La Cocina de César es una apasionante novela Omegaverse donde un arrogante chef alfa acostumbrado a controlar todo se enfrenta por primera vez a un talentoso omega que, marcado por un pasado de abusos y sacrificios, se niega a caer bajo su encanto mientras trabajan juntos frente a millones de espectadores. ¿Podrá alguien como César un alfa nacido en cuna de oro conquistar a alguien como Hamlet quien no piensa unir su vida a ningún alfa?
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Esperar junto a tí
El deportivo negro se detuvo frente a la entrada de urgencias.
Hamlet ni siquiera esperó a que el motor se apagara.
—¡Gracias, chef!
Abrió la puerta con rapidez.
—¡Hamlet!
El omega se volvió.
César ya estaba fuera del automóvil guardándose las llaves.
—No vas a entrar solo. Yo te acompaño.
—No hace falta...
—Claro que hace falta. Vamos.
Hamlet quiso protestar.
Pero las palabras no salieron.
Simplemente asintió.
Los dos cruzaron las puertas automáticas.
El olor a desinfectante, bullicio y olor a medicina golpeó de inmediato.
Una enfermera reconoció a Hamlet.
—¡Señor Capone!
—¿Mi mamá?
—El médico la está estabilizando. Espere aquí, por favor.
—¿Está estable, volvió en sí?
La mujer sonrió con tranquilidad.
—Sí. Ella es una guerrera.
Hamlet cerró los ojos.
Sintió que las piernas dejaban de responderle.
Se dejó caer en una silla de la sala de espera.
César permaneció a su lado sin decir una palabra.
Pasaron varios minutos.
Ninguno habló.
Hasta que...
—¿Quiere un café?
Hamlet negó lentamente.
—No podría tomarlo.
—Entonces agua. O una gaseosa.
Hamlet levantó la mirada.
—No tiene por qué quedarse.
—Ya estoy aquí. Así que no me iré hasta que sepa que ella está realmente bien.
—Puede irse. Yo le informo cómo sigue.
—No quiero. Quiero verlo con mis ojos.
La respuesta fue tan natural que Hamlet no supo qué contestar.
En ese momento apareció Saulo por videollamada.
El teléfono de César comenzó a sonar.
—¿Sí?
—¿Dónde demonios estás? Estoy en el loby desde hace ratazo ¿Te fuiste a morir o me dejaste plantado cara de guazon?—preguntó Saulo al otro lado.
—Estoy en el hospital. Te iba a dejar un mensaje.
—¿Pasó algo?
César miró de reojo a Hamlet.
—La mamá de Hamlet tuvo una recaída.
Saulo guardó silencio unos segundos.
—¿Está bien?
—Si. Todavía no sabemos que sucede exactamente. Estamos esperando.
—Entendido. Yo me encargo del estudio de mañana si hace falta. Pero tú no puedes faltar.
—Gracias.
—Y dile al rubio que no piense en el trabajo. Tiene el día libre.
—Lo haré.
Colgó.
— Tienes el día libre de mañana.
—¿En serio?
— Si.
Hamlet suspiró.
—El productor es buena persona.
César sonrió.
—No se lo digas. Se volverá insoportable.
Sin querer, Hamlet soltó una pequeña risa.
—¿Qué?
—Nada... me imaginé su cara.
—Sería capaz de mandar a imprimir una camiseta que diga "Saulo tenía razón".
—Eso sí lo creo.
Los dos rieron apenas unos segundos.
La tensión disminuyó un poco.
Entonces apareció un médico.
—¿Familiares de la señora Capone?
Hamlet se puso de pie de inmediato.
—Soy su hijo.
—La crisis ya fue controlada.
Hamlet dejó escapar el aire que llevaba varios minutos conteniendo.
—Gracias...
—Aún debemos mantenerla en observación, pero respondió bien al medicamento más agresivo.
—¿Puedo verla?
—En unos minutos. Estará boba por unas horas.
El médico se retiró.
Hamlet permaneció inmóvil.
Después giró hacia César.
Tenía los ojos húmedos.
—Gracias por no dejarme solo.
César negó con la cabeza.
—No tienes que agradecer eso.
—Sí tengo.
—Si que eres terco.
El silencio volvió a instalarse.
Esta vez era un silencio mucho más tranquilo.
Una enfermera apareció sonriendo.
—Ya pueden pasar. Ya le dije a su madre que está aquí.
Mientras caminaban por el pasillo, la enfermera observó a ambos.
Luego sonrió con picardía.
—Hace tiempo que no veía un amigo tan pendiente.
Hamlet se sonrojó ligeramente.
—Es... mi jefe.
La enfermera abrió mucho los ojos.
—¡Ah! Entonces retiro lo dicho.
César carraspeó incómodo.
—Creo que eso fue más incómodo que cocinar en vivo.
Hamlet no pudo contener la risa.
—Un poco.
La enfermera también terminó riéndose.
—Perdón, perdón. Los dejo pasar.
Cuando entraron a la habitación, la madre de Hamlet abrió lentamente los ojos.
Al ver a su hijo, sonrió con alivio.
—Llegaste... No debieron llamarte por esa tontería. Igual venías hacia acá.
Hamlet se acercó enseguida y tomó su mano.
—Claro que debían llamarme.
—¿Quién es el caballero?
La mirada de la mujer se dirigió hacia César. Supo que era alfa en cuanto cruzó la puerta.
Él dio un paso al frente con educación.
—Buenas tardes, señora. Soy César Tascone... trabajo con Hamlet.
La mujer sonrió.
—Gracias por traerlo tan rápido.
—No tiene nada que agradecer.
—Sí lo tengo.
La señora cerró los ojos un instante, todavía cansada y embobada por la medicación.
Luego volvió a abrirlos.
—Mi hijo siempre intenta cargar el mundo él solo.
Miró a Hamlet con ternura.
—Y, por lo visto... hoy alguien decidió ayudarlo a cargar un poquito de ese peso.
Hamlet bajó la cabeza, avergonzado.
César simplemente respondió con una sonrisa discreta.
—Para eso estamos los amigos.