NovelToon NovelToon
Ángel De La Muerte

Ángel De La Muerte

Status: Terminada
Genre:Casos sin resolver / Mafia / Traiciones y engaños / Completas
Popularitas:3.6k
Nilai: 5
nombre de autor: Jisieli

Una exsoldado llamada Jessica Greys, es contratada para proteger a un genio informático que acaba de hackear al gobierno de Estados Unidos.

¿Qué sucederá en este trayecto tan peligroso?



Hola, espero que disfruten mi nueva novela🤗

NovelToon tiene autorización de Jisieli para publicar esa obra, el contenido del mismo representa el punto de vista del autor, y no el de NovelToon.

CAPÍTULO 13: La Red Invisible

La ciudad de Winchester, Virginia, se despertaba con la parsimonia de los lugares que no esperan visitantes importantes. Jessica condujo la furgoneta robada por calles arboladas, pasando frente a casas victorianas y comercios locales que apenas empezaban a abrir sus puertas.

—¿Seguro que aquí estaremos seguros? —preguntó Mateo desde el asiento trasero, con Daniel dormido en su regazo.

—Ningún lugar es seguro —respondió Jessica—, pero este es discreto. Hay una universidad pequeña, una biblioteca pública, varios cibercafés. Suficiente para lo que necesitamos.

Aparcaron detrás de un motel de carretera, el tipo de establecimiento que alquilaba habitaciones por horas a parejas furtivas y viajantes de comercio con pocas preguntas. Jessica pagó en efectivo por tres días y entraron por una puerta lateral que daba directamente al aparcamiento.

La habitación era amplia, con dos camas dobles, un baño minúsculo y un televisor pegado a la pared. Olía a lejía y a humedad, pero después de la noche en el coche, cualquier cama parecía un lujo.

—Descansad —dijo Jessica, dejando su bolsa en el suelo—. Yo vigilo las primeras horas. Luego turnos.

—Deberías dormir tú también —protestó Kaeil.

—Dormiré cuando estemos a salvo.

Mateo y Elena se acostaron en una de las camas, con Daniel entre ellos. El niño, agotado por la tensión y el llanto, se durmió casi al instante. Kaeil se sentó en la otra cama, junto a Jessica, que había corrido la cortina apenas unos centímetros para observar el aparcamiento.

—No vas a dormir, ¿verdad? —preguntó él en voz baja.

—No.

—Entonces yo tampoco.

Ella volvió la cabeza y lo miró. La luz tenue de la mañana que se filtraba por la cortina dibujaba sombras suaves en su rostro.

—Necesitas descansar. Mañana —hoy— tendrás que trabajar. Acceder a la nube, preparar la publicación. Necesitas la cabeza despejada.

—No podré dormir con todo esto en la cabeza.

—Inténtalo al menos.

Kaeil dudó, luego se recostó en la cama, sin quitarse los zapatos. Jessica siguió en su puesto, vigilante. El silencio se llenó del ruido lejano de algún camión en la carretera, del zumbido del aire acondicionado.

—Jessica —murmuró Kaeil al cabo de un rato.

—¿Qué?

—¿Crees que lograremos publicarlo?

Ella tardó en responder.

—No lo sé. Pero lo intentaremos. Es lo único que podemos hacer.

—Y después, ¿qué?

—Después... no lo sé. Nunca he pensado más allá de la siguiente misión.

Kaeil se incorporó sobre un codo.

—Quizás deberías empezar. Pensar en un después. En algo que no sea correr y pelear y matar.

—¿Como qué?

—Como una vida normal. Una casa. Alguien con quien compartirla.

Jessica lo miró largamente. Luego, muy despacio, esbozó una sonrisa.

—¿Me estás pidiendo que me jubile contigo?

—Tal vez.

—Eres un tonto.

—Ya lo sé. Pero tú sonreíste.

Ella negó con la cabeza, pero la sonrisa no desapareció.

—Duerme, Kaeil.

Él obedeció, y por primera vez en días, el sueño llegó sin pesadillas.

---

Despertó pasadas las tres de la tarde. Jessica seguía en la ventana, pero ahora había una taza de café vacía a su lado y una expresión más relajada.

—¿Algo? —preguntó Kaeil, incorporándose.

—Nada. Tranquilo todo. Demasiado tranquilo, quizás.

—¿Eso es malo?

—Puede que solo sean premoniciones mías. Vete a lavar la cara. Luego tenemos trabajo.

En el baño, Kaeil se miró al espejo. Tenía ojeras profundas, la barba crecida, la ropa sucia. Parecía un vagabundo. Se mojó la cara, se peinó con los dedos, e hizo una mueca. No había mucho que pudiera hacer.

Cuando salió, Elena había preparado café en una cafetera eléctrica que encontró en un armario. Mateo estaba sentado en la cama, mirando a su hijo jugar en el suelo con unas llaves viejas.

—¿Listo? —preguntó Jessica.

—Listo.

