Un grupo de jóvenes se ve arrastrado por la búsqueda y protección de reliquias antiguas que despiertan poderes y ambiciones peligrosas. Perseguidos, traicionados y forzados a despertar habilidades que no comprenden, deberán unir fuerzas con aliados inesperados para impedir que una facción libere una fuerza capaz de arrasar su mundo. Entre batallas, sacrificios y decisiones morales, su viaje decidirá el destino de muchas vidas.
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La Redención
El aire en la plaza de Dyo se volvió denso, como si la misma noche contuviera la respiración. La Piedra Magma chisporroteaba en el centro, su luz incandescente proyectando sombras danzantes sobre los escombros. Gorukipa, con la sonrisa de quien ya se cree dueño del mundo, empujó a Ran hacia adelante con una orden que no admitía réplica. El joven bandido, los ojos enrojecidos por la tensión, colocó las manos sobre la piedra y dejó que la energía fluyera por su cuerpo. La magia que lo atravesaba no era suya; era una imposición, un látigo que lo obligaba a obedecer.
Un rugido primitivo emergió de la piedra. La superficie se abrió como una boca de lava y, de su interior, surgió Klíseis: un lagarto bípedo de escamas rojas como brasas, ojos de carbón y una mandíbula capaz de partir el hierro. Su tamaño era descomunal; cada paso hacía vibrar la plaza. Antes de que alguien pudiera reaccionar, Klíseis inhaló y lanzó una bola de fuego que se elevó como un sol en miniatura, destinada a consumir a todo aquel que se interpusiera.
La bola avanzó con furia, una esfera de calor que deformaba el aire. Edran sintió el calor en la cara y, por un instante, creyó que la plaza entera sería un horno. Lira, desde su refugio improvisado, apretó el anillo con fuerza hasta que los nudillos se le pusieron blancos. Había aprendido a invocar, pero nunca a tal escala. Con voz que temblaba y firmeza que no sabía de dónde venía, pronunció el nombre que su madre le había enseñado en susurros: Raion.
El anillo respondió. El suelo vibró y, como si la noche misma se partiera, apareció un león de luz eléctrica: melena chispeante, patas que dejaban estelas de energía y ojos que brillaban con un azul cortante. Raion no rugió; lanzó un rayo concentrado que partió el aire en dos. La descarga impactó de lleno contra la bola de fuego. El choque fue una explosión de luz y sonido que cegó por un segundo a todos los presentes. El calor se transformó en onda expansiva; el olor a ozono y a madera quemada se mezcló en una nube que hizo caer ceniza sobre los rostros.
Cuando la luz se disipó, la plaza estaba cubierta de polvo y fragmentos de piedra. Klíseis, herido pero no destruido, se tambaleó; su forma se volvió menos definida, como si la invocación hubiera perdido parte de su sustancia y desapareció. Gorukipa, con la cara tiznada por el humo, maldijo y ordenó la retirada. Los bandidos, con el objeto que buscaban; la Piedra Magma y la posibilidad de un ritual incompleto, aprovecharon el caos: se dispersaron en direcciones calculadas.
Edran, Lira y Mara no dudaron. La persecución fue inmediata. La noche se llenó de pasos apresurados, de gritos y del eco metálico de armas que chocaban contra armaduras. Los tres corrieron tras la estela de los bandidos, sorteando escombros y aldeanos que huían. La Piedra Magma, envuelta en un paño y sostenida por Gorukipa, brillaba con un latido propio, como si supiera que su destino aún no estaba sellado.
A cierta distancia, en un claro entre árboles, los bandidos se detuvieron. Respiraban con dificultad; Tozoku, con la respiración agitada, se apoyó en una roca. Gorukipa ordenó una pausa para repartir el botín y reorganizar la huida. Ran, aún temblando, se quedó a un lado, la mirada perdida entre la culpa y la rabia. Por un instante, la tensión pareció ceder y la conversación se volvió fría y práctica: cómo dividir la recompensa, qué rutas tomar, qué hacer con la Piedra.
