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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:672
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 13

Era yo, Selene, en Cartagena. El sol se hundía en el horizonte con una lentitud casi divina, y el cielo se pintaba de oro y sangre. El mar, sereno y caprichoso, se extendía ante mis ojos como un espejo en movimiento, respirando al compás de mi corazón.

Recuerdo haberme adentrado en el agua, dejando que las olas besaran mi piel. El agua era tibia, salada, y me envolvía con la suavidad de una seda transparente. Veía cómo mi cuerpo se movía entre las olas, ligero, danzante, reflejando el brillo del sol como si fuera una criatura nacida del mar. En aquellos instantes, me sentí libre. Libre del deber, del apellido, del peso de un destino que no escogí.

Mi padre me llamó desde la casa, su voz fuerte rompiendo el murmullo del viento. Estábamos en nuestra isla privada, una joya escondida entre las aguas del Caribe. Desde la orilla podía ver la mansión blanca, erguida sobre la roca, con sus balcones abiertos al mar y las buganvillas trepando por los muros como lenguas de fuego. Era un lugar hermoso, pero también una jaula dorada.

Aquella tarde debía presentarme ante mi prometido —el hijo de Blas de Lezo—, que había llegado a la isla acompañado de sus hombres para ultimar los detalles de nuestra unión. Todo estaba dispuesto: los músicos, las flores, las mesas cubiertas de manteles de lino. El aire olía a jazmín, a cera derretida y a sal.

Cuando lo vi, mi pecho se apretó. Era un hombre correcto, de noble cuna, valiente como su padre, pero su mirada no encendía en mí más que respeto. No amor. Su voz era firme, su porte digno, pero algo en mí temblaba con una verdad que no podía confesar: mi corazón pertenecía a otro.

Mientras hablaban los hombres sobre dotes y títulos, yo sentía cómo el mundo se volvía pequeño, como si las paredes se cerraran a mi alrededor. Una sensación de ahogo me subió desde el pecho hasta la garganta… y de pronto todo se volvió oscuro. Me desmayé.

Al despertar, estaban todos a mi alrededor. Mi padre, con el ceño fruncido; las damas, abanicándome; y mi prometido, tomándome la mano con una dulzura ensayada. Comprendí entonces que no podía hacerlo. Que no podía sellar un destino que no sentía como mío.

Le dije que no podía continuar, que algo dentro de mí se resistía. Me retiré a mi habitación, llorando, sin fuerzas ni palabras. Pero las súplicas, la familia y las obligaciones del apellido pesaron más que mis lágrimas. Al final, la boda se celebró.

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Aún puedo ver la escena con los ojos del alma. El templo adornado con flores blancas, las velas encendidas ardiendo como estrellas, los invitados vestidos con sus mejores galas. Yo, con un vestido de seda marfil que me oprimía el pecho y una corona de azahares sobre la frente. Sonreía, sí, pero dentro de mí el silencio era un grito.

Habían pasado dos años desde que conocí a James, mi escocés de mirada fiera y manos callosas, y muchos meses sin recibir una sola carta suya. Había esperado cada amanecer con el corazón temblando, pero las gaviotas traían solo el rumor del mar, nunca sus palabras. Pensé que me había olvidado.

Así que en el altar sonreí. Sonreí con la resignación de quien sabe que su vida ya no le pertenece.

La fiesta fue abundante. Se sirvió cerdo asado, pescado fresco, jamones, arroz, vinos dulces, frutas, postres y pasteles con miel. Los músicos tocaban sin descanso, las parejas danzaban bajo las antorchas, y el aire estaba lleno de risas y perfumes. Todos celebraban. Todos menos yo.

Cansada de fingir, caminé hacia los jardines. Las flores olían a noche, y la brisa marina traía consigo un murmullo que parecía decir mi nombre. Allí, sola entre las sombras, lloré en silencio. Las lágrimas se deslizaron por mis mejillas y cayeron sobre el encaje de mi vestido. Busqué un pañuelo en el pequeño bolsillo oculto y me limpié el rostro, temblando.

