Ningún sacrificio es suficiente cuando la subsistencia de muchos está en juego.
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Un mundo muy parecido
La mañana del último día del solsticio no comenzó con el estruendo de una alarma electrónica, sino con el canto de unas aves que Adrian no pudo identificar, cuyas notas parecían tejidas con el mismo aire del bosque. Al abrir los ojos en la habitación circular, Adrian sintió un peso extraño en el pecho. No era dolor, sino la ausencia del zumbido constante de sus implantes y sensores. Estaba "ciego" para la Orden Helix, pero por primera vez en su vida, sus ojos biológicos empezaban a enfocar con una claridad aterradora.
Salió de su estancia y se dirigió hacia la zona común, un espacio abierto donde la arquitectura del árbol gigante se ensanchaba para formar una especie de plaza suspendida. El desayuno en el Enclave no era el acto funcional y solitario al que Adrian estaba acostumbrado en la sede de la Orden, donde se ingerían barritas proteicas frente a monitores tácticos. Aquí, era una coreografía de vida.
Se detuvo en la barandilla de madera, observando la escena. En una de las mesas comunales, un grupo de lobos jóvenes reía ruidosamente mientras compartían hogazas de pan recién horneado y fruta silvestre. Sus movimientos eran atléticos, casi feroces, pero sus risas eran idénticas a las de los cadetes de la Academia en sus raros momentos de descanso. A pocos metros, una mujer de piel pálida y movimientos pausados —una vampira, según los registros de Adrian— ayudaba a una niña elfa a trenzar flores de invierno en su cabello plateado. No había depredación en su mirada, solo una paciencia maternal que desarmaba cualquier manual de combate de Helix.
—Parece que el bosque te ha dado una buena noche de descanso —dijo Aeryn, apareciendo a su lado con dos tazas de madera tallada que emanaban un aroma a hierbabuena y miel.
—Es... diferente a lo que estoy acostumbrado —respondió Adrian, aceptando la taza. Sus dedos rozaron los de ella, y esta vez, el Velo de Leteo no pudo evitar que un leve calor subiera por su brazo.
Caminaron juntos por el asentamiento mientras el día avanzaba. Adrian se obligó a observar con el ojo de un espía, pero lo que encontraba eran discrepancias sistemáticas con su entrenamiento. En la Academia, le habían enseñado que los vampiros eran parásitos emocionales, seres fríos que solo simulaban humanidad para cazar. Sin embargo, vio a un anciano vampiro sentado bajo un haz de luz solar filtrada —protegido por la magia del velo— leyendo un libro de poesía a un grupo de niños mestizos. El hombre se detuvo para explicar una metáfora, y la pasión en su voz era tan real como el sol que lo rodeaba.
—¿Por qué leen poesía? —preguntó Adrian, casi para sí mismo.
—Porque la inmortalidad sin belleza es solo una condena, Adrian —respondió Aeryn, como si fuera la cosa más lógica del mundo—. Mi padre dice que los humanos creen que nosotros vivimos para sobrevivir, pero la verdad es que sobrevivimos para poder vivir. Para sentir.
A media mañana, Aeryn lo llevó a los talleres artesanales. Allí, Adrian vio a un grupo de faes trabajando el vidrio soplado junto a lobos que moldeaban el hierro. No había jerarquías de especies; solo artesanos compartiendo un oficio. Uno de los lobos, un hombre corpulento con cicatrices en los brazos, se detuvo para secarse el sudor y le sonrió a Adrian.
—¿Eres el humano amigo de Aeryn, verdad? —preguntó el hombre con una voz profunda pero amable—. Bienvenido. Si necesitas que te arreglemos ese reloj que llevas, tráelo. Aunque aquí las cosas suelen funcionar mejor con el pulso del corazón que con engranajes.
Adrian asintió, sintiéndose un impostor. "El humano amigo de Aeryn". La etiqueta le pesaba más que su propia daga oculta. Durante el transcurso del día, participó en las tareas cotidianas. Ayudó a cargar cestas de leña para la ceremonia final y se encontró conversando con un elfo sobre la rotación de los cultivos en el valle oculto del Enclave. El elfo hablaba de sus sueños de ver el mar algún día, un deseo tan mundano y humano que Adrian tuvo que apartar la mirada.
