**Valentina Reyes nunca pidió este trabajo.**
Un día, una oferta misteriosa aparece en su correo. Al siguiente, está parada en el elevador VIP de Grupo Austral, frente al hombre más intimidante que ha visto en su vida: Santiago Montero, el CEO que nadie se atreve a mirar a los ojos.
Sus dedos se rozan en el botón del piso 25. Una chispa de estática. Un chasquido visible.
Y desde ese momento, Santiago empieza a sentir todo lo que ella siente.
Su ansiedad. Su hambre. Su rabia contra el jefe explotador. Sus ganas de llorar viendo telenovelas a medianoche. Y algo peor: los latidos desbocados de su corazón cada vez que él se acerca demasiado.
El problema es que Santiago Montero no ha sentido absolutamente nada —ni miedo, ni alegría, ni tristeza— desde que tenía doce años.
Ahora, atrapado en las emociones de una chica que lo saca de quicio, Santiago tiene dos opciones: encontrar la forma de romper el vínculo... o admitir que, por primera vez en veinte años, no quiere dejar de sentir.
**Ella le devolvió el color a un mundo en blanco y negro. Pero, ¿qué pasa cuando él descubre que también puede sentir por cuenta propia?**
NovelToon tiene autorización de Angel_fr_Hell para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.
Capítulo 13
Cap 13: Sin privacidad
Santiago la alcanzó en tres zancadas.
—Estabas mirando al chico del escritorio tres. Herrera. —Lo dijo sin inflexión, como si estuviera leyendo un reporte—. La emoción que sentí fue desprecio. Específico. No generalizado. ¿Qué hizo?
Valentina midió sus opciones. Si decía la verdad —"estaba presumiendo sus métricas frente a Andrea para quedar como el mejor de los tres y dejarnos mal a Camila y a mí"— Santiago podría intervenir, y eso significaría que Valentina era una soplona. En el ecosistema laboral mexicano, un soplón era peor que un ladrón.
—Hay compañeros que se quedan tarde para que los vean los jefes —dijo, eligiendo la versión abstracta—. No porque tengan trabajo. Porque quieren puntos.
Santiago frunció el ceño.
—Si alguien está desperdiciando recursos de la empresa fingiendo productividad, deberías reportarlo formalmente. Es una ineficiencia.
—No funciona así.
—¿Cómo funciona?
Valentina lo miró. Él la miraba de vuelta con genuina confusión —no la falsa confusión de alguien que finge no entender para parecer superior, sino la real, la de un hombre que sinceramente no comprendía por qué reportar un problema era socialmente inaceptable.
—Si yo le digo a usted que un compañero está haciendo teatro, y usted lo confronta, todos sabrán que fui yo. Y desde ese momento, nadie me vuelve a hablar. No por lealtad al compañero, sino porque nadie quiere trabajar con alguien que habla con el jefe.
Santiago procesó esto durante cuatro segundos.
—Eso es ineficiente.
—Es humano.
Otro silencio. El Junghans del despacho marcaba las 17:45. La oficina estaba vaciándose con la urgencia de un viernes.
—Entiendo —dijo Santiago, con el tono de alguien que no entendía pero había decidido archivar el tema.
Valentina se sentó en el escritorio de asistente. Santiago entró a su oficina. La puerta quedó entreabierta —nunca la cerraba del todo cuando ella estaba ahí, como si necesitara ese canal abierto para mantener calibrada la señal emocional.
Y entonces Valentina pensó en algo que debería haber pensado antes.
—Señor Montero.
—¿Qué?
—¿Por qué la conexión es de un solo lado?
Santiago levantó la vista de su pantalla.
—Yo le transmito todo —continuó Valentina—. Usted sabe cuándo estoy enojada, triste, nerviosa, contenta. Sabe cuándo miento. Sabe cuándo insulto a alguien en mi cabeza. Pero yo no sé nada de usted. Nunca he sentido nada que venga de su lado. ¿Por qué?
Santiago la miró. Por un momento —tan breve que Valentina no estuvo segura de haberlo visto— algo se movió detrás de sus ojos. No una emoción. Más bien la sombra de una emoción, como el reflejo de un pez en agua turbia.
—O no me prestas atención —dijo—, o simplemente soy más tranquilo que tú.
La respuesta era pulida, lógica, y completamente falsa. Valentina lo supo porque su smartband no registró ni un cambio en su propio ritmo cardíaco al escucharla —lo cual significaba que Santiago la había dicho sin sentir nada, ni culpa por mentir ni incomodidad por evadir. Era la respuesta de alguien que no tenía nada que ocultar porque no había nada que mostrar.
"No es que sea más tranquilo. Es que está vacío."
Valentina no dijo eso. Se guardó el pensamiento, asintió, y volvió a la pantalla de su computadora.
