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Amor Entre Murallas Y Mareas

Amor Entre Murallas Y Mareas

Status: Terminada
Genre:Amor prohibido / Completas
Popularitas:672
Nilai: 5
nombre de autor: Luisa Manotasflorez

En la Cartagena de Indias del siglo XVIII, una ciudad amurallada que resplandece bajo el sol del Caribe y late al ritmo del comercio y los secretos, nace una historia de amor imposible.

Ella, una joven de alta cuna, rebelde al silencio de las leyes coloniales, oculta tras su nobleza un corazón valiente que ayuda en secreto a los esclavos y desamparados.
Él, un apuesto escocés, extranjero de mirada clara y alma indomable, llega a la ciudad con las mareas, trayendo consigo un destino marcado por la pasión y el peligro.

Entre cartas escondidas, encuentros furtivos y miradas prohibidas, florece un amor tan profundo como frágil, capaz de desafiar las murallas de piedra, las cadenas de la Corona y la condena de la Inquisición.

Pero el mar, que un día los unió, también puede convertirse en el escenario de su mayor tragedia.

Amor entre Murallas y Mareas es una novela de pasiones intensas, secretos prohibidos y destinos marcados por la fuerza del corazón y la crueldad del tiempo.

NovelToon tiene autorización de Luisa Manotasflorez para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

Capitulo 12

Esa tarde el sol caía despacio, como cansado de tanto mirar. El aire olía a mar, a promesas rotas y a algo que no podía nombrar. Aún sentía en mis mejillas el calor de los besos de mi prometido, el hijo de Blas de Lezo, y el roce suave del collar de caracolas que me había regalado. Todo era tan correcto, tan perfecto… pero dentro de mí algo palpitaba, una inquietud que no encontraba sosiego.

Cuando la noche se tendió sobre el jardín, la brisa salada trajo consigo su perfume. No sé cómo burló a los capataces ni cómo se atrevió a cruzar el umbral de la casa, pero allí estaba James, bajo las sombras, con esa mirada azul que parecía guardar todo el mar dentro.

—¿Por qué estabas tan feliz hoy con ese hombre? —susurró, con un tono bajo, casi tembloroso.

Su voz era grave, pero herida, como si las palabras le costaran.

Yo lo miré, tratando de mantener mi compostura, aunque el corazón me golpeaba en el pecho.

—¿Y por qué no habría de estarlo? Es mi prometido —le respondí, sonriendo apenas, queriendo sonar firme—. Eres un cínico, ¿verdad?

James dio un paso hacia mí. Su sombra me cubrió, y el aire pareció detenerse.

—¿Cínico? —repitió en un murmullo ronco—. No, Selene. No hay nada de cinismo en esto… sólo locura.

Su mano rozó mi mejilla con una delicadeza que dolía.

—Estoy loco por ti. Lo he intentado negar, luchar contra esto, distraerme en otros brazos, en otros puertos, pero nada... —su voz se quebró un instante— nada me cura. No hay mar que me ahogue lo que siento por ti. No hay distancia, ni Dios, ni pecado que me lo arranque del alma.

Me quedé muda.

—James… —susurré apenas, sintiendo que las lágrimas me ardían detrás de los ojos.

Él me sostuvo la mirada.

—Desde que te vi por primera vez, supe que mi destino había cambiado. Yo era un hombre libre, Selene. Libre como el viento, como las olas… y ahora mírame: preso de una mirada tuya. Me basta un gesto, una sonrisa tuya para perder el juicio.

Su voz bajó aún más.

—Te juro que si hubiera nacido con otro nombre, en otra tierra, te habría pedido a tu padre por esposa. Pero el mar me maldijo a amarte desde lejos.

Yo lo empujé, intentando escapar del hechizo de sus palabras.

—Basta, James… no digas eso. No puedes.

Pero antes de que pudiera alejarme, me besó.

Fue un beso profundo, desesperado, de esos que no piden permiso porque saben que tal vez sea el último. Sus labios sabían a sal, a despedida, a promesas imposibles. Le di una cachetada, temblando de rabia y de deseo, pero él volvió a besarme con la misma pasión, y esta vez no me resistí.

—Estás loco —le dije entre lágrimas, intentando reír.

Él me miró con ternura, con esa mezcla de tristeza y amor que solo un hombre verdaderamente enamorado puede tener.