No sé cuánto tiempo permanecí allí, escuchando el eco distante de la música. Tal vez minutos, tal vez horas. Cuando regresé, lo hice con la compostura de una emperatriz vencida. Sonreí. Bailé un poco. Me senté entre damas que hablaban de modas y perfumes, fingiendo interés.

Y entonces llegó la hora de retirarnos. Nos llevaron a la alcoba nupcial, adornada con pétalos y velas. Mi esposo fue dulce, sí, y pronunció palabras amables, pero su tacto era el de un extraño. Cada beso que me dio me alejaba más de él y me acercaba al recuerdo de otro.

Mientras él me hablaba, mi mente estaba con James. Lo recordé en su uniforme escocés, el viento en su cabello, su voz grave diciéndome que volvería. Recordé sus manos fuertes, sus promesas, sus cartas perfumadas con tinta y sal.

Y así, mientras mi nuevo esposo dormía a mi lado, yo miré por la ventana abierta hacia el mar oscuro. El mismo mar que una vez me abrazó y me hizo sentir libre. El mismo que lo llevó lejos de mí.

Esa noche, comprendí que mi cuerpo pertenecía a un hombre, pero mi alma seguiría siendo de James, mi escocés rudo, por toda la eternidad.

Desde entonces, mis días se hicieron largos y pesados como el aire húmedo de Cartagena. Me levantaba con el primer resplandor del amanecer, cuando el cielo aún tenía tintes de violeta y los gallos cantaban a lo lejos. El rocío cubría los campos, y el olor a sal y a tierra recién despierta llenaba el aire. Era el único momento del día en que respiraba en paz.

Solía salir sola, envuelta en un vestido sencillo, sin joyas ni adornos, apenas con el cabello recogido. Caminaba por los jardines de la hacienda mientras el sol comenzaba a dorar los tejados y las palmas se mecían con la brisa. A veces me sentaba bajo el mismo árbol de mango que había visto florecer cada estación desde mi infancia, y observaba cómo el viento jugaba con las hojas, pensando en lo que fui, en lo que podría haber sido.

Mi esposo aún dormía a esa hora. Si llegábamos a cruzarnos durante el día, eran encuentros breves, apenas unos minutos de conversación educada. Cumplíamos con la rutina de la vida conyugal ante los demás, pero entre nosotros se extendía un silencio espeso, imposible de romper. Él era amable, sí; un hombre cortés, paciente, incluso tierno en sus maneras. Pero mi corazón no podía corresponderle. Por más que lo intentara, mi alma seguía atada a otro.

Amaba a un hombre ausente.

A mi escocés.

A mi James.

Era él quien ocupaba cada pensamiento, cada respiro, cada instante en el que el mundo parecía detenerse. Aquel pirata de mirada fiera y sonrisa imposible, que me había enseñado el amor entre tormentas y mareas. Pero hacía ya dos meses que el silencio se había apoderado de su voz. Ninguna carta. Ninguna noticia. Nada.

Al principio, cada amanecer lo esperaba. Me asomaba a la ventana de mi alcoba, mirando hacia el horizonte, imaginando que en cualquier momento aparecería un barco con bandera escocesa y él bajaría con la brisa del mar en los cabellos. Pero los días se volvieron semanas, y las semanas, meses. El viento trajo lluvias, trajo rumores, pero no trajo su nombre.

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Mi cuerpo aún estaba débil. Había pasado por un dolor que me arrebató la poca esperanza que me quedaba: perdí un hijo.

Un hijo que apenas comenzaba a formarse dentro de mí, una pequeña chispa de vida que nunca llegó a ver la luz. El médico dijo que fue el esfuerzo, o quizás las caídas del caballo, o el peso de mis pensamientos. Yo sabía que fue el alma la que no pudo sostener tanto dolor.

Aquel día, el cielo estaba gris, y el mar rugía con furia. Recuerdo haberme quedado en la cama, inmóvil, sin lágrimas siquiera. Mi madre rezó por mí. Las sirvientas encendieron velas. Mi esposo me tomó la mano y me habló con ternura. Pero dentro de mí solo había un vacío inmenso, un hueco que ni el tiempo ni la piedad podían llenar.

Después de eso, montar a caballo se volvió mi único alivio.

