Elena nunca imaginó que su libertad tendría un precio tan alto. Con su madre al borde de la muerte y las deudas asfixiándola, se ve obligada a aceptar la propuesta del hombre