La calma fue un espejismo. En segundos, la traición se consumó con la brutalidad de un golpe certero. Gorukipa, con una sonrisa que no alcanzó a sus ojos, se acercó a Tozoku y, sin mediar palabra, lo apuñaló por la espalda. La daga penetró entre costillas y el gigante cayó sin un grito, como si la vida se le hubiera escapado en un suspiro. El silencio que siguió fue absoluto.
Ran quedó sin palabras. La escena lo dejó inmóvil, la traición de su jefe golpeando más fuerte que cualquier arma. Gorukipa, sin inmutarse, limpió la hoja en la ropa de Tozoku y dijo con frialdad: —Ahora seremos dos. La recompensa será para nosotros.
La rabia de Ran estalló como un volcán contenido. No fue solo por la muerte de Tozoku; fue por la revelación de que su vida y la de los demás no valían nada para aquel hombre. Quitándole la Piedra Magma, Ran se lanzó contra Gorukipa con un grito que mezclaba dolor y desafío. La pelea fue feroz, pero antes de que la situación se desbordara, una figura emergió entre las sombras: Edran, con la Daga Lunar en mano, y Mara, la lanza lista. Habían seguido la persecución y llegaron justo a tiempo para detener la masacre.
Gorukipa, sorprendido por la aparición, intentó recuperar la iniciativa. Su voz se elevó en insultos: —Eres un inútil, Ran. Nunca mataste a nadie. Siempre te negaste a hacer lo que había que hacer.
La acusación fue una daga más. Ran, jadeando, respondió con una verdad que cortó el aire: —La Piedra Magma no es vuestra. Es mía. Era de mi padre.
El silencio que siguió fue más pesado que cualquier golpe. Nadie esperaba esa confesión. Los ojos de Gorukipa se abrieron con incredulidad; Ran, con la voz rota, explicó cómo la piedra había pertenecido a su familia, cómo había sido arrebatada por la violencia y cómo él había sido forzado a seguir a Gorukipa para sobrevivir. Sus palabras no justificaban sus actos, pero ofrecían una razón que nadie había considerado.
Los aldeanos, que habían seguido la persecución en la distancia y ahora se acercaban con antorchas y herramientas, escucharon la confesión. La furia contenida por tanto abuso estalló. Con una rapidez que sorprendió a todos, la gente se lanzó sobre Gorukipa y sus hombres. No fue una venganza ciega; fue la justicia de quienes habían perdido hogares y vidas. Ataron a Gorukipa con cuerdas, lo arrastraron hacia la aldea y lo encerraron en la pequeña prisión comunal.
En medio del tumulto, Ran aprovechó la confusión. No buscó pelea ni redención pública; buscó desaparecer. Con pasos rápidos y la mirada baja, se escabulló entre callejones y sombras, llevando consigo el peso de la piedra que, según él, pertenecía a su padre.
Edran, Lira y Mara se quedaron observando la escena. La plaza, que horas antes había sido un campo de horror, ahora respiraba con una mezcla de alivio y cansancio. Los aldeanos comenzaron a organizarse, a curar a los heridos y a asegurar lo que quedaba.
—No podemos quedarnos más —dijo Mara con voz firme—. Hay que volver y ayudar a los nuestros.
Edran asintió. La noche había dejado marcas profundas en su piel y en su alma, pero también había abierto una grieta por donde la esperanza podía filtrarse. Lira, con el anillo aún tibio, miró al cielo y dejó escapar un suspiro que era a la vez cansancio y alivio.
—Volvamos a Ennea —propuso Edran—. Borin nos necesita, y hay heridas que curar.
Mientras se alejaban, la figura de Ran se perdió entre las sombras, un enigma que había elegido la huida en lugar de la confrontación. Detrás, la aldea comenzaba a recomponerse; delante, el camino de regreso prometía más preguntas que respuestas. La noche cerró sus pliegues sobre ellos, y en el silencio quedó la certeza de que la Piedra Magma no era solo un objeto de poder: era la chispa que encendía ambiciones, traiciones y, quizás, la posibilidad de redención.