—Sí, lo estoy. Pero si amar así es una locura… entonces bendita sea mi locura. Porque en este mundo cruel y vacío, tú eres lo único que me hace sentir vivo.

Y allí, entre el rumor del mar y las luces que titilaban en el puerto, comprendí que mi alma nunca volvería a estar completa sin él.

---

Al amanecer, lo vi partir desde mi ventana.

El cielo estaba teñido de rosa y dorado, y el viento soplaba con suavidad, moviendo las velas del barco. James estaba en cubierta, con su chaqueta azul y su cabello despeinado por la brisa. Tenía esa elegancia natural, esa belleza tranquila de los hombres que nacieron para el mar.

Antes de embarcar, levantó la vista hacia la casa.

Nuestros ojos se encontraron por última vez.

No hubo palabras, solo ese silencio eterno que lo dice todo.

Vi cómo colocaba una mano en su pecho, justo donde late el corazón, y luego me hizo una leve reverencia, como si me jurara amor hasta el fin de sus días.

Yo lloré, en silencio, con la frente apoyada en el cristal. Y mientras el barco se alejaba poco a poco, comprendí que él se llevaba una parte de mí… la mejor parte.

Y aunque sabía que mi destino era otro, que debía casarme y cumplir con lo que se esperaba de mí, mi alma seguiría buscándolo en cada horizonte, en cada amanecer que oliera a mar.

Porque hay amores que no se viven en esta vida… pero que marcan para siempre.

Y James, mi escocés imposible, sería para mí ese amor eterno: la herida más hermosa que jamás quise sanar.

Selene… —susurró James, con la voz ronca de emoción y deseo contenido—. No podéis resistiros… ni yo lo haré.

Un escalofrío recorrió mi cuerpo al sentir sus manos deslizarse con delicadeza sobre mis hombros, bajando por mi espalda como si quisieran leer mi corazón a través de la piel. Quise apartarme, temiendo que un crujido del piso de madera delatara nuestra pasión, pero cada roce me ataba a él con fuerza irresistible, y pronto comprendí que mi resistencia se disolvía ante la urgencia de su cercanía.

—James… —murmuré, temblorosa, con la voz quebrada por el miedo y el deseo—. Si nos descubren…

—Nadie vendrá —me aseguró, rozando mis labios con suavidad, con esa certeza de quien ha amado toda una vida y ha esperado por este momento—. Esta noche, Selene, sólo existimos vosotros y yo.

El primer beso, tímido y exploratorio, se volvió ardiente y profundo, un fuego que consumía toda prudencia y dejaba fuera cualquier pensamiento de peligro. Su pecho se apoyó contra el mío, cálido, firme, vivo, y sentí cómo su fuerza se entrelazaba con mi fragilidad, creando un equilibrio perfecto entre seguridad y vulnerabilidad. Su respiración entrecortada se mezclaba con la mía, y cada latido de su corazón parecía marcar un compás secreto que yo podía sentir desde dentro.

Nuestros cuerpos se acercaban sin necesidad de palabras, en un juego de caricias y suspiros que hablaban por nosotros. Mis manos buscaban su rostro, sus hombros, cada línea de su mandíbula, y él me sostenía con firmeza, como si temiera que un movimiento pudiera romper la magia que habíamos encontrado en secreto. Cada instante era un delicado equilibrio entre el miedo y la pasión; la posibilidad de ser descubiertos aumentaba la intensidad, y yo sentía mi corazón desbordarse con emociones que jamás había experimentado.

—Selene… —susurró de nuevo, sus labios rozando los míos con dulzura y urgencia a la vez—. Sed mía, aunque sólo sea esta noche.

Mi cuerpo se estremeció, mis brazos lo abrazaron con fuerza, y sentí su calor infiltrarse en cada fibra de mi ser. No había marcha atrás, no había tiempo para prudencias; sólo existía aquel instante en que deseo y ternura se entrelazaban, dibujando un lenguaje secreto que nadie más podría comprender. Cada roce, cada suspiro, cada estremecimiento era un diálogo silencioso, un pacto de complicidad que nos unía más allá del miedo y de la prudencia.

Su rostro se inclinó hacia mi hombro, y sus labios dejaron un rastro de caricias cálidas y tiernas que me hicieron perder la noción del tiempo. Cada movimiento de sus manos sobre mi espalda, cada roce sobre mis brazos, era un descubrimiento nuevo, una caricia que hablaba de cuidado y deseo a un tiempo. Los muebles del cuarto, las lámparas de aceite, las cortinas bordadas por mi madre… todo se volvió irrelevante. Este aposento se transformó en un santuario donde sólo existíamos nosotros, donde el mundo exterior y sus reglas quedaban suspendidos.

