Luciana era una joven de 17 años, con cabellos castaños y ojos que reflejaban una mezcla de melancolía y determinación. Desde pequeña, había sentido que no encajaba en el mundo que la rodeaba. Las risas de sus compañeros resonaban como ecos lejanos mientras ella lidiaba con inseguridades y un profundo anhelo de pertenencia.
Su vida se complicó aún más tras la muerte de su madre, un evento que dejó un vacío en su corazón. A menudo se perdía en sus pensamientos, buscando respuestas en los libros de fantasía que solía leer. Sin embargo, lo que no sabía era que su conexión con el mundo mágico era más real de lo que imaginaba.
El Consejo Celestial, al notar su vulnerabilidad y el peligro que la acechaba, decidió enviar a su ángel de la guarda,Axel . Su misión era protegerla de fuerzas oscuras que querían aprovechar su tristeza y debilidad. Pero Axel no solo debía protegerla ; también se vería atrapado en un dilema : podría intervenir emocionalmente sin violar las ley celestial.
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trato
El silencio de la noche se cerró sobre ellos en aquel callejón tras la iglesia, roto solo por el goteo de una tubería vieja y la respiración entrecortada de Luciana. Axel se quedó allí, con la espalda apoyada en la piedra fría, observándola con una mezcla de fascinación y cálculo. Para él, ver a un humano procesar que el mundo es un lugar mucho más aterrador de lo que parece siempre era un espectáculo, pero con Luciana era distinto. Había algo en su resistencia, en esa forma en que apretaba los puños a pesar de que le temblaban las rodillas, que lo hacía querer dejar de lado el sarcasmo por un segundo
Escúchame bien, pequeña guerrera, porque no suelo repetir las cosas y mucho menos con este tono de seriedad que tanto me horripila —dijo Axel, dando un paso hacia ella. Su presencia llenaba el espacio, emanando un calor que contrastaba con el frío gélido que el demonio había dejado en el aire—. Tu padre está en el almacén ahora mismo. Se está matando a trabajar, sí, pero no es solo el cansancio físico lo que lo está drenando. Esa sombra que viste en el club... esa cosa se alimenta de la desesperación. Cada vez que tu padre suspira pensando que no va a llegar a la cifra para el pasaje a la ciudad, ellos dan un bocado a su energía vital.
Luciana levantó la vista, con los ojos empañados por las lágrimas de rabia.
—¡Él solo quiere sacarme de aquí! No es justo... él es un buen hombre. Si le pasa algo por mi culpa, yo...
—Por eso vamos a hacer un trato —la interrumpió Axel, extendiendo un dedo para enfatizar sus palabras—. Un pacto de los de verdad, no de esas tonterías que firman los humanos. Yo iré al almacén. Me quedaré en las vigas, invisible, y te juro por mis alas —que son bastante caras de mantener, por cierto— que ninguna sombra, rastro o criatura del Séptimo se le va a acercar a menos de diez metros. Lo mantendré a salvo. Dormirá mejor, tendrá más fuerza y podrá terminar esos turnos para que se larguen a esa ciudad que tanto sueñan.
Luciana lo miró con desconfianza, pero también con una chispa de esperanza que Axel encontró casi cegadora.
—¿Y qué quieres a cambio? Nada es gratis, ni siquiera con los ángeles, ¿verdad?
Axel soltó una risita seca y se pasó la mano por el cabello, desordenándolo aún más.
—Premio para la chica lista. A cambio, tú dejas de huir de lo que ves. Aceptas que tienes un don y que ese don no es para ver fantasmas en los bares, sino para cazar. Necesito que seas mi brújula. Hay un fugitivo del Séptimo Círculo que se ha camuflado tan bien entre los humanos que ni siquiera yo, con todo mi esplendor celestial, puedo rastrearlo. Él es el que está enviando a estos rastreadores a por ti. Si tú me ayudas a encontrarlo, yo te garantizo que tú y tu padre cruzarán ese límite del pueblo y llegarán a la ciudad sanos y salvos.
Se hizo un silencio denso. Luciana miró hacia la dirección del almacén de carga, donde las luces amarillentas se veían a lo lejos, y luego miró a Axel. El ángel no parecía un ser de luz en ese momento; parecía un guerrero cansado de las reglas, alguien que prefería pelear en el barro que cantar en el coro.
—¿Me prometes que él estará bien? —preguntó ella con voz quebrada.
Axel se acercó tanto que ella pudo ver los destellos dorados bailando en sus pupilas. Extendió su mano derecha, y una pequeña llama de luz blanca brotó de su palma, sin quemar, solo iluminando el rostro de Luciana con una suavidad sobrenatural.
—Tienes mi palabra, Luciana. Nadie toca al viejo mientras yo esté de guardia. Pero a partir de mañana, cuando el sol se ponga, tú y yo tenemos una cita para cazar monstruos. ¿Aceptas el trato?
Luciana cerró los ojos por un segundo, visualizando el rostro cansado de su padre y el futuro que él tanto deseaba para ella. Cuando los abrió, su mirada ya no era la de una camarera asustada. Era la de alguien que acababa de aceptar una guerra.
—Acepto —dijo con firmeza, estrechando la mano ardiente de Axel.
En ese instante, una marca invisible para el ojo humano, pero brillante como el fuego para los seres del inframundo, se grabó en la muñeca de Luciana, sellando el pacto entre la chica que veía sombras y el ángel que amaba el caos
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