Sin spoiled
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Capitulo 3
La mañana se levantó con una resaca de nubes bajas y un viento que cortaba la cara como una hoja de afeitar mal afilada. Me desperté antes de que el sol tuviera siquiera la decencia de aparecer, con el cuerpo entumecido y esa presión en el pecho que uno siente cuando sabe que el día no va a traer nada bueno. El sobre que Don Manuel me había entregado descansaba sobre mi mesa coja, blanco y pulcro, desafiando la mugre general de mi apartamento. No tenía remitente ni sellos. Solo una textura de papel caro, de ese que se fabrica para que las palabras escritas en él parezcan leyes inquebrantables.
Me puse mi chaqueta de cuero, la que ya era más parches que piel, y bajé las escaleras contando cada escalón. Era un ritual para comprobar si mis rodillas seguían queriendo trabajar conmigo un día más. La Yamaha me recibió con un gemido metálico. Le costó tres patadas y un par de insultos bien dirigidos despertar, pero finalmente el motor empezó a latir con su ritmo asmático habitual.
Cruzar la ciudad de sur a norte a esas horas es como viajar a través del tiempo y la escala social. Empiezas en las calles donde el asfalto es un recuerdo lejano y los edificios parecen amontonarse unos sobre otros para no caerse, y poco a poco, a medida que vas subiendo por las avenidas principales, el aire se vuelve más limpio y los espacios más amplios. La gente que camina por las aceras cambia de color y de postura; dejan de mirar al suelo con los hombros hundidos y empiezan a caminar como si fueran dueños del aire que respiran.
Cuando llegué a la base de las colinas, el sol finalmente rompió el gris. La zona de los Vesper-Zandrón no era solo un barrio; era una fortaleza de silencio y elegancia. Aquí no había carteles de neón, ni tiendas de conveniencia, ni niños jugando con pelotas pinchadas. Solo muros altos, cámaras de seguridad que giraban con la precisión de un depredador y setos tan perfectamente recortados que daban miedo.
Busqué la dirección. "La Atalaya". Un nombre apropiado para gente que se dedica a mirar al resto del mundo desde arriba.
La entrada era un imponente portón de hierro forjado con el emblema de una "V" y una "Z" entrelazadas en un diseño que recordaba a las espinas de una rosa. Me detuve frente a la garita de seguridad. El guardia, un hombre con un uniforme que valía más que toda mi ropa junta, salió con una expresión que oscilaba entre el aburrimiento y el asco. Me miró como se mira a una mancha de aceite en una alfombra persa.
—¿Te has perdido, muchacho? —preguntó, apoyando una mano en su cinturón.
—Ojalá —respondí, sacando el sobre—. Tengo una entrega para el señor Vesper-Zandrón. De parte de Manuel.
El nombre de mi jefe pareció actuar como una llave mágica. El guardia frunció el ceño, tomó el sobre con la punta de los dedos y consultó una pantalla dentro de su caseta. Hubo un intercambio de susurros por un intercomunicador que yo no pude oír.
—Espera aquí. No te bajes de esa... cosa —ordenó, señalando mi moto.
Me quedé allí, con el motor encendido porque sabía que, si lo apagaba, quizá no volvería a arrancar en una pendiente tan pronunciada. El humo de mi escape, negro y denso, ensuciaba el aire inmaculado de la entrada. Me sentía como un intruso, como un error en un sistema perfectamente programado.
Fue entonces cuando sucedió.
Un sonido agudo, el silbido de un motor de alta gama, rompió la paz del lugar. Por el espejo retrovisor vi un destello plateado que se acercaba a una velocidad absurda para una zona residencial. Era un descapotable de líneas tan afiladas que parecía diseñado para cortar el viento y el alma de los transeúntes.
El guardia gritó algo, pero el coche no aminoró la marcha. Yo estaba bloqueando parcialmente el carril de entrada. En un acto de reflejo, intenté mover la moto hacia el bordillo, pero el motor decidió que ese era el momento perfecto para fallar. Se ahogó con un estertor metálico y me quedé allí, clavado, mientras el bólido plateado frenaba en seco, dejando una marca de neumáticos sobre el pavimento que debió costar varios cientos de dólares.
El silencio que siguió fue absoluto, solo roto por el tic-tac de mi motor enfriándose.
La puerta del descapotable se abrió hacia arriba, como el ala de un insecto galáctico. De su interior salió ella.
Araxie Vesper-Zandrón no se parecía en nada a la foto del periódico. La tinta de los diarios no puede capturar esa clase de frialdad. Era más alta de lo que esperaba, vestida con un traje de seda blanca que contrastaba violentamente con la suciedad de mi entorno. Su piel tenía la palidez de alguien que nunca ha tenido que sudar por un plato de comida, y sus ojos eran de un azul tan claro que resultaban casi transparentes.
No me miró con ira. Eso habría implicado que yo era alguien digno de su emoción. Me miró con una curiosidad clínica, como si acabara de encontrar un bicho interesante aplastado en su parabrisas.
—¿Qué es esto? —preguntó. Su voz era baja, aterciopelada, pero con un filo cortante.