Sus manos recorrían mi cuerpo con delicadeza, pero también con esa firmeza que me recordaba su pasión y su urgencia. Yo, por mi parte, buscaba sus ojos, su rostro, sus labios con los dedos, como si quisiera memorizar cada instante, cada expresión, para guardarla en mi corazón. La tensión entre el miedo y el deseo nos hacía movernos con cuidado y urgencia a la vez: cada gesto era un descubrimiento, cada suspiro, una promesa muda.

Nos besábamos con lentitud y urgencia simultáneamente, explorando cada rincón del otro como si fuera un secreto que sólo podíamos compartir aquella noche. Cada roce era un recordatorio del peligro, pero también de la maravilla de estar juntos. Cada estremecimiento era un diálogo de confianza y entrega; cada abrazo, un testimonio de pasión contenida y liberada a la vez.

El corazón me latía con fuerza, más fuerte que nunca. Sus manos en mi espalda, sus labios sobre los míos, el calor de su cuerpo contra el mío… todo ello creaba una armonía perfecta entre deseo y ternura. Comprendí que aquella primera intimidad, aunque aún contenida y delicada, era un despertar, un bautismo de pasión y amor que quedaría grabado en mi alma para siempre.

Mientras la noche avanzaba, comprendí que aquel aposento, lleno de muebles nobles pero no ostentosos, lámparas de aceite y cortinas bordadas, se había convertido en nuestro pequeño refugio. Un paraíso secreto donde la pasión, la ternura y el miedo se entrelazaban, creando un instante eterno que sólo existía para nosotros. Allí, en la intimidad de la noche, cada suspiro y cada roce se volvían eternos, y supe que jamás olvidaría la sensación de estar tan cerca, tan vulnerable y tan viva, como en esa primera noche junto a James.

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El viento traía desde el puerto el olor salado del mar mezclado con la fragancia de las gardenias que crecían cerca de mi ventana. La noche se cernía sobre Cartagena como un manto oscuro, y yo sentía cada sombra del aposento más profunda, más cómplice de nuestro secreto.

James estaba aún junto a mí, recostado apenas contra la pared de caoba, con la luz de la lámpara de aceite reflejando destellos en su cabello oscuro y húmedo. Sus ojos, verdes y profundos como el corazón de un bosque escocés, me miraban con la intensidad que siempre me desarma.

—Selene… —murmuró, con voz suave, casi temblorosa—. Si seguimos aquí mucho más, los criados se levantarán… y entonces… —Se detuvo, mordiendo su labio inferior, con esa sonrisa que me hacía perder todo juicio—. Entonces no podré volver a entrar.

Sentí un escalofrío recorrerme la espalda. Su cercanía era un tormento y un alivio a la vez. Me aferré a su brazo, deseando robar un instante más, un suspiro más, un beso que prolongase la eternidad.

—No quiero que os vayáis —dije, apenas un hilo de voz—. No ahora… no cuando todo esto… —mi voz se quebró y callé, porque sus labios cubrieron los míos, y el mundo entero se detuvo.

El beso fue profundo, lleno de promesas mudas que ni él ni yo podíamos pronunciar. Cada roce de sus labios era un juramento silencioso, un pacto que la aurora podría romper con la fría luz del deber y la prudencia. Me aferré a su cuello, y sentí que su mano me sostenía con la fuerza de quien teme perder su propio corazón.

—Debo irme —dijo con voz grave, apenas separando sus labios de los míos—. Si me descubren, Selene… no habrá disculpas que valgan.

Le miré con los ojos húmedos, deseando rogarle que se quedara, que ignorase el peligro, que desafiase todo el mundo por nosotros. Pero sabía que no podía. Cada minuto más era un riesgo, cada segundo de ternura podría costarnos demasiado.

—Váyase… pero prométame que volveréis —susurré entre suspiros—. Prométame que…

Él asintió, rozando mi frente con la suya, y volvió a besarme, más lento esta vez, dejando que el recuerdo de aquel instante quedara tatuado en mi memoria. Era un beso de despedida, y sin embargo, también un beso de esperanza. Sentí su calor un instante más, su respiración en mi oído, y escuché cómo pronunciaba mi nombre con tal intensidad que el mundo exterior desapareció.

