En la efervescente Buenos Aires colonial, donde el dominio de poder se pierde en las redes del amor, la obsesión y la lucha de clases. La posesión colisionan en una época de profundos cambios y un latente anhelo de libertad.
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Capitulo 15: El Regreso del Heredero.
A kilómetros, un caluroso sol de verano se mezclaba con la brisa del río. Leonardo, con la mirada perdida en el horizonte, se acercaba a la cornisa del barco. Observaba, como la primera vez, a los pescadores que lanzaban sus redes, y a la distancia, la silueta imponente del cabildo comenzaba a dibujarse en el horizonte.
El regreso no había sido fácil. Leonardo era un militar y miembro de la policía muy importante en España, vital para la Corona y la compleja situación política que se desataba en aquellas tierras. Dejar su puesto había sido una decisión difícil. Sin embargo, los asuntos familiares, la inminente muerte de su padre, no podían esperar.
Desde el lujoso carruaje, Leonardo observaba el familiar bullicio de las calles. Los vendedores ambulantes pregonaban sus mercancías, el trajín de los comerciantes llenaba las esquinas, y el aire se impregnaba de olores a comida que le traían recuerdos de la infancia, mezclados con el sonido alegre de la música que flotaba desde alguna taberna. "No ha cambiado", se dijo a sí mismo.
Al llegar a la hacienda, el ambiente era diferente. La pesadumbre se sentía en el aire. Fue recibido por el resto de la familia y por los campesinos. Su madre, con los ojos vidriosos y el rostro surcado por el dolor, se acercó a él, seguida de cerca por su abuela, una mujer de temple férreo.
"Bienvenido hijo, lo siento mucho".
Leonardo asintió, da la bienvenida y condolencia resonando en su mente. El regreso era inevitable, y la carga de su herencia ya está sobre sus hombros.
Leonardo se acomodó en su habitación, un espacio opulento que, sin embargo, se sentía frío y ajeno. El cansancio del viaje, las ceremonias de bienvenida en el cabildo y la pesada noticia de su padre finalmente lo vencieron, y se entregó a un profundo y anhelado descanso.
Al día siguiente, el sol aún no asomaba por completo cuando Leonardo abrió los ventanales de par en par de balcón. El aire fresco de la mañana, cargado con el aroma a tierra húmeda y el canto de los pájaros, invadió la estancia. Salió al balcón, encendió un habano y exhaló el humo lentamente, observando el despertar de la hacienda. En ese instante, un sonido rítmico de agua capturó su atención, un murmullo constante que lo invitó a mirar más de cerca.
Cerca del aljibe, una figura se movía. De una cubeta de madera, el agua caía en cascada, empapando un cabello negro como la noche, tan oscuro que absorbía la poca luz del amanecer. El líquido resbalaba por una fina tela que, al mojarse, se adhería a la piel, revelando las curvas de un cuerpo esbelto. La piel, del color del ébano, brillaba bajo el rocío, y la tela, ahora translúcida, no dejaba mucho a la imaginación.
La mujer, concentrada levantó la mirada. Entre las hebras húmedas de su cabello oscuro y el vapor que se alzaba con la brisa matutina, sus ojos salvajes se encontraron con los de Leonardo. En ese instante, una chispa de reconocimiento encendió la memoria de ambos. Aquella mirada indomable, esa intensidad inusual para una esclava, no podía pertenecer a nadie más. Leonardo supo, sin una pizca de duda, de quién se trataba.