—He estado pensando. No podemos ir a un cibercafé cualquiera. Demasiado riesgo. Necesitamos un lugar con muchos ordenadores, donde podamos pasar desapercibidos.

—¿La biblioteca de la universidad?

—Puede. Pero tendremos que esperar a que haya movimiento. Horas punta, cuando esté llena de estudiantes.

—¿Y cómo entramos? No tengo carné de estudiante.

—Yo me encargo.

Salieron al atardecer. Jessica había cambiado su vestido negro por ropa más discreta —vaqueros, camiseta negra, una cazadora— que encontró en una tienda de segunda mano. Kaeil llevaba una sudadera con capucha, comprada en la misma tienda. La mochila, con el portátil inservible, la habían dejado en el motel. Solo llevaban un pen drive vacío y la dirección de la nube grabada en la memoria de Kaeil.

La biblioteca de la Universidad de Shenandoah era un edificio moderno de cristal y acero, situado en el corazón del campus. A esas horas, las seis de la tarde, estaba llena de estudiantes: unos estudiando en grupos, otros en los ordenadores, otros simplemente vagueando por los pasillos.

Jessica y Kaeil entraron como uno más. Nadie los miró.

Encontraron una fila de ordenadores libres en la segunda planta, junto a una ventana con vistas al aparcamiento. Kaeil se sentó, conectó el pen drive y comenzó a teclear.

—Vigila —susurró—. Esto puede llevar un rato.

Jessica se colocó de espaldas a la pared, con vista a la entrada y a las escaleras. Su mano derecha descansaba en el bolsillo de la cazadora, donde llevaba la pistola.

Kaeil trabajó con una concentración absoluta. Sus dedos volaban sobre el teclado, abriendo ventanas, ejecutando comandos, sorteando firewalls. La conexión era lenta, pero suficiente. Accedió a la nube a través de siete proxies diferentes, cada uno en un país distinto, y comenzó la descarga.

—¿Cuánto falta? —preguntó Jessica al cabo de veinte minutos.

—Media hora más. Los archivos pesan.

—Mierda.

—¿Qué?

—Dos hombres. Abajo. Preguntando en recepción.

Kaeil sintió que la sangre se le helaba.

—¿Estás segura?

—Sí. Y no tienen pinta de estudiantes. Sigue trabajando. Yo vigilo.

Los minutos se hicieron eternos. Kaeil miraba la barra de progreso, rogando que avanzara más rápido. 50%. 60%. 70%.

—Ya suben —dijo Jessica en voz baja—. ¿Cuánto?

—Ocho por ciento. Necesito cinco minutos más.

—No los tenemos.

Jessica se separó de la pared y caminó hacia las escaleras. Kaeil la vio desaparecer, y el corazón le dio un vuelco. Quería seguirla, pero no podía. No podía perder los archivos. No después de todo.

80%. 85%.

Oyó un ruido. Gritos. Alguien cayendo por las escaleras. Más gritos.

90%. 95%.

Jessica apareció de nuevo, jadeante, con el labio partido.

—Ya —dijo Kaeil, arrancando el pen drive—. Tengo todo.

—Corre.

Bajaron por las escaleras de incendios mientras detrás sonaban más gritos y el estruendo de los refuerzos llegando. Salieron al exterior por una puerta que daba a un callejón, y corrieron. Corrieron sin mirar atrás, saltando vallas, esquivando contenedores de basura, hasta que llegaron a una calle comercial y se mezclaron con la multitud.

—¿Lo tenemos? —jadeó Jessica, apoyada contra una pared.

Kaeil mostró el pen drive, brillando bajo las luces de neón.

—Todo. Todo lo que necesitamos.

Jessica sonrió. Una sonrisa amplia, auténtica, que le iluminó el rostro manchado de sangre.

—Bien. Ahora vamos a joder a ese hijo de puta.

Se abrazaron en medio de la calle, mientras la gente pasaba a su alrededor sin mirarlos. Por un momento, solo existieron ellos dos.

Luego, Kaeil sintió algo caliente en el costado. Miró hacia abajo. Una mancha roja se extendía sobre su sudadera.

—Jessica —susurró—. Creo que me han disparado.

Ella lo miró, horrorizada. La sangre brotaba de una herida en su costado, un agujero pequeño pero profundo.

—No —dijo ella—. No, no, no.

—Tranquila —murmuró Kaeil, mientras las fuerzas lo abandonaban—. Solo... solo sigue. Publica los archivos. Por mí.

Y se desplomó en sus brazos.

1
Maria Laura Perez
Excelente
magali cangana
Hermosa historia que nace de la Vida, te muestra como un encuentro se transforma en un amor fuerte capaz de superar las adversidades con las que se encuentran en el camino, amistades que se prolongan en el tiempo capaces de transformarse en una gran familia amorosa, fuerte y leal. Felicitaciones autora sigue escribiendo más historias tan atractivas como esta.
NovelToon
Step Into A Different WORLD!
Download MangaToon APP on App Store and Google Play