dioses, vampiros y amor
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CAPÍTULO 12: El Despertar de las Cadenas
El ambiente de fraternidad del restaurante fue el último rastro de paz que conocerían. Al pronunciar Shion la palabra "Promesa", el destino, que no perdona, activó el mecanismo final. El clic no fue solo un sonido; fue la ruptura del velo.
La oscuridad no llegó gateando, sino que estalló. El restaurante se convirtió en un campo de matanza cuando las sombras se materializaron en demonios de garras curvas y monstruosidades que parecían trozos de pesadilla cosidos con odio. El Trío de Oro y los hermanos se pusieron en guardia, pero la autoridad de Shion se alzó por encima del caos.
—¡Formación de asalto! ¡Mizuki, a la vanguardia! ¡William, cubre a los civiles! —las órdenes de Shion no eran de una recluta; eran de un general.
Mientras los demás peleaban, Shion se fijó en la Sombra principal. Aquel ente no atacaba, solo flotaba, observándola con ojos que eran pozos de nada
—Caballero... —susurró la Sombra. Shion sintió un frío glacial en la médula—. El Caballero ha despertado. Los Dioses han sentido tu luz en el cosmos, y ellos... siempre reclaman lo que es suyo.
La Sombra soltó una carcajada estridente y se desvaneció, dejando a Shion con una sensación de ardor insoportable. Sintió cadenas invisibles apretando sus muñecas y tobillos, el peso de milenios de servidumbre regresando a ella. Pero no se detuvo; tenía una familia que proteger.
El error del Cuervo
El refuerzo del JNC llegó en medio del estruendo. Los Namikaze se unieron a la refriega. Pero Usui no era el mismo; el alcohol en su sangre lo hacía lento, su juicio estaba nublado por la imagen de Shion y la desesperación. En un movimiento torpe, chocó contra Ana mientras intentaba esquivar un ataque.
Ese segundo de distracción fue fatal. Un demonio de élite lanzó un proyectil de energía oscura directo hacia el pecho de Usui.
—¡ANA! —gritó William.
—¡USUI! —rugió Alfred.
Pero el impacto nunca llegó a ellos. Shion se interpuso.
El ataque le atravesó el costado del estómago. El sonido de la carne quemada y el chorro de sangre carmesí que salió de su boca congelaron el campo de batalla. Usui y Ana quedaron en shock, mirando a la chica que acababa de recibir una herida mortal por su descuido.
—O despabilan... o los mato yo misma —escupió Shion, con la sangre corriéndole por la barbilla y los ojos encendidos en un fuego rojo puro.
La explosión divina
La rabia de los hermanos fue el catalizador. Mizuki sintió un aura oscura, densa como el petróleo, brotar de sus poros; los monstruos retrocedieron, reconociendo al Guardián del Abismo. Minori sintió una chispa eléctrica recorrer sus dedos, una luz blanca que cegaba a los demonios.
Al unísono, los tres hermanos liberaron un pulso de poder que barrió la calle. No fue una técnica ninja; fue una manifestación de su esencia divina. Y con ese poder, llegó la marea de recuerdos.
Cada uno de los presentes vio fragmentos de su gloria y su tragedia. Vieron a Shion arrodillada ante ellos, protegiéndolos mientras los dioses les arrebataban la vida. Vieron sus propias muertes y sus nacimientos. El Trío de Oro comprendió por qué siempre se sintieron incompletos; los Namikaze entendieron por qué su sangre siempre les pedía más.
El precio del Caballero
Cuando el último demonio se desintegró, el silencio regresó, pero era un silencio roto. Shion caminó hacia Usui, que seguía de rodillas, temblando por la realización de quién era él y quién era ella.
Shion lo miró con un desprecio total, una mirada cargada de siglos de decepción.
—Todavía no eres digno de ese nombre —murmuró, antes de que sus ojos se pusieran en blanco.
Se desplomó. Sus hermanos, agotados por la liberación de su poder, cayeron inconscientes a pocos metros de ella, incapaces de alcanzarla. Usui la atrapó, sintiendo el calor de su sangre en sus manos, mientras en su mente resonaba la misma frase que Shion escuchó antes de que la oscuridad la reclamara:
"Caballero... despertaste."
El Despertar en el JNC
Shion abrió los ojos en la enfermería del JNC, pero ya no era la misma. Sus ojos estaban inyectados en sangre y su cuerpo, aunque se curaba, se sentía pesado, como si arrastrara grilletes de plomo.
A su alrededor, el ambiente era de funeral. Sus amigos y hermanos estaban despertando en las camas contiguas, todos con la mirada perdida, procesando que sus vidas "normales" habían terminado. Ya no eran simples ninjas. Eran los hijos de los dioses, y el Caballero —la única que siempre sufrió por ellos— estaba de pie, lista para la guerra.