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La Otra Cara De La Moneda

La Otra Cara De La Moneda

Status: En proceso
Genre:Traiciones y engaños / Celebridades
Popularitas:32
Nilai: 5
nombre de autor: analysi

César sueña con escapar de la pobreza a través de la música. Tras años de sacrificios, consigue un contrato discográfico, creyendo que su vida cambiará para siempre. Pero el éxito tiene un precio que jamás imaginó: manipulación, traición y la pérdida gradual de su esencia. Mientras su familia se vuelve interesada y los falsos amigos abundan, César deberá decidir cuánto está dispuesto a ceder de su dignidad por la fama internacional. En su camino conocerá luces y sombras, aprenderá que no todo lo que brilla es oro, y descubrirá si el sueño por el que tanto luchó vale realmente el infierno que vive.

NovelToon tiene autorización de analysi para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo 14: Dudas en el escenario

Aceptó.

César pronunció la palabra como quien escupe un hueso que lleva atorado días en la garganta. “Sí”, dijo. “Haré lo que piden.”

Esteban ni siquiera sonrió. Asintió con la cabeza, apagó la grabadora y guardó la carpeta en la caja fuerte. “Bien. Mañana te daré instrucciones. Ahora vete a dormir. Tienes aspecto de cadáver.”

César salió de la oficina caminando como un autómata. El pasillo estaba oscuro, solo iluminado por las luces de emergencia. Sus pasos resonaban en el suelo de baldosa como los de un condenado camino al patíbulo. Afuera, la calle estaba mojada por una llovizna fina. No llevaba paraguas. Caminó bajo la lluvia hasta la parada del autobús, empapándose, sintiendo el agua fría sobre la piel como una penitencia.

Esa noche no durmió. Se quedó sentado en la cama, con la ropa aún húmeda, mirando la pared. En su cabeza daba vueltas una sola idea: ¿quién era él ahora? ¿El chico que limpiaba carros para comprar cuerdas de guitarra? ¿El muchacho que escribía canciones en un cuaderno escolar mientras su madre cosía jeans? ¿O era este nuevo ser, este hombre que había aceptado mentir, traicionar, destruir a otro artista para salvarse a sí mismo?

No encontró respuesta. Solo un vacío enorme, como un pozo sin fondo.

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A la mañana siguiente, Esteban lo llamó a su oficina otra vez. Le entregó un sobre manila cerrado. “Dentro está la declaración jurada. Solo tienes que firmarla y enviarla a la disquera rival. Nosotros nos encargamos del resto. No tienes que hablar con nadie, no tienes que dar entrevistas. Solo firma.”

César tomó el sobre. Pesaba casi nada, pero en sus manos era más pesado que todas las cajas que había cargado en el mercado.

“¿Y el otro artista? ¿Qué va a pasar con él?”

Esteban lo miró con indiferencia. “Eso no es problema tuyo.”

“Si voy a mentir sobre él, sí es problema mío.”

Esteban suspiró, como si la pregunta le pareciera una pérdida de tiempo. “Va a perder el contrato. La disquera lo va a dejar ir para no mancharse. Se va a quedar sin carrera, probablemente. Pero no te preocupes, él también firmó contratos. Él también sabía los riesgos. No es ningún inocente.”

César quiso creerle, pero no podía. Nadie que firma un contrato con una disquera es culpable. Todos son como él: soñadores que no leen la letra pequeña, que confían cuando deberían desconfiar, que ponen su música antes que su razón.

“Firma”, repitió Esteban, señalando la línea punteada en la última hoja.

César tomó el bolígrafo. El mismo bolígrafo plateado con el que había firmado su primer contrato. Las coincidencias le parecieron macabras. Apoyó la hoja sobre el escritorio, acercó la punta al papel y se detuvo.

“¿Qué pasa?”, preguntó Esteban, impaciente.

“Nada. Solo pienso.”

“No te pagamos por pensar. Te pagamos por firmar.”

Esa frase fue la que lo decidió. No por su crudeza, sino por lo que revelaba: para ellos, él no era un artista, ni siquiera un empleado. Era una herramienta. Un martillo que se usa para clavar clavos y se guarda en el cajón cuando no sirve. Y los martillos no tienen opiniones, no tienen conciencia, no tienen dignidad.

César firmó.

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Los días siguientes fueron una pesadilla de espera. La declaración jurada fue enviada. La disquera rival respondió con una carta de demanda. Los abogados empezaron a moverse. El otro artista, cuyo nombre César se negó a preguntar, dio una entrevista llorando, diciendo que jamás había plagiado nada, que sus canciones eran suyas, que no entendía por qué le hacían esto.

César vio la entrevista en la televisión del apartamento. El artista era un chico joven, más joven que él, de veintiún años. Tenía cara de susto, de quien no entiende qué está pasando. Sus ojos se llenaban de lágrimas mientras el periodista le preguntaba una y otra vez si había robado la canción.

“No”, repetía el chico. “Yo no sé ni quién es César Mora. Nunca escuché sus canciones. Esto es una injusticia.”

César apagó la televisión. No pudo ver más. Se tapó la cara con las manos y sintió náuseas. Había destruido a ese chico. Había puesto su nombre y su firma al servicio de una mentira. Y no había vuelta atrás.

