una chica y un chico
ambos tiene una vida en sus hogares, una familia
pero la pasión y el amor será más fuerte por luchar por lo que sienten o se dejarán vencer y volveran a la realidad en la que viven y renunciarán a este amor.?
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Capítulo 14: El teatro de las sombras
El lunes amaneció con una lluvia gris y monótona que parecía reflejar el estado del alma de Elizabeth. Al despertar junto a Adam, sintió que cada centímetro de su cuerpo recordaba el peso de Maximiliano, una marca invisible que la quemaba bajo las sábanas limpias. Tomó una decisión nacida del pánico: no volvería a poner un pie en el piso 42. No podía. Si lo miraba a los ojos una vez más, el poco suelo firme que le quedaba terminaría de desmoronarse.
—¿Te vas ya, mi amor? —preguntó Adam, anudándose la corbata frente al espejo.
—Sí, tengo una semana intensa de cierres —mintió ella, vistiéndose con su traje más profesional, como si la ropa fuera una armadura—. Nos vemos en la noche para cenar.
Elizabeth salió del apartamento a la hora de siempre. Caminó hasta la estación del metro, se mezcló con la multitud de oficinistas y esperó. Vio pasar tres trenes. Cuando calculó que Adam ya habría llegado a su estudio de arquitectura, dio media vuelta. Regresó al edificio con el corazón martilleando en sus oídos, subiendo las escaleras con sigilo, temiendo que las paredes mismas la delataran.
Una vez dentro, cerró la puerta con doble llave. Se quitó los tacones y se quedó en silencio, escuchando el vacío de su propio hogar. Ese era su nuevo plan: trabajar desde la mesa del comedor, oculta del mundo, fingiendo que seguía siendo la pieza eficiente del engranaje de Maximiliano, mientras en realidad era una fugitiva de sus propios sentimientos.
En la corporación, el ambiente era gélido. Maximiliano llegó antes de las ocho, con una taza de café negro y una urgencia que no lograba aplacar. Al pasar frente al despacho de Elizabeth, lo encontró vacío. No había carpetas, no había aroma a jazmín, no estaba el sonido rítmico de sus dedos sobre el teclado.
Pasó una hora. Luego dos.
Maximiliano intentó concentrarse en una auditoría de riesgos, pero sus ojos se desviaban constantemente hacia el cristal esmerilado. El vacío de esa oficina se sentía como un insulto personal, como si ella hubiera decidido borrar el rastro de lo que ocurrió el viernes por la noche simplemente desapareciendo.
—Señor Maximiliano —interrumpió su secretaria por el intercomunicador—, la señora Solangel pregunta si los informes de "humanización" están listos para la imprenta. Dice que la editora no responde a sus correos.
—Yo me encargo —respondió él, con la voz más áspera de lo habitual.
Sacó su teléfono personal y marcó el número de Elizabeth. El tono de llamada resonó en su oído, largo y monótono. Una vez. Dos veces. Tres. El buzón de voz saltó con esa grabación impersonal que él ahora odiaba.
Colgó y volvió a marcar. Nada.
En el apartamento, Elizabeth miraba el teléfono vibrar sobre la mesa de madera. El nombre "Maximiliano" iluminaba la pantalla como una advertencia de peligro. Sintió el impulso eléctrico de contestar, de escuchar su voz ronca pidiéndole explicaciones, pero apretó los puños y dejó que el aparato se silenciara.
"Si contesto, pierdo", pensó, secándose una lágrima traicionera. "Si escucho su voz, volveré a ese escritorio".
Pasó el día en un estado de vigilia paranoica. Escribía párrafos sobre la "ética empresarial" y la "conexión humana" mientras su propia vida era una negación de ambos conceptos. A las cinco de la tarde, cuando sabía que Adam estaba por salir de su trabajo, Elizabeth se puso los tacones, se retocó el maquillaje para ocultar la palidez y salió de nuevo a la calle.
Caminó tres cuadras bajo la lluvia, entró en una cafetería cerca de la estación y esperó diez minutos. Luego, regresó a su edificio justo a la hora de siempre, entrando por la puerta principal con una bolsa de pan y una sonrisa ensayada.
—¡Qué día más largo, Eli! —dijo Adam al verla entrar, dándole un beso en la frente—. Te ves agotada. Ese Maximiliano te está exprimiendo al máximo.
—Es un hombre que no sabe cuándo detenerse, Adam —respondió ella, y la verdad de sus propias palabras casi la hace quebrarse allí mismo—. Pero ya casi termino. Falta muy poco.
Maximiliano, en su despacho, miraba la ciudad sumergida en la noche. No había vuelto a llamarla, pero la furia y la preocupación libraban una batalla en su interior. Sabía que ella estaba huyendo. Sabía que el silencio de Elizabeth era su forma de intentar salvar su matrimonio, pero él no estaba dispuesto a dejarla ir tan fácilmente.
No era solo deseo. Era una necesidad vital que se había vuelto adictiva.
Se puso el abrigo y salió de la oficina. Al pasar por el escritorio de Elizabeth, vio una pequeña pluma que ella había olvidado el viernes. La recogió y la guardó en su bolsillo interior, justo sobre su corazón.
—Mañana no habrá dónde esconderse, Elizabeth —susurró para sí mismo.