—Volveré —me prometió—. Antes del amanecer o cuando la luna se oculte, pero volveré.

El tiempo parecía haberse detenido. No podía más que aferrarme a él, sentir sus manos sobre las mías, y comprender que aquel adiós era tanto un final como un comienzo. Cada segundo era un temblor, cada suspiro, un pedazo de eternidad que se escapaba.

Finalmente, se incorporó con cuidado, asegurándose de no hacer crujir la madera bajo sus pies. Me tomó una última vez la mano, y sus dedos se entrelazaron con los míos como si quisieran llevarse consigo todo mi miedo, toda mi pasión, toda mi alma.

—Adiós, Selene —dijo con un hilo de voz que me desgarró el alma—. Sed fuerte… y recordad que nadie más que yo os ansía así.

Lo vi deslizarse hacia la ventana, tan ágil como la primera vez que entró. La brisa nocturna se llevó su perfume, y el silencio volvió a llenar mi aposento. Me quedé sola, recostada sobre el lecho, con el corazón desbordado de deseo y temor.

Sabía que cuando mis padres se levantaran y recorrieran la casa, yo debía comportarme con normalidad, como si nada hubiera pasado.

Pero ya nada sería igual. La memoria de su beso, de su tacto y de sus palabras ardientes quedaría conmigo para siempre. Y aunque aquella noche terminaba, el fuego que James había encendido en mi corazón ardía más intenso que nunca.

Mientras me cubría con el chal de muselina y miraba la luna que se reflejaba en el espejo, comprendí que el mundo podía juzgar, podía amenazar, podía separar cuerpos y caminos… pero jamás podría extinguir aquello que había nacido en secreto entre sus brazos y los míos.

Han pasado muchos meses desde que James se marchó aquella última noche, y sin embargo, su ausencia sigue pesando en mí como un vacío que nada logra llenar. Nadie sabe del hijo que perdí, aquel pequeño que nunca llegó a abrir los ojos al mundo. Fue un accidente mientras cabalgábamos cerca del río; la caída me arrebató lo que jamás podré nombrar, y su recuerdo se mantiene como un secreto que guardo con dolor y con ternura. Jamás se lo revelaré, porque algunas heridas deben permanecer cerradas, incluso si sangran en silencio.

Aun así, cada memoria de James me devuelve un estremecimiento que mezcla dolor y deseo. Recuerdo su sonrisa, esa mezcla de travesura y amor que me desarmaba, y cómo, a veces, dudaba, temeroso de lastimarme. Yo le suplicaba que no tuviera compasión, que siguiera sin temor, como me gustaba. Él se dejaba llevar entonces, y su risa, suave y profunda, iluminaba la noche como si cada estrella hubiese decidido inclinarse sobre nosotros.

Nuestro amor clandestino nos llevó a los lugares más insólitos y mágicos. La caballeriza, donde los caballos dormitaban ajenos a nuestro ardor, se convirtió en un refugio de pieles y caricias robadas; la hierba bajo la luna, húmeda y fresca, nos envolvía mientras los grillos cantaban, como si la naturaleza misma guardara nuestro secreto; el lago, con su superficie oscura reflejando la luna, se convirtió en testigo silencioso de nuestros abrazos y risas contenidas. Cada rincón de la provincia de Cartagena, desde el jardín de mi casa, con sus setos y fuentes, hasta las escaleras y la habitación que me pertenecía, se transformaba en un santuario donde sólo existíamos nosotros, con la pasión y la ternura entrelazadas en cada gesto.

Recuerdo cómo nos encontrábamos furtivamente, quince noches, tal vez más, entre susurros y risas sofocadas. Cada encuentro era un juego de peligro y deseo: el miedo a ser descubiertos intensificaba nuestro contacto, y cada roce se sentía más profundo, más verdadero. Me estremecía al sentir sus manos recorrer mi piel, sus labios rozando los míos, y comprendía que aquel fuego que compartíamos no tenía reglas ni límites, sino que era nuestro lenguaje secreto, más poderoso que cualquier palabra.

A veces me sorprendo a mí misma, sola en la penumbra de mi cuarto, y cierro los ojos dejando que aquellos recuerdos me envuelvan. Siento su cuerpo junto al mío, su respiración entrecortada, sus manos suaves que se convertían en todo un mundo que yo quería explorar. La memoria de nuestros besos y caricias, del calor compartido y del ardor contenido, me llena de una mezcla de nostalgia y deseo, y sonrío al recordar lo prohibido y lo maravilloso de cada instante.

