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Imperio De Apariencias

Imperio De Apariencias

Status: En proceso
Genre:Amor tras matrimonio
Popularitas:1.4k
Nilai: 5
nombre de autor: Anónimo Y.V.

Camila Luna tiene una vida soñada, un marido perfecto y una familia envidiable. Pero dentro de las cuatro paredes de su hogar nada es lo que parece. Ella deberá decidir si seguir sosteniendo ese matrimonio y aprender a amar a su esposo, o tomar una decisión que implique un escándalo ante su entorno.

NovelToon tiene autorización de Anónimo Y.V. para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capítulo | 14

Camila

Cuando salí del departamento de Keila ya era de noche.

La ciudad había cambiado de ritmo: menos ruido, luces más suaves, un cansancio general que parecía colgar de los edificios. Conduje de regreso a casa con la cabeza llena de palabras que no había dicho y de otras que todavía resonaban demasiado.

Al llegar, noté que las luces de la cocina estaban encendidas.

Nicolás ya había vuelto.

Entré con cuidado, dejando el bolso sobre el mueble del recibidor. Desde el pasillo lo vi de espaldas, concentrado en la mesada, con las mangas de la camisa arremangadas y un delantal puesto. Estaba cortando verduras con movimientos tranquilos, casi metódicos.

La escena me tomó por sorpresa.

—Hola —dije en voz baja.

Se giró enseguida.

—Llegaste —respondió, sonriendo—. Pensé que ibas a volver un poco más tarde. Hoy saliste temprano de la empresa.

No había reproche en su tono. Solo una observación suave, dicha con naturalidad.

Me acerqué unos pasos.

—Fui a ver a Keila —dije con honestidad—. Teníamos asuntos de qué hablar.

Asintió despacio.

—¿Está todo bien? —preguntó, dejando el cuchillo a un lado.

—Sí —respondí—. Está bien. Solo… hacía tiempo que no la veía. Necesitábamos ponernos al día.

Me observó unos segundos, como si buscara algo más en mi expresión, pero no insistió.

—Es verdad. Hace mucho que tampoco la veo —comentó—. ¿Qué te parece si una de estas noches la invitamos a cenar?

La propuesta me sorprendió gratamente.

—Sí —dije—. Creo que estaría encantada.

Sonrió, satisfecho, y volvió a girarse hacia la cocina.

—La cena ya casi está —añadió—. Ve a cambiarte, ponte cómoda.

Lo vi retomar lo que estaba haciendo, concentrado otra vez en los ingredientes, en el calor de la cocina, en ese gesto cotidiano que últimamente parecía tan natural en él.

Y entonces lo sentí. No fue un pensamiento. Fue un impulso.

Me acerqué despacio, casi sin hacer ruido. Nicolás no se dio cuenta hasta que estuve muy cerca. Me incliné ligeramente y dejé un beso breve en su mejilla.

Un gesto simple. Suave. Instintivo.

Él se quedó inmóvil por un segundo.

Luego giró el rostro hacia mí, sorprendido, y sus ojos se iluminaron de una manera que no vi venir. Sonrió con una mezcla de alegría y algo más profundo, como si ese pequeño gesto hubiera significado mucho más de lo que yo misma había calculado.

—Gracias —dijo en voz baja.

Asentí, un poco descolocada por mi propio atrevimiento.

—Voy a cambiarme —murmuré.

Me alejé hacia el pasillo con el corazón ligeramente acelerado.

No sabía exactamente por qué lo había hecho. Solo sabía que, al verlo sonreír de esa manera, sentí algo parecido a la calma. Y por primera vez en mucho tiempo, también sentí que había dado un paso que no me pesaba.

Al día siguiente, la mañana comenzó con una calma doméstica que todavía me resultaba extraña.

Estaba en la cocina, preparando el desayuno, cuando escuché la voz de Nicolás desde el piso de arriba. Hablaba con Alvarito en ese tono suave y exagerado que solo usaba con él. Sonreí sin querer mientras removía el café.

Poco después, Nicolás bajó con el bebé en brazos. Alvarito ya estaba cambiado, limpio, despierto y curioso, moviendo las manos como si todo a su alrededor fuera nuevo.

—Ya está listo —dijo Nicolás—. Creo que hoy decidió empezar el día con buen humor.

—Eso parece —respondí, acercándome para acomodarle un poco la ropa.

Nos sentamos a la mesa. Nicolás colocó a Alvarito en su silla, y desayunamos con tranquilidad. Era una escena simple, casi común. Y aun así, me resultaba reconfortante.

En medio de ese momento, mi teléfono vibró sobre la mesa.

Miré la pantalla y me levanté.

—Es Tamara —dije—. Atiendo un momento.

Me alejé unos pasos y contesté.

—Buenos días, Tamara.

Su voz sonó nasal, apagada.

—Señora, disculpe que la moleste tan temprano… pero estoy muy congestionada. Tengo gripe. Preferí llamarla antes de ir.

—¿Te sientes muy mal? —pregunté.

—Un poco, sí. Aunque no me impide trabajar, pero no quiero exponer al bebé. Prefiero no ir hoy, si no es un problema.

—Claro que no —respondí enseguida—. Hiciste bien. Descansa, cuídate y recupérate. Lo último que necesitamos es que Alvarito se enferme.

—Gracias, señora. De verdad.

—No te preocupes. Hablamos luego.

Corté la llamada y regresé a la mesa. Nicolás me observaba con atención.

—¿Todo bien? —preguntó.

—Tamara no va a venir hoy —le expliqué—. Está con gripe. Prefirió no arriesgarse a contagiar a Alvarito.

Asentí despacio, pensativa.

—No sé qué vamos a hacer ahora.

Nicolás no tardó en responder. Sonrió, como si la solución fuera evidente.

—Nos lo llevamos a la empresa.

Parpadeé.

—¿A la empresa? —repetí—. Nicolás, es muy pequeño. No sé si sea buena idea exponerlo a ese ambiente.

—No lo vamos a exponer —dijo con tranquilidad—. Estará con nosotros. Un rato contigo, un rato conmigo. En nuestras oficinas. Nada más.

Hizo una pausa y miró a Alvarito.

—Además —añadió—, hoy va a conocer donde trabajan sus papás.

No pude evitar sonreír.

—No lo digas así —murmuré—. Suena demasiado… familiar.

—Porque lo es —respondió, sin darle mayor importancia.

Lo pensé unos segundos. Luego asentí.

—Está bien. Hagámoslo.

Preparé el bolso del bebé con todo lo necesario: pañales, muda de ropa, biberón, toallitas. Nicolás observaba desde la puerta, sosteniendo a Alvarito con naturalidad.

Salimos de casa y, por primera vez desde hacía mucho tiempo, subimos los dos al mismo auto para ir a la empresa. Nicolás condujo. Yo acomodé el bolso a mis pies y miré por la ventana, sintiendo una calma extraña.

Al llegar a la empresa, Nicolás fue el primero en bajar. Llevaba a Alvarito sujeto a su pecho con un portabebés, bien ajustado, como si lo hubiera hecho toda la vida.

Me detuve un segundo antes de bajar del auto.

Verlo así, entrando al edificio con nuestro hijo cargado contra su cuerpo, mientras yo tomaba el bolso y lo seguía, me provocó una sensación difícil de describir.

No era felicidad plena. No era ilusión.

Era algo más silencioso. Más profundo.

Como si, por primera vez, no estuviera sosteniendo todo sola.

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