Lo peor llegó una semana después, cuando el otro artista anunció que su disquera lo había despedido. “No quieren mancharse con un escándalo”, dijo en un video subido a las redes sociales. “Me botan como si fuera basura. Todo por algo que no hice.”

El video se volvió viral. Los comentarios se dividieron entre los que creían al chico y los que creían la versión de Melodía Records. Pero la mayoría, como siempre, creía lo que veían en los titulares. Y los titulares decían: “Plagio en la industria: joven artista acusado de robar canción a César Mora”.

César Mora. Su nombre. Su firma. Su culpa.

Esa noche llamó a Laura. Necesitaba oír su voz, aunque fuera para mentirle otra vez.

“Hijo, ¿estás bien? Te oigo raro.”

“Estoy bien, mamá. Solo cansado.”

“¿Viste lo del chico ese que te robó la canción? Qué barbaridad. Robar no se hace. Ojalá le caiga todo el peso de la ley.”

Las palabras de su madre fueron una daga en el pecho. Ella creía en él. Ella lo defendía. Ella no sabía que el ladrón no era ese chico, sino su propio hijo.

“Mamá, yo…”, empezó a decir, pero se detuvo.

“¿Qué?”

“Nada. Te quiero.”

“Y yo a ti, hijo. Ahora duerme, que mañana tienes que cantar.”

Colgó. César se quedó con el teléfono en la mano, mirando la pantalla oscura. La foto de Laura aparecía en la pantalla de contacto: una selfie borrosa que ella se había tomado con el celular prestado de una vecina. Sonreía, pero no con los ojos. Nunca con los ojos.

César abrió el cuaderno. Quiso escribir, pero la página en blanco lo miraba con acusación. Sus dedos no encontraban las palabras. Las palabras, pensó, también lo habían abandonado. O quizás era él quien las había abandonado a ellas.

Cerró el cuaderno y lo guardó en el fondo del armario, debajo de la ropa que ya no usaba. No quería verlo. No quería recordar que alguna vez supo escribir canciones verdaderas, antes de que todo se convirtiera en mentira.

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Al día siguiente, tenía una presentación en un teatro importante. Era la más grande de su carrera hasta la fecha. Dos mil personas. Cámaras de televisión. Transmisión en vivo por internet. Mauricio le había dicho que era su oportunidad de consolidarse como el artista del momento.

César se paró en el escenario con la guitarra en las manos. Las luces lo cegaban. No veía al público, solo un mar de sombras que gritaba su nombre. “¡César! ¡César! ¡César!”

Comenzó a cantar. “Mil pesos” sonó como siempre, pero él no la sentía. Las palabras salían de su boca por inercia, como un disco rayado. En el segundo tema, “La ventana sin vidrio”, su voz se quebró. No por la emoción, sino por el asco.

En medio de la canción, se detuvo.

El público enmudeció. Los músicos lo miraron desconcertados. Detrás del escenario, Mauricio hizo una seña desesperada para que continuara.

César respiró hondo. Miró hacia arriba, hacia las luces cegadoras, y por un momento no supo dónde estaba. No supo quién era. Solo supo que estaba harto. Harto de mentir. Harto de fingir. Harto de ser un producto.

“Lo siento”, dijo al micrófono. Su voz resonó en todo el teatro. “No puedo seguir.”

Y bajó del escenario.

El caos se desató. El público empezó a murmurar. Alguien gritó “¿qué pasa?”. Los músicos dejaron de tocar. Detrás del escenario, Mauricio lo agarró del brazo con furia.

“¿Qué mierda hiciste? ¡Sube ahora mismo!”

“No”, dijo César. “No voy a subir.”

“Te demandamos. Te arruinamos. Te…”

“Haz lo que quieras”, lo interrumpió César, soltándose. “Ya no me importa.”

Caminó hacia la salida del teatro, con las luces del escenario a sus espaldas y el murmullo del público como un eco lejano. Afuera, la noche estaba fría. No llevaba chaqueta. Solo la guitarra en la mano y el corazón lleno de preguntas.

Caminó sin rumbo por las calles vacías, con las luces de los faroles reflejándose en los charcos de la lluvia reciente. No sabía a dónde iba. Solo sabía que no podía quedarse.

Después de una hora, llegó a una parada de autobús. Se sentó en la banca de metal, apoyó la guitarra a sus pies y esperó. No sabía qué autobús tomaría. No sabía si quería volver al apartamento, a la oficina de Esteban, a la jaula de terciopelo.

Un autobús se acercó. En el letrero electrónico decía: “Rincón – Terminal”. El último autobús de la noche.

César sonrió por primera vez en días. Subió, pagó el pasaje con las monedas que encontró en el bolsillo, y se sentó en la última fila. El autobús arrancó. Las luces de la ciudad quedaron atrás, reemplazadas por la oscuridad de la carretera.

No sabía qué iba a encontrar en El Rincón. No sabía si su madre lo recibiría con los brazos abiertos o con reproches. No sabía si Milo seguiría resentido o si Sofía todavía lo recordaba.

Solo sabía que necesitaba volver a casa. Aunque fuera por una noche. Aunque después tuviera que regresar al infierno.

El autobús avanzaba en la noche, y César cerró los ojos. Por primera vez en mucho tiempo, no soñó con la fama. Soñó con una ventana de vidrio.

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