Vera Hyatt hereda la mitad de una finca en ruinas…
sin saber que el otro dueño es Dante De Bedout, su ex cuñado y el hombre que la detesta.
Obligados a convivir, el odio, los secretos y una atracción peligrosa amenazan con destruirlos.
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Capitulo 20
Vera
Habíamos llegado a un acuerdo.
Nuestra relación sería privada.
No por vergüenza.
No por indecisión.
Por seguridad.
San Rafael era pequeño. La finca era grande. Y los enemigos… impredecibles.
Pero ahí estábamos, mirando en el teléfono de Dante una foto borrosa de nosotros besándonos en la mina.
Borrosa, sí.
Pero suficientemente clara como para que mi madre pudiera reconocer hasta mi lunar del hombro.
No sabía si reír… o golpearlo.
—Tarde o temprano se iban a enterar —dijo Dante con esa calma suya que a veces me provoca admiración… y otras ganas de estrangularlo.
—Sí, pero no sé qué tan bueno sea ahora.
—Está la opción de hablar con quien envió eso… y que crean que me tienen de las pelotas.
—¡Dante!
—¿Qué?
Lo miré con los ojos abiertos.
—No puedes ir por la vida negociando con chantajistas como si estuvieras comprando semillas.
Se encogió de hombros.
En ese momento Brayan se acercó a la mesa donde estábamos sentados en la notaría. Dante, muy casual, apoyó el esfero en su sien y el codo en el reposabrazos de la silla, bloqueándole parcialmente la vista hacia mí.
Posesivo.
Discreto, pero posesivo.
—¿De qué va a ser el festival que se va a realizar? —preguntó Dante como si nada.
Yo lo miraba.
Porque cuando hacía eso —esa postura relajada, dominante, segura— era ridículamente atractivo.
Brayan aclaró la garganta.
—Es por las cosechas y el inicio del verano.
—¿Por fin va a dejar de llover? —pregunté.
—No ha llovido tanto…
Dante y yo lo miramos al mismo tiempo.
—Menos mal —dijimos con el mismo sarcasmo.
Brayan sonrió nervioso.
—¿Y qué podríamos aportar nosotros? —pregunté.
—Útiles escolares, dinero, utensilios… cosas así.
—Gracias.
Se fue con esa sonrisa tímida que solo confirma lo evidente.
Cuando subimos a la camioneta, Dante conducía con una mano y la otra entrelazada con la mía.
Ese gesto me gustaba más de lo que estaba dispuesta a admitir.
—Escríbele —le dije—. A quien te mandó la foto. Que hablen. Por mera curiosidad. Porque si vamos a ese festival… la gente va a notar cosas.
Me besó la mano.
—Responde tú.
Y me pasó su teléfono.
Sin revisar.
Sin dudar.
Ese pequeño acto de confianza me hizo sonreír más que cualquier declaración.
Escribí:
“Habla. ¿Qué quieres?”
No hubo respuesta inmediata.
Devolví el teléfono.
—¿Ves? Ni siquiera tiene el valor de contestar.
—Paciencia —dijo él.
Pasaron dos semanas.
Silencio absoluto.
Demasiado silencio.
Mi madre y Claudia llegaron para revisar el contrato. Traían maletas como si vinieran a auditar no solo la empresa, sino mi vida.
Las abracé.
—Mamá.
—Vera.
Ese tono evaluador ya estaba activado.
—Claudia.
Mi hermana sonrió.
—Por fin conozco al famoso De Bedout.
—Espero no sea tan famoso —respondió Dante con calma.
Y, para mi sorpresa, Claudia y Dante conectaron casi de inmediato. Ella práctica, analítica. Él estratégico, ejecutivo.
Mi madre no fluía.
Mi madre examinaba.
—¿Cuántos años tiene, señor De Bedout?
—Treinta y ocho.
—¿Su experiencia en minería?
—Estructuración, supervisión y administración de proyectos de alto riesgo.
—¿Planea expandirse agresivamente?
—Solo cuando los indicadores lo justifiquen.
—¿Está dispuesto a firmar cláusulas ambientales estrictas?
—Ya las estamos cumpliendo. Puede revisarlas.
—¿Y qué lugar ocupa mi hija en sus planes?
Ahí estaba.
Yo contuve la respiración.
Dante sostuvo su mirada sin parpadear.
—Uno importante.
—¿Importante cómo?
—Como socia estratégica.
Mi madre lo observó unos segundos más.
No lo aprobó.
Pero tampoco lo descartó.
Eso, viniendo de ella, era casi una medalla.
Esa noche, después de cenar, Dante y yo nos quedamos solos en el estudio.
—Tu madre da miedo —dijo.
—Te fue bien.
—Creo que pasé el examen básico.
Me acerqué.
—Aún no sabes qué materia te falta.
Me tomó por la cintura.
—¿Estás nerviosa?
—Un poco.
—¿Por ellas… o por nosotros?
No respondí.
Porque en el fondo sabía que lo que me inquietaba no era el contrato.
Era esa sensación de que alguien nos estaba mirando.
En ese instante, el teléfono de Dante vibró.
Ambos miramos la pantalla.
Número desconocido.
Él lo desbloqueó.
Yo me acerqué.
Era una foto.
La fachada de la casa.
Tomada ese mismo día.
Desde lejos.
Desde un ángulo que solo alguien en el camino de acceso podría tener.
El mensaje decía:
“Pensé que tardarías más en responder. Ahora hablamos en serio.”
Sentí el estómago encogerse.
Dante no habló.
Solo levantó la mirada hacia la ventana.
Las luces exteriores estaban encendidas.
El camino parecía vacío.
Pero por primera vez desde que llegué a esta finca…
No me sentí segura.
Y Dante, que rara vez muestra tensión…
Esta vez apretó la mandíbula.