---
A las 20:00, Valentina seguía sentada en el escritorio de asistente.
No tenía nada que hacer. Santiago le había asignado exactamente cero tareas. Emilio le había mandado un correo con "la guía de procedimientos internos" que resultó ser un PDF de cuatrocientas páginas que empezaba con "Grupo Austral fue fundado en 1987" y no terminaba nunca. Valentina llevaba tres horas fingiendo leerlo.
El problema era que no podía irse antes que Santiago. Eso no se hace. El asistente no sale antes que el jefe. Es una regla no escrita grabada en el ADN de todas las empresas mexicanas desde que existen los asistentes.
Santiago salió de su oficina a las 20:15. La vio.
—¿Qué sigues haciendo aquí?
—Estoy... leyendo el manual de procedimientos.
—Llevas tres horas sentada ahí fingiendo leer. —Ni siquiera era una acusación. Era una observación clínica—. Eso es exactamente lo mismo que los empleados que criticas por quedarse tarde sin motivo.
Valentina abrió la boca. La cerró. Abrió la boca otra vez. No le salió nada.
Tenía razón. Tenía toda la maldita razón. Ella —Valentina Reyes Mora, la que hacía cinco horas había despreciado a Diego por hacer exactamente lo mismo— estaba sentada en una silla a las ocho de la noche sin trabajo real, fingiendo productividad para quedar bien frente a su jefe.
—Vete a tu casa —dijo Santiago.
—Sí, señor.
—Y mañana llega a las nueve. No a las ocho. No a las siete. A las nueve. Cuando empiece tu horario.
Valentina recogió sus cosas con la velocidad de alguien que quiere desaparecer. Se colgó la bolsa, se puso los zapatos que se había quitado debajo del escritorio (esperaba que él no hubiera notado eso), y caminó hacia el elevador.
No miró hacia atrás. Si lo hubiera hecho, habría visto a Santiago de pie junto al escritorio vacío de ella, mirando la silla vacía con una expresión que no era ni alivio ni molestia. Era algo más sutil: la misma desorientación que se siente cuando un ruido de fondo constante —un ventilador, un refrigerador, el tráfico— se apaga de golpe, y el silencio resultante es demasiado silencio.
Su Apple Watch marcó 58 lpm. Paz.
Pero no la buena.
---
Sábado. 7:42 de la mañana.
Valentina estaba en la fila de Michi Café porque era la única forma de empezar el fin de semana sin sentir que la vida era un desierto emocional interrumpido por goteras.
La fila avanzó. Pidió su horchata latte. Pagó con la tarjeta de débito que ya estaba en números rojos pero que el fin de semana no contaba. Se giró con el vaso en la mano y miró hacia el interior del café.
Santiago estaba ahí.
Sentado en la mesa junto a la ventana, con un americano negro frente a él y la mirada fija en el cristal. Al otro lado del vidrio, un gato atigrado estaba acurrucado en el alféizar, con los ojos entrecerrados y la cola enrollada alrededor de las patas.
Santiago lo miraba. El gato dormitaba. Ninguno de los dos se movía.
Valentina se quedó de pie con su horchata latte, observando. La cara de Santiago no expresaba nada: no ternura, no curiosidad, no diversión. Era la misma cara que usaba para revisar informes financieros, pero dirigida a un gato. Como si mirar al gato fuera una tarea que debía completar antes de pasar a la siguiente actividad.
"Viene aquí todos los días. Se sienta en el mismo lugar. Pide lo mismo. Mira al mismo gato."
No era un hábito. Era una estructura. Un armazón de rutinas diseñado para sostener un día que, sin ellas, no tendría ninguna forma. Valentina reconocía eso —lo había visto en documentales sobre astronautas en estaciones espaciales: cuando no hay gravedad, necesitas horarios rígidos para no perder la orientación.
Santiago vivía sin gravedad emocional. Y Michi Café, el americano negro, y el gato del alféizar eran sus horarios.
Valentina cruzó el café y se sentó frente a él.
Santiago levantó la vista. No pareció sorprendido. Tampoco pareció contento ni molesto. La miró como miraba todo: con la atención de alguien que procesa datos, no emociones.
—Buenos días —dijo Valentina.
—Buenos días.
Silencio. El gato bostezó. La máquina de espresso silbó detrás del mostrador.
Valentina tomó un sorbo de su horchata. Santiago tomó un sorbo de su americano. Ninguno habló. Pero por primera vez desde que se conocían, el silencio entre ellos no se sentía incómodo. Se sentía como el primer minuto de un idioma nuevo —extraño, torpe, pero con la promesa de que eventualmente tendría sentido.
Valentina miró al gato. Luego miró a Santiago mirando al gato. Y en su cabeza, una pregunta se formó sin permiso:
"Si él nunca ha sentido nada... entonces la risa de ayer en la junta... ¿de dónde salió?"