.
No recuerdo el golpe. Recuerdo el cielo, azul, muy azul, girando sobre mí mientras mi madre gritaba mi nombre. Luego, nada. Tres días de silencio.
Cuando desperté, el mundo era otro.
Mi madre lloraba apoyada en la pared de la clínica. Mi padre sujetaba mi mano con demasiada fuerza, como si pudiera romperse si la soltaba. Los médicos sonreían con esa sonrisa de alivio profesional.
Pero yo no estaba del todo allí.
Porque en mi cabeza, había alguien más.
—
Se llamaba Iliv.
Lo supe desde el principio, aunque nadie le hubiera dicho ese nombre. Era una mujer morena, de pelo largo y manos siempre manchadas de pintura. Vivía en una casa con luz de norte, con olor a trementina y a flores secas. Y yo la observaba desde una mecedora, enamorado, callado, mientras ella pintaba.
No era mi madre. No era mi tía. No era nadie que yo conociera en esta vida.
Pero la amaba profundamente.
La quería con una intensidad que a los cinco años no sabía procesar. La quería como se quiere a alguien que te sostiene, que te mira, que te elige.
Pasé meses preguntando por ella. Describiéndola. Dibujándola mal, con trazos de niño, para que mis padres entendieran. Ellos se miraban, preocupados. Llamaron a psicólogos, a especialistas.
Todos dijeron lo mismo: imaginación. Trauma. Fábulas que inventa la mente para protegerse.
Pero yo sabía que no era imaginación.
Era recuerdo.
—
Crecí con ella en mi memoria.
En los momentos importantes, aparecía. En las noches de insomnio, cuando no podía dormir. En los días malos, cuando mi padre me exigía más de lo que podía dar. En los días buenos también, porque sin ella, los días buenos no existían.
A los quince años, empecé a coleccionar arte.
No porque me gustara. Porque buscaba. Porque necesitaba encontrar su rostro, sus manos, su espalda, en algún lienzo, en alguna escultura. Algo que me dijera que no estaba loco. Que ella existió. Que existía.
Mi padre no lo entendía.
—Gastas dinero en mierdas —decía—. Invierte en ladrillos, en acciones, en algo que se toque.
—El arte se toca.
—No me jodas, Marcos.
Pero yo seguía. Galerías, subastas, estudios de artistas emergentes. Buscando. Siempre buscando.
Nunca encontraba nada.
—
A los veintitantos, descubrí que el sexo se paga.
No hablo de prostitutas. Hablo de mujeres que querían mi apellido, mi dinero, mi posición. Ellas ponían el cuerpo. Yo ponía lo demás.
No había engaño: todas sabían a qué venían. Y yo también.
Fueron años de cuerpos intercambiables. Rubias, morenas, altas, delgadas, todas hermosas. Todas vacías.
Con alguna intenté sentir algo. De verdad lo intenté. Pero cuando las miraba a los ojos, solo veía lo que querían de mí. Nunca a mí.
La única que me miró como si yo fuera algo más que dinero, fue Elena, mi ex prometida. Y la encerré.
—
Elena Aristizábal era la candidata perfecta.
Veintiocho años, hija de banqueros, rubia, educada en Suiza, con una sonrisa que aparecía en las revistas. Mi familia aprobó. La suya también. Era lo que se esperaba de mí.
Al principio, todo fue bien. Cenamos, viajamos, fingimos. Ella parecía feliz. Yo también lo fingía.
Pero una noche, la esperé hasta las tres de la madrugada.
Había salido con amigas, dijo. A tomar algo, dijo. Nada importante, dijo.
Cuando llegó, riendo, con el perfume mezclado con tabaco de algún local, algo se rompió dentro de mí. Mi teléfono estaba lleno de imágenes de ella bailando con otros hombres.
—Cuando nos casemos —le dije—, esto se acaba. Las salidas, las amigas, las decisiones sin mí. Tendrás todo lo que quieras. Pero estarás aquí. Conmigo.
Ella me miró como si no me conociera.
—¿Me estás pidiendo que sea tu prisionera?
—Te estoy pidiendo que seas mi mujer.
Al día siguiente, rompió el compromiso.
Su familia habló de incompatibilidad de caracteres. La prensa, de diferencias irreconciliables. Solo Sergio supo la verdad: yo quería poseerla. Y ella prefirió la libertad.
Desde entonces, no hubo más intentos.
Solo cuerpos. Solo dinero. Solo noches que olvidaba al despertar.
—
Y entonces la vi.
La vi por primera vez en una galería del Barrio de las Letras.
No la vi a ella. Vi a una escultura. Una mujer sin cabeza, de bronce, con una postura que me atravesó el pecho como un cuchillo.
Era ella. Iliv. La mujer de mis sueños.
No el rostro, porque no tenía. Pero el cuerpo. La inclinación de los hombros. La tensión de la mano sobre el vientre. La curva de la espalda.
Era ella.
Pasé días obsesionado. Investigué a la artista: Valeria Fuentes, decía la galería. Una desconocida. Sin rastro. Como si hubiera desaparecido.
Compré la pieza por doce mil euros. Una ganga.
Y seguí buscando.
—
Meses después, apareció Irene en mi oficina.
No lo supe al principio. Era una chica más de las que entrevistaban para secretaría. Pantalón negro, camisa blanca, el pelo recogido.
Invisible.
Pero cuando pasó a mi lado en el recibidor, algo me hizo mirar.
No sabía qué. No sabía por qué. Pero la miré.
Y ella no me vio.
—
Se llama Irene Costa.
Veintiséis años, recién contratada, sin experiencia. Su currículum era una broma: Bellas Artes, trabajos de mierda, un máster en Florencia que seguro pagó con esfuerzo. Nada especial.
Pero cuando la tuve delante, en mi despacho, con esa mezcla de miedo y dignidad que no podía fingir, supe que no era nada.
No es guapa.
No es el tipo de mujer que suele acompañarme. Las mujeres con las que salgo son altas, delgadas, perfectas. Irene es... normal.
Demasiado normal. Y sin embargo.
Sin embargo, cuando la miro, no veo a una empleada. Veo a alguien que no necesita fingir. Veo a alguien que es ella misma, aunque no sepa quién es.
Veo a Iliv, sus ojos, su figura, sus labios.
—
No entiendo qué me pasa.
Sergio dice que es obsesión. Que me pasa con todas las piezas de arte que compro. Que Irene es solo otra pieza. Pero no es verdad.
Con las piezas, puedo dejar de mirarlas. Puedo encerrarlas en mi casa y olvidarlas hasta que vuelvo a pasar por delante.
Con ella, no.
La busco en el ascensor. En la máquina de café. En su mesa.
Necesito verla. Necesito saber que está ahí.
—Te estás pasando —me dijo Sergio ayer.
—No sé de qué hablas.
—Claro que sabes. Le pagaste el viaje a Berlín. Investigué a su madre. Le mandas mensajes. Esto no es normal, Marcos.
—Lo sé.
—Entonces para.
—No puedo.
Me miró con esa mezcla de lealtad y cansancio que solo él puede tener.
—Vas a hacerle daño.
—No quiero.
—Da igual lo que quieras. Tú siempre haces daño.
—
Hoy la besé.
No fue planeado. No fue estratégico. Fue... no sé qué fue. La tenía contra la puerta, tan cerca, tan viva, y no pude evitarlo.
Ella me devolvió el beso.
Un segundo. Dos. Lo sentí. Lo sentí en todo el cuerpo.
Luego me apartó. Me dijo que no. Y yo, idiota, no supe parar.
La agarré. La besé otra vez. La apreté contra la puerta como si pudiera fundirme con ella. Y ella...
Ella me pegó.
El sonido de la bofetada todavía me zumba en los oídos. No por el dolor. Por lo que significaba. Me estaba diciendo que no. Que así no. Que yo era un monstruo.
Y tenía razón.
—
Ahora estoy solo en mi despacho. La noche ha caído sobre Madrid. Las luces de la ciudad parpadean abajo, indiferentes.
Sergio entró hace un rato. No dijo nada. Solo dejó un papel sobre mi mesa.
"Galería Raum, Berlín. Exposición de Iliv. Octubre."
Iliv, el nombre de mis memorias, el nombre de la artista que dibuja ese cuerpo que mi mente conoce a la perfección.
La artista que busco desde que tengo memoria. La que esculpió esa mujer sin cabeza. La que pintó la espalda con la estrella.
Va a exponer.
Y yo voy a estar allí.
—
Irene.
Iliv.
Dos mujeres. Dos obsesiones.