Pesadillas terribles torturan la conciencia y cordura de un Hombre. Su deseó de proteger a los suyos y recuperar a la mujer que ama, se ven destruidos por una gran telaraña de corrupción, traición, homicidios y lo perturbador de lo desconocido y lo que no es humano. La oscuridad consumirá su cordura o soportará la locura enfermiza que proyecta la luz rojo carmesí que late al fondo del corredor como un corazón enfermo.
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El Hombre Sin Ojos. Pt13.
Después de una hora de trayecto silencioso, vemos los muelles, al doblar en la esquina vemos la Casa 47. Una vieja y enorme residencia convertida en bodegas. Cadenas cuelgan de la puerta principal, oxidadas, las ventanas están tapiadas con tablones. Parece muerta. El aire de los muelles se cuela por la ventana, huele a moho y aceite viejo.
—Parece que nadie vive aquí desde hace años —dice Héctor, ajustando una de sus Berettas bajo su abrigo.
—Por eso me gusta —respondo.
Me detengo frente al edificio. Apago el motor y bajamos.
El aire fuera del coche está cargado de humedad, la lluvia ya pasó, pero aún se siente frío. El lugar es oscuro y viejo, como si la luz no quisiera tocar los muros ni las ventanas rotas del lugar.
Miro en todas las direcciones, buscando cualquier indicio que me diga que no estamos solos. No veo nada, solo nosotros y metros de calle silenciosa mal iluminada. Aun así, siento que alguien nos mira. El sonido del océano y su salada brisa se siente por todos lados.
Nos acercamos directo a la reja frontal, está oxidada y rota. Una cadena oxidada abrasa la separación de la reja, pero no tiene candado, solo esta enrollada. Héctor patea la reja sin decir nada, no le gusta tocar oxido.
Al abrirse la reja, da un fuerte golpe, su sonido crea un eco en todo el lugar, devolviendo una risa metálica y maliciosa detrás de mí. Me giro. Nada. Solo el coche estacionado durmiendo una vez más.
Caminamos a la gran puerta de la entrada, está sellada con cadenas corroídas por el óxido y la briza del mar. Forzamos la entrada. El sonido del metal rompiéndose resuena por todo el complejo.
Dentro, el aire es denso, cargado de polvo y humedad. Enciendo mi linterna junto con Héctor. Los destellos de las linternas atraviesan la oscuridad, revelando montones de basura, muebles rotos, botellas vacías. Un eco hueco responde a cada paso. Ecos que no parecen nuestros.
—Busquemos por separado —digo—. Cubriremos más terreno. Este lugar es enorme, y tenemos que salir de aquí cuanto antes.
Héctor asiente, me lanza uno de sus audífonos experimentales y se coloca el otro. Lo tomo al vuelo. Es pequeño y blanco, con un pequeño destello azul.
—Si ves algo raro, me avisas —dice, ajustando su linterna al cinturón.
—Defíneme “raro” —respondo, colocando el audífono en mi oído.
—Algo que se mueva y no sea yo.
Nos separamos. Desenfundamos al unisonó las armas.
Tomo la puerta de la izquierda. Camino entre escombros, viejos muebles rotos apilados, botellas rotas por doquier. Siento el suelo ceder bajo mis zapatos con cada paso. En las paredes hay grafitis viejos, nombres de pandillas que yo mismo borré del mapa hace años. Todo aquí respira descomposición. Todo aquí huele a pasado muerto.
Sigo avanzando, linterna en mano, en la otra, la Glock apretada. El silencio se vuelve tan espeso que puedo oír mi respiración rebotando en los muros. De pronto. En el auricular suena la voz de Héctor.
—¿Algo?
—Nada. Solo basura y recuerdos.
—Aquí igual. Éste sitio está muerto.
Corta.
Camino en silencio viendo todo a mi alrededor. El lugar parece dibujar rostros en los muros, con las sombras proyectadas por la luz que entra por las ventanas rotas y bloqueadas. Mi linterna ilumina cada rincón, cada puerta a medio cerrar. Nada que sirva.
Salgo de la sala y entro a un corto corredor, a mi izquierda se ve un ventanal roto a medio tapar. Sale directo a un patio trasero, una pequeña bodega se ve al final. A la derecha solo se ve oscuridad y pequeños destellos que se escapan de una puerta mal cerrada. ¿Dónde voy? ¿Izquierda o derecha?
De pronto a mi derecha, escucho un crujido, como cadenas arrastrándose. Me giro, alzo la Glock sobre el rostro, apunto con mi linterna al final del corto corredor, camino directo a la puerta del final. Carteles de propaganda política rellenan los muros del corredor.
Llego a la gastada puerta, la miro en silencio un segundo.
La abro. Una enorme sala se estira frente a mí. Un comedor enorme. Mesas y sillas apiladas en los grandes ventanales a la izquierda del lugar, que dan a un patio seco y marchito. Están apiladas como queriendo tapar el lugar para que nada entre o peor… para que nada salga.
Recorro el lugar. Solo silencio y basura. La enorme cocina a la derecha, esta vacía, solo restos podridos y latas de comida con más de diez años de antigüedad. Aun no entraba ni al ejército cuando este lugar se usó por última vez.
Salgo de la cocina. Giro a la derecha, veo un corredor largo y oscuro que conecta a la siguiente zona. Camino directo a la puerta rota que intenta bloquear el lugar.
Y entonces… la veo.
Al fondo del corredor, una silueta. Alta, inmóvil. Estática. Recortada contra una luz roja que emerge del filo final, al costado derecho del corredor.
El corazón me da un vuelco.
—¡Eh! ¡Policía! ¡Deténgase! —grito, apuntando con la Glock.
La figura no se mueve. Ni un temblor.
Avanzo despacio, linterna arriba, respiración contenida.
—Le ordeno que no se mueva. ¡Muéstrese!
La figura no se mueve. Solo está ahí, de pie… observando.
Camino hacia ella con la Glock apuntando al frente.
—¡Le estoy diciendo que se muestre!
Nada. Solo silencio.
Y de pronto, la silueta se eleva unos centímetros del suelo. El haz de la linterna titila. Detrás de ella, el aire se pliega. Mi respirar se vuelve más frío. Y detrás, algo se mueve, algo imposible: una mano negra, enorme, se desliza desde el filo del muro, como si la oscuridad misma tuviera dedos.
Me congelo. El corazón me late en los oídos. Corro. No pienso, solo corro dentro del corredor. Veo los dedos delgados, huesudos, como raíces moviéndose dentro de humo negro. Esa cosa sujeta con fuerza a la silueta y la arrastra hacia atrás, al vacío.
Desaparece.
—¡Héctor! —grito—. ¡Héctor, contesta!
Corro. El final del corredor se estira ante mí, los muros parecen respirar.
Doblo la esquina… y no hay nada. Solo polvo y una vieja gaveta, con una manguera de incendio colgando dentro. Sobre ella, un foco rojo palpitando. Mi pulso me golpea en las sienes.