Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...
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Capítulo XV
El apellido mutó con una firma temblorosa, un acto casi imperceptible de rebelión silenciosa.
Un trazo de tinta negra danzando sobre el papel marfil, y Madison Beckham dejó de existir para el mundo, desvaneciéndose como un espectro en la noche.
Ahora, era Madison Douglas, un título nuevo, un nuevo contrato.
El anuncio resonó con aplausos moderados, sonrisas meticulosamente esculpidas, copas elevadas en un brindis que no celebraba el amor, sino la estabilidad impuesta, el orden restaurado. Kennedy sintió el peso inmediato de la carga que había aceptado: no una esposa, sino un símbolo, una pieza estratégica en un tablero de ajedrez implacable. Una alianza sellada con sangre fría. Una garantía costosa.
—Felicidades, señor Douglas —murmuraban, sus voces untuosas como aceite.
—Bienvenido a la familia, aunque la falsedad resonaba en cada sílaba.
—Una unión poderosa, decían, sin comprender la fragilidad que se escondía tras la fachada.
Las palabras se repetían como un mantra vacío, un ritual hueco mientras manos desconocidas se estrechaban alrededor de él, aferrándose a su poder. Hombres enfundados en trajes oscuros, relojes de precios obscenos brillando en sus muñecas, miradas entrenadas para ocultar intenciones, para leer entre líneas. Kennedy respondía con la corrección pulida en años de negociaciones despiadadas, pero su atención, como un depredador paciente, no estaba completamente ahí.
Estaba en ella.
Madison se movía unos pasos detrás, como una marioneta con los hilos cortados, sostenida por una sonrisa que no llegaba a sus ojos, que no iluminaba la oscuridad que la envolvía. La felicitaban personas cuyos nombres no reconocía, mujeres con perfumes embriagadores que la besaban en ambas mejillas con un entusiasmo exagerado, una muestra grotesca de afecto falso. Hombres que la observaban como si fuera una inversión de alto riesgo, calculando su valor, su potencial de ganancia.
—Eres preciosa, le susurraban al oído, como si fuera un objeto de deseo.
—Has tenido mucha suerte, afirmaban, ignorando la jaula dorada que se cerraba a su alrededor.
—Kennedy Douglas… qué elección tan acertada, decían con una sonrisa de complicidad, desconociendo la tormenta que se avecinaba.
Ella asentía con gracia, una bailarina siguiendo una coreografía impuesta.
Sonreía, una máscara de serenidad que ocultaba su tormento interno.
Agradecía las felicitaciones vacías, un eco hueco en un salón lleno de fantasmas.
Pero por dentro, Madison sabía la verdad.
Sabía que muchas de esas miradas no le deseaban una vida larga, que su felicidad era un obstáculo en su camino. Sabía que detrás de los halagos se escondían resentimientos antiguos, acuerdos rotos, intereses despiadados que no la necesitaban viva, que la veían como un peón desechable. Lo aceptaba con una calma que rozaba lo suicida, una resignación que helaba la sangre.
Kennedy no lo sabía, no todavía.
En algún punto de la noche, una mano firme y posesiva se posó sobre su hombro, interrumpiendo sus pensamientos.
—Es nuestro turno, dijo uno de los hombres, inclinándose apenas hacia él, susurrando las palabras como si fueran un secreto peligroso. —Negocios de hombres, asintió, revelando su expectativa implícita.
Kennedy miró a Madison por encima del hombro, evaluando su situación. Estaba rodeada de buitres disfrazados de amigos, copa de champán en mano, la espalda recta como un junco a punto de romperse, el gesto impecable de una reina en el exilio. Sus ojos se encontraron por un segundo fugaz, un destello de reconocimiento en la oscuridad.
Ella no pidió que se quedara, no se atrevió a romper el protocolo.
Él no prometió volver rápido, no quería darle falsas esperanzas.
Cuando Kennedy se alejó, siguiendo a los hombres hacia un rincón apartado, el aire pareció volverse más denso, cargado de secretos y mentiras.
Fue entonces cuando Jeremy Beckham, el padre de Madison, apareció, deslizándose en su camino como una serpiente en el jardín.
—Douglas, saludó con una sonrisa que no lograba suavizar sus facciones duras, una máscara de cordialidad que no engañaba a nadie. —Ahora somos familia, dijo, como si fuera una sentencia.
Kennedy aceptó el apretón de manos, firme y medido, evaluando la fuerza del agarre, buscando señales de engaño.
—Así parece, respondió, manteniendo su voz neutral, sin revelar sus pensamientos.
Jeremy bebió un sorbo de su whisky caro antes de hablar de nuevo, saboreando el momento, disfrutando su poder.
—Mi hija… comenzó, como si hablara de una propiedad difícil de manejar, como si Madison fuera un objeto, no un ser humano. —Siempre fue un problema, admitió, revelando su falta de afecto, su incapacidad para comprenderla.
Kennedy alzó apenas una ceja, sorprendido por la franqueza brutal, por la falta de remordimiento.
—¿Un problema?, repitió, buscando una explicación, una justificación.