—Es una motocicleta, señorita —dije, tratando de mantener la dignidad mientras mis botas viejas tocaban el suelo—. O lo que queda de ella.
—Sé lo que es una motocicleta. Me refiero a qué haces tú aquí, obstruyendo mi entrada con ese... artefacto humeante.
El guardia se acercó corriendo, deshaciéndose en disculpas. —Señorita Araxie, lo siento mucho. Es un mensajero de la ciudad. Estaba a punto de echarlo.
—La ciudad —repitió ella, como si hablara de una selva remota y peligrosa—. Huele a grasa y a desesperación. ¿Todo lo que viene de allí es tan ruidoso como tú?
Me quité el casco. Sentí el sudor frío pegado a mi frente. En ese momento, algo en mi interior, ese viejo orgullo de quien no tiene nada que perder, se activó.
—La desesperación suele ser ruidosa cuando tiene hambre, señorita —respondí, sosteniéndole la mirada—. Y el olor a grasa se quita con jabón. Hay cosas en estas colinas que no se quitan ni con todo el oro de su padre.
El guardia se quedó pálido. Araxie, sin embargo, arqueó una ceja. Por un segundo, un destello de algo que no logré identificar —¿diversión?, ¿sorpresa?— cruzó sus ojos claros. Se acercó un paso más, lo suficiente para que yo pudiera oler su perfume. Era un aroma a jazmín y algo metálico, algo frío.
—Tienes una lengua muy afilada para alguien que conduce una chatarra —dijo ella, recorriendo con la mirada mi chaqueta raída—. ¿Cómo te llamas?
—Elías Solo.
—Solo —repitió, saboreando el apellido—. Un nombre que suena a carencia. Muy apropiado.
En ese momento, un hombre mayor, vestido con un traje oscuro y movimientos de pantera, apareció desde el camino principal de la mansión. Era Maximilian. Su sola presencia parecía enfriar el ambiente cinco grados más.
—Araxie, entra en casa. Ya me encargo yo de los asuntos de Manuel —dijo el hombre. Su voz no era un grito, era un trueno lejano.
Araxie no se despidió. Se dio la vuelta con una elegancia insultante y volvió a su coche. Antes de cerrar la puerta, me lanzó una última mirada de soslayo. No fue una mirada de odio, fue algo peor: fue la mirada de alguien que acaba de encontrar un juguete nuevo y está decidiendo si vale la pena romperlo.
El motor del descapotable rugió y pasó a centímetros de mi pierna, levantando una ráfaga de viento que casi me hace perder el equilibrio.
Maximilian Vesper-Zandrón se acercó a mí. No me miró a los ojos; miró el sobre que el guardia le entregaba.
—Vuelve con Manuel —dijo sin preámbulos—. Dile que el pago se hará por los canales habituales. Y dile también que no vuelva a enviar a alguien que no sepa dónde termina su lugar y dónde empieza el mío. Si vuelves a aparecer por aquí, Solo, te aseguro que la próxima vez no habrá una puerta que se abra.
No esperó respuesta. Se dio la vuelta y caminó hacia la mansión con la seguridad de quien sabe que el mundo gira porque él lo permite.
Me quedé solo en la entrada. El guardia me hizo un gesto brusco para que me largara. Intenté arrancar la moto. Una, dos, tres veces. El sudor me bajaba por la espalda. Sentía las cámaras de seguridad grabándome, burlándose de mi impotencia. Finalmente, el motor cobró vida con un estruendo que pareció un insulto hacia la perfección de "La Atalaya".
Mientras bajaba la colina, mis manos temblaban sobre el manillar. No era miedo. Era una mezcla de rabia y una extraña fascinación que me asustaba más que las amenazas de Maximilian. La imagen de Araxie, de su piel blanca y su desprecio gélido, se había quedado grabada en mis pupilas como el negativo de una fotografía.
Había entrado en su mundo por diez minutos y ya me sentía sucio. Pero también, por primera vez en años, me sentía despierto. Al llegar al pie de la colina, me detuve en un semáforo y miré mis manos. Estaban manchadas de aceite negro.
—Vesper-Zandrón —susurré contra el viento.
El nombre ya no sonaba raro. Sonaba a desafío. Pero lo que yo no sabía en ese momento, mientras el semáforo cambiaba a verde y me sumergía de nuevo en el caos de la ciudad, es que ese encuentro no había sido un accidente. Nada en la vida de Maximilian Vesper-Zandrón era un accidente. Y yo acababa de morder el anzuelo sin siquiera ver el hilo.
Llegué a mi barrio y el olor a fritanga y basura me pareció extrañamente reconfortante, como un refugio. Pero el refugio ya estaba comprometido. Porque aunque mis pies estaban en el barro, mi cabeza seguía allí arriba, en la cima de la colina, donde el aire es escaso y la gente tiene corazones de cristal.
Aquella noche, mientras intentaba dormir, el eco del motor del descapotable plateado seguía resonando en mis oídos. Me cansé antes de empezar. Me cansé de ser Solo, y ese fue mi primer gran error.