Cabalgaba por los potreros, dejando que el viento me azotara el rostro. Observaba las vacas, los carneros, los caballos jóvenes que corrían libres. Me detenía a veces junto al río, donde el reflejo del cielo se mezclaba con el verde del follaje. Era mi refugio. Allí pensaba, o más bien dejaba de pensar.

A veces viajaba a los pueblos cercanos, acompañada de mis damas, con la excusa de supervisar las propiedades o visitar a conocidos. En realidad, buscaba distraerme, ver rostros distintos, olvidar por unas horas el peso de mi vida. En cada puerto miraba los barcos y preguntaba por si alguno había llegado de Escocia. Nunca había respuesta.

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Por las noches, la hacienda se llenaba de silencio. Los criados apagaban las lámparas una a una, los grillos cantaban entre las palmas, y el rumor del mar llegaba como un susurro lejano. En esos momentos, me sentaba junto a la ventana de mi habitación, con una vela encendida, y abría las pocas cartas que James me había dejado. Las releía una y otra vez hasta casi sabérmelas de memoria.

“Mi querida Selene —decía en una de ellas—, cuando el mar me separa de ti, cierro los ojos y te imagino caminando junto a las olas, con el viento jugando en tu cabello. El océano puede ser vasto, pero no más que mi amor.”

Cada palabra suya me hería y me consolaba al mismo tiempo. Las lágrimas caían sin remedio sobre la tinta gastada. Había noches en que me dormía abrazando esas cartas, como si fueran su presencia.

Mi mente estaba cansada, mi espíritu ajeno. Comencé a perder el brillo en los ojos. Me decían que debía ser fuerte, que el tiempo curaría todo. Pero el tiempo solo alargaba la distancia entre lo que soy y lo que fui.

Caminaba entre la gente como un fantasma vestido de seda. Sonreía cuando debía hacerlo, escuchaba sin oír, respondía sin pensar. Mi corazón se había quedado en alta mar, y mi cuerpo seguía en tierra, obediente y vacío.

A veces pensaba que si el mar me devolviera su barco, si tan solo pudiera oír su voz una vez más, tal vez el mundo recobraría sentido. Pero los días pasaban y el horizonte permanecía inmóvil.

Así transcurría mi vida: entre la obediencia y el recuerdo, entre la calma fingida y el fuego que aún ardía por dentro.

Y cada noche, antes de dormir, miraba el cielo desde la ventana, buscando entre las estrellas alguna señal. Y aunque nunca la encontraba, seguía esperando.

Habían pasado casi tres años desde aquel primer encuentro con James, mi escocés. Tres años desde que su barco se perdió entre las olas y me dejó con el alma suspendida entre la espera y la resignación. Tres años de silencios, de cartas que nunca llegaron, de noches donde solo el mar me respondía.

Mi vida con mi esposo había tomado un ritmo monótono, apacible y correcto. Él se comportaba con decoro, con una gentileza que me sorprendía a veces. Era respetuoso, me hablaba con suavidad y, aunque entre nosotros no existía amor, había una paz forzada que yo aceptaba como un descanso. Había aprendido a agradecer su calma, incluso sin sentir fuego alguno en mi pecho.

Aquella tarde, el sol entraba oblicuo por los ventanales del salón. Sostenía una botella de vino que, por más que intentaba, no lograba destapar. Mi esposo estaba junto a la mesa revisando papeles de sus negocios. Lo miré con una sonrisa fingida.

—Querido esposo —le dije—, este vino está muy apretado. ¿Podrías ayudarme?

Él alzó la vista y sonrió, acercándose. —Por supuesto, mi vida —respondió con ternura—.

Mientras le entregaba la botella, oí el sonido de pasos y voces en el vestíbulo. Mi esposo, aún sosteniendo el vino, se giró hacia la puerta con gesto satisfecho.

—Ah, justo a tiempo —dijo—. Espero que el marinero comerciante haya llegado. Necesito cerrar con él los acuerdos del puerto.

Fue entonces cuando lo vi.

James.

El aire se me escapó del pecho. Por un instante creí que mi mente me jugaba una ilusión. Pero no. Era él, de pie ante la puerta, con su uniforme marino y aquella mirada inconfundible que atravesaba todo lo que yo era.