Recuerdo especialmente la noche en la que nos encontramos en el jardín de mi casa, escondidos entre las fuentes y los setos, con la luna como testigo. Cada beso era un juramento silencioso; cada caricia, un recordatorio de que aquello que compartíamos era único y eterno. Recuerdo también las noches junto al lago, con la brisa moviendo su cabello y el reflejo de la luna bailando en el agua, y cómo, en esos momentos, el mundo exterior desaparecía, dejando sólo nuestro amor y nuestra pasión.

Incluso la habitación donde dormía se volvió un escenario de secretos compartidos, donde la lujuria y la ternura se mezclaban con la fragilidad de la prudencia. Y aunque la escalera o el corredor podían delatarnos en cualquier momento, cada encuentro clandestino se sentía como un regalo, una prueba de que lo que nos unía era más fuerte que cualquier miedo o amenaza.

A veces sonrío al recordar, incluso con cierto rubor, cómo nos aventurábamos sin pensar en consecuencias, guiados únicamente por la urgencia del deseo y la confianza en nuestro amor. Cada instante nos transformaba, nos hacía conscientes de nuestra juventud, de nuestra pasión y de los secretos que sólo nosotros compartíamos. Cada encuentro era un poema escrito en el silencio de la noche, con el murmullo del viento y el canto de los grillos como música de fondo.

Y mientras la luna iluminaba mi ventana, me daba cuenta de que James y yo compartimos algo que trasciende la ausencia, el miedo y la pérdida: un fuego que arde en la clandestinidad de la noche y en la memoria de mi corazón, recordándome que lo que tuvimos fue real, intenso y nuestro, para siempre. Aunque el tiempo avance y los secretos permanezcan guardados, aquellas noches quedarán eternas, como un paraíso secreto que nadie más podrá tocar.

El sol comenzaba a descender sobre la bahía, tiñendo el agua de tonos dorados y púrpuras, y la brisa salina traía consigo el murmullo lejano de las olas que se estrellaban suavemente contra los muelles. Allí estaba yo, vestida de blanco marfil, con bordados de pequeñas flores que mi madre había elegido con esmero, y el vestido que abrazaba mi cintura y caía en una cola larga y elegante, como si el mismo océano hubiera inspirado su diseño.

Mi velo, sujeto por un moño delicado adornado con flores frescas, cubría mi rostro, y sólo a través de él podía ver la expectación en los rostros de los invitados. Sonreía, pero en mi interior había un torbellino de emociones: la felicidad de un matrimonio esperado, la belleza del mar reflejando la luz del sol, y la nostalgia silenciosa de James, cuyos ojos verdes y sonrisa aún habitaban mis recuerdos más íntimos.

—Selene… —susurraba mi propio corazón, recordando noches clandestinas y secretos guardados—. Todo ha cambiado, y aún así sigo aquí.

El hijo de Blas de Lezo me esperaba en el altar, y su porte era digno de los hombres que mi padre admiraba. Pero yo, mientras caminaba entre los pétalos y la mirada de los presentes, sentía que cada paso era un puente entre lo que había sido y lo que debía ser. Cada pliegue de mi vestido, cada flor bordada, parecía contar la historia de años de espera, pasión y silencios.

Cuando el viento movió ligeramente mi velo, pude vislumbrar el azul profundo del mar, que se extendía como un espejo infinito. Sonreí de nuevo, consciente de la belleza del momento y del privilegio de estar allí, con mi vestido y mi velo como testigos de una boda que sería recordada, aunque mi corazón guardara aún un fuego secreto, aquel que James había encendido y que jamás se apagaría del todo.

Y así, mientras los himnos y la brisa marina se entrelazaban, me dejé llevar por la ceremonia, por la belleza del mar, y por la sensación de que, aunque algunas puertas se cerraran en mi pasado, aquella que se abría ante mí era un mundo nuevo, brillante y solemne, digno de un corazón que aprendió a amar y a sobrevivir a su propia pasión.

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Iliana Curiel
me encantó tu inició 🥰🥰🥰
Luisa Manotasflorez: Gracias
total 1 replies
Iliana Curiel
Hola autora me marca error no me deja dar like
Luisa Manotasflorez: No sé , será por el internet que tienes o la señal no sé disculpa me🤭🤣🥰
total 2 replies
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