En su mente, las lecciones de Helix empezaban a desmoronarse. “No tienen alma”, decían sus instructores. “Son anomalías biológicas que deben ser corregidas para la seguridad de la especie humana”. Pero mientras compartía un guiso de legumbres al mediodía con una familia mixta, escuchando sus preocupaciones sobre el invierno y sus esperanzas para la próxima primavera, Adrian no veía anomalías. Veía personas. Veía sentimientos, miedos por el futuro de sus hijos y una lealtad hacia su hogar que él solo había sentido hacia una bandera de acero.
La mayor discrepancia surgió por la tarde, cuando visitaron la zona de los "Sanadores". Adrian esperaba ver laboratorios oscuros o rituales sangrientos. En su lugar, encontró un jardín de hierbas medicinales donde Lyra supervisaba la preparación de ungüentos.
—La mayoría de nuestras medicinas son las mismas que usaban tus antepasados, Adrian —dijo Lyra, acercándose a él mientras Aeryn saludaba a una de las sanadoras—. Solo que nosotros recordamos cómo hablarle a la planta para que entregue su esencia.
—En la ciudad decimos que la magia es solo ciencia que aún no entendemos —comentó Adrian, tratando de mantener su fachada racionalista.
—Y en el bosque decimos que la ciencia es solo magia que ha perdido su asombro —replicó Lyra con una sonrisa sabia—. Dime, joven Valerius... después de pasar el día con nosotros, ¿sigues creyendo que somos el peligro que el mundo exterior cuenta en susurros?
Adrian guardó silencio. No podía mentir bajo la mirada de la loba, y no podía decir la verdad bajo el peso de su misión.
—Veo que son mucho más complejos de lo que los libros sugieren, señora. Veo que tienen mucho que perder.
—Todos tenemos algo que perder, Adrian. Por eso construimos muros. Pero a veces, el muro más difícil de derribar es el que llevamos dentro de la cabeza.
A medida que el sol comenzaba a descender, tiñendo el cielo de un color violeta y oro, la atmósfera del Enclave cambió. La convivencia relajada dio paso a una solemnidad vibrante. Los habitantes comenzaron a vestirse con túnicas de lino blanco y gris, preparándose para la última ceremonia del solsticio: la clausura que sellaría el velo por un año más.
Adrian regresó a su habitación para prepararse, pero se detuvo frente al espejo. Sus manos temblaban ligeramente. El "Velo de Leteo" estaba fallando estrepitosamente; sin la recalibración de Helix, el medicamento estaba siendo metabolizado por su cuerpo, y las emociones que habían estado reprimidas durante años estaban emergiendo con la fuerza de una inundación.
Sentía el peso de la piedra de Miri en su bolsillo, como un ancla moral. Recordó la risa del lobo artesano, la poesía del anciano vampiro y, sobre todo, la confianza ciega en los ojos de Aeryn. Si él entregaba la ubicación, si Helix lograba romper el velo, todas esas vidas —esas esperanzas, esos sueños de ver el mar— serían borradas por el fuego de la Purga Solar en nombre de una "seguridad" que ahora le parecía una excusa para el miedo.
Había pasado el día conviviendo con "monstruos" y solo había encontrado espejos de su propia humanidad.
Aeryn llamó a su puerta. Estaba vestida con una túnica de seda blanca que parecía capturar la luz de la luna naciente. Se veía etérea, casi divina.
—Es hora —dijo ella con una voz suave pero firme—. Mi padre nos espera en las Crónicas de Sangre. Es el momento en que el Enclave recuerda su origen y reafirma su futuro.
Adrian asintió, enderezando su chaqueta. Ya no se sentía como un cazador infiltrado. Se sentía como un hombre caminando hacia su propia ejecución, o hacia su redención. El aislamiento de Helix era total; estaba solo con su conciencia en el corazón de la magia.
Caminaron juntos hacia la parte más profunda de la casa principal, allí donde las raíces del árbol se hundían en la roca viva. Adrian sabía que lo que estaba a punto de ver cambiaría su vida para siempre. Las discrepancias entre lo que sabía y lo que veía ya no podían ser ignoradas. El mundo no era blanco y negro, ni humano y sobrenatural. Era, simplemente, vida intentando persistir contra la oscuridad.
Y él, el hijo de los verdugos, estaba a punto de entrar en el salón donde se guardaba la memoria de todas las víctimas de su estirpe. Mientras bajaba las escaleras de piedra hacia las Crónicas de Sangre, Adrian Valerius no sabía que la verdadera purga no sería solar, sino la que estaba ocurriendo dentro de su propio ser.