Me sonrojé al instante. Sentí la sangre subir a mis mejillas, y mis manos comenzaron a temblar. Había pasado casi un año desde la última vez que lo vi, y creí que jamás volvería a encontrarlo. Su presencia era tan poderosa que el mundo pareció detenerse.

Mi esposo me tocó la mano, trayéndome de vuelta a la realidad. James observó ese gesto con una mirada que no supe descifrar: ni fría ni cálida, solo profunda.

—Querido —dije apresuradamente—, estaba pensando… ¿no fue este hombre quien trató con mi padre hace tiempo? El que comerciaba en la bahía, si no me equivoco.

Mi esposo sonrió, ajeno a la tormenta que me rugía dentro. —Exactamente, mi amor. Con él haremos el nuevo envío de especias y marfil.

James inclinó la cabeza en un saludo correcto. Sus ojos, sin embargo, no se apartaban de los míos. Y en ese breve instante, supe que reconocía el mismo fuego que me consumía a mí.

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Intenté disimular. Tomé una copa y bebí un poco de vino, aunque apenas podía tragar. Reía por costumbre, fingiendo ligereza.

—Querido, creo que ya estoy pasada de copa —murmuré—. Necesito un poco de aire.

Mi esposo asintió, preocupado. —Ve al jardín, amor mío. Los negocios aquí no tardarán mucho.

Lo besé suavemente antes de marchar. No fue un beso de amor, pero tampoco de rechazo. Era un gesto de gratitud. Con el tiempo, aquel hombre se había ganado mi respeto. No era cruel, no era injusto. Y aunque mi corazón no le pertenecía, ya no sentía desprecio, sino una especie de compasión callada.

Salí al jardín. El aire cálido me envolvió y las flores exhalaban perfume. Escuché pasos detrás de mí, y al girarme, lo vi otra vez. James.

Sus ojos buscaban los míos con la misma urgencia de antaño. Su voz, cuando habló, era baja, grave, casi un susurro arrastrado por el viento.

—Selene… pensé que no volvería a verte.

Y en ese instante, supe que el destino no había terminado con nosotros.

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Esa noche, mientras el mar rugía a lo lejos y la luna se alzaba sobre la bahía, comprendí que el pasado había vuelto a buscarme. Y que, por más que intentara ocultarlo, mi corazón nunca había dejado de pertenecerle.

—¿Qué haces aquí? —grité con el alma rota, temblando de rabia y de nostalgia—. ¡Lárgate de aquí! ¡No quiero verte!

No podía contener el llanto ni la ira. Habían pasado meses sin recibir una sola carta suya, meses de silencio que me habían dejado vacía, llena de preguntas y noches sin dormir. Ahora estaba ahí, de pie frente a mí, con ese rostro que conocía mejor que el mío, con esa mirada que una vez me prometió eternidad.

Tomé lo primero que encontré: una pequeña escultura de piedra que adornaba la fuente del jardín, y se la arrojé sin pensar. Luego una piedra más. Y otra. Mis manos temblaban, no sabía si de rabia o de amor reprimido. Él no se movió, solo me decía con voz temblorosa:

—Selene… perdóname, por favor… calma tu corazón.

—¿Calmarme? —le respondí con un sollozo—. ¿Después de todo este tiempo? ¿Después de todo lo que sufrí sola?

Me quedé en silencio un instante, mirando al suelo, y sentí cómo el dolor volvía a abrirse dentro de mí. Bajé la voz y con ella el alma:

—Perdí a nuestro bebé… —dije casi sin aliento—. Era una madrugada, el viento soplaba fuerte y yo desperté con un dolor en el abdomen, uno que nunca olvidaré. Cuando levanté mi camisón y vi la sábana, supe que no había esperanza. No era un sueño, James… lo perdí.

Él dio un paso hacia mí, pero levanté la mano para detenerlo.

—No —susurré—. No te acerques. No puedes devolverme lo que el destino se llevó.

Me giré lentamente y señalé hacia el jardín, aquel rincón donde las flores crecían más vivas que en cualquier otro sitio.