—Indomable, corrigió Jeremy, suavizando sus palabras, pero manteniendo la esencia de su desprecio. —Jamás logré doblegar su carácter, confesó, revelando su fracaso como padre. Ni con disciplina, ni con castigos, ni con silencios prolongados. Siempre fue… obstinada, concluyó, como si fuera un defecto imperdonable.
Las palabras no eran casuales, Kennedy lo notó de inmediato. Había una intención oculta detrás de cada sílaba, una advertencia disfrazada de consejo.
—¿Y espera que yo lo haga?, preguntó con frialdad, mostrando su desprecio por la manipulación.
Jeremy rió por lo bajo, un sonido gutural que erizaba la piel.
—La noche de bodas suele hacer milagros, Douglas, insinuó, revelando su misoginia, su creencia en la dominación masculina. Los hombres fuertes saben cómo poner a una mujer en su lugar, afirmó, como si fuera un derecho, no una atrocidad.
Algo se tensó en el pecho de Kennedy, una ira contenida que amenazaba con explotar.
—¿Ponerla en su lugar?, repitió, saboreando las palabras, midiendo su significado.
Jeremy se encogió de hombros, como si hablara del clima, minimizando la importancia de sus palabras.
—Madison necesita límites, afirmó, revelando su control, su deseo de someterla. Mano firme, aconsejó, mostrando su sadismo. Supongo que usted sabrá qué hacer, concluyó, dejándolo con una tarea implícita.
Kennedy abrió la boca para responder, para rechazar la insinuación, pero se detuvo, sintiendo la frialdad en sus venas.
Porque algo no encajaba, una pieza faltante en el rompecabezas.
No era solo el tono condescendiente, la arrogancia palpable.
Era la ausencia total de afecto, la falta de preocupación genuina.
La manera en que Jeremy hablaba de su hija como si fuera un problema no resuelto, como si fuera una carga que deseaba quitarse de encima, no como una persona a la que amaba.
Kennedy hizo otra pregunta, profundizando en la oscuridad.
—¿A qué se refiere exactamente con “indomable”?, indagó, buscando una pista, una revelación.
Jeremy no respondió de inmediato, dudando si revelar demasiado. Dio otro sorbo a su whisky, ganando tiempo. Miró alrededor, asegurándose de que nadie los escuchara.
—Digamos que nunca aprendió a obedecer como corresponde, dijo finalmente, evadiendo la pregunta, ocultando la verdad.
Evasivo, demasiado.
Kennedy siguió la línea de visión de Jeremy, buscando la respuesta en su mirada… y la vio.
Madison estaba sola ahora, abandonada a su suerte.
Apoyada cerca de una columna, el vestido blanco contrastando con la penumbra del salón, una figura fantasmal en un mar de oscuridad. Sostenía la copa de champán con delicadeza, pero bebía como si necesitara el alcohol para mantenerse en pie, para ahogar sus penas. No hablaba con nadie, se había convertido en una observadora silenciosa.
Y por primera vez, Kennedy notó algo que le heló la sangre, una revelación escalofriante.
No era tristeza lo que veía en sus ojos, no solo eso.
Era resignación, la aceptación amarga de su destino.
Como si estuviera acostumbrada a quedarse sola, abandonada a su suerte.
Como si supiera que nadie iba a venir por ella, que nadie la salvaría.
—Disculpe, dijo Kennedy de pronto, cortando la conversación, sintiendo la urgencia de actuar.
Se alejó sin esperar respuesta, dejando a Jeremy con su sonrisa petrificada.
Mientras caminaba hacia Madison, una certeza comenzó a formarse en su mente, pesada e incómoda, imposible de ignorar.
Los Beckham no solo habían entregado a su hija en matrimonio, no era solo un acuerdo comercial.
La habían sacado de circulación, la habían descartado como un problema resuelto.
Y Kennedy Douglas, hombre de negocios astuto, depredador entrenado para detectar mentiras, entendió que había aceptado mucho más que una esposa esa noche, que había firmado un pacto con el diablo.
Había aceptado un misterio oscuro y peligroso, un rompecabezas macabro.
Un misterio que olía a secretos guardados tras puertas cerradas, a silencios impuestos, a violencia disfrazada de familia, a verdades enterradas bajo una montaña de mentiras.
Cuando llegó a su lado, Madison alzó la mirada, sorprendida apenas un segundo por su repentina aparición.
—¿Todo bien?, preguntó ella, su voz suave como una caricia, su preocupación genuina.
Kennedy tomó su copa, retirándola de sus manos temblorosas, dejándola a un lado, rechazando la falsedad.
—No, respondió con honestidad brutal, sin endulzar la verdad, sin ofrecer falsas esperanzas. —Pero voy a averiguar por qué, prometió, su voz cargada de determinación, de una promesa implícita de protegerla.
Y en ese instante, mientras la música seguía sonando y la fiesta continuaba como si nada, ajena a la tormenta que se avecinaba, Kennedy Douglas decidió algo más peligroso que cualquier acuerdo comercial, algo que cambiaría sus vidas para siempre.
Iba a descubrir qué demonios escondían los Beckham, sin importar el costo, sin importar las consecuencias.
Aunque para hacerlo tuviera que romperlo todo, destruir su mundo, desenterrar los secretos más oscuros.