—Allí… bajo ese rosal, está nuestro pequeño —le dije con la voz quebrada—. Lo moví yo misma, con mis propias manos. No tuve fuerzas para dejarlo lejos. Lo llamé Fe, porque eso era lo único que nos quedaba: la fe de nuestro amor, la fe de lo que fue y no pudo ser, la fe que nos profesamos cuando el mundo era nuestro.

El viento agitó las ramas y una hoja cayó sobre mis pies. Me incliné y acaricié la tierra húmeda, como si tocara el alma de mi hijo perdido.

—Aquí descansa mi ángel —continué—. Bajo la piedra donde está grabada la palabra “Fides”, en latín, y también en alemán, porque tú me enseñaste esas lenguas cuando soñábamos con un futuro. Aquí está mi fe, James. La única que me queda.

Él no dijo palabra. Solo se arrodilló en silencio frente al pequeño montículo de tierra, con los ojos llenos de lágrimas.

—Nunca dejé de amarte —murmuró al fin, con la voz rota.

Pero yo ya no era la misma mujer que conoció. Mis ojos estaban cansados, mis manos marcadas por la pérdida y mi alma cubierta de cicatrices invisibles.

—El amor también muere cuando se le deja solo —le respondí con tristeza—. Pero la fe… la fe permanece, aunque duela.

Y así me quedé, de pie, con el corazón dividido entre el recuerdo y la realidad, entre el hombre que amé y el silencio que nos separó.

El mar rugía a lo lejos, y por primera vez comprendí que el amor, cuando se une con la pérdida, se convierte en eternidad.

Él me miró con desesperación, con esa mezcla de orgullo herido y amor sin consuelo que sólo los hombres rotos pueden tener. Se levantó del suelo, cubierto aún de polvo del jardín donde había caído de rodillas, y se acercó unos pasos más.

—Selene… —dijo en voz baja, casi temblando—. No tienes que quedarte aquí. No con él. Escápate conmigo. Podemos marcharnos esta misma noche. Tengo un barco esperándonos en la bahía, zarpa al amanecer. Nadie lo sabrá. Te lo prometo.

Yo lo miré en silencio. Por un momento, el corazón me dio un vuelco. Aquellas palabras revivieron en mí los ecos de los días que alguna vez fueron nuestros: el mar, la risa, los secretos al viento, los besos furtivos bajo las velas. Pero ya no era la misma mujer que se había dejado arrastrar por la marea del amor.

Respiré hondo, contuve las lágrimas y respondí con voz firme, aunque el alma me sangraba por dentro:

—No, James. Jamás haría algo así. No puedo. No debo.

Él frunció el ceño, como si no comprendiera, como si mi negativa fuera un idioma que no podía traducir.

—¿Por qué? —preguntó, dando un paso más hacia mí—. ¿Por qué seguir con él, si no lo amas?

—Porque es un buen hombre —le respondí sin dudar—. Porque ha sido dulce conmigo, porque no me ha levantado la mano ni una sola vez, porque ha cuidado de mí cuando yo misma no quería seguir viviendo. No podría traicionar esa bondad.

James apartó la mirada, con los puños cerrados.

—¿Y lo amas? —dijo al fin, con la voz cargada de celos, de dolor.

Me quedé callada. No podía mentirle, pero tampoco quería herirlo más.

—El amor no siempre es fuego —dije al fin—. A veces es calma. Y yo he tenido demasiado fuego en mi vida, James. Ya no quiero más incendios.

Él dio media vuelta, con los ojos empañados. Yo apenas podía sostenerme en pie. Cuando lo vi marcharse, sentí que una parte de mi alma se iba con él, pero no lo llamé. No podía hacerlo.

—Lárgate —murmuré con un hilo de voz—. No quiero verte más.

Se detuvo por un instante, como si esperara que cambiara de idea. Pero el silencio entre los dos fue más fuerte que cualquier súplica.

Cuando por fin se fue, el jardín quedó en calma. El viento movía las hojas del rosal bajo el cual descansaba mi pequeño, y por un momento creí oír su voz entre las flores, despidiéndose de mí con el mismo suspiro con el que una vez me juró amor eterno.

Cerré los ojos y me quedé allí, de pie, hasta que el sol comenzó a esconderse. Y entendí, con el corazón hecho cenizas, que hay amores que no mueren… solo aprenden a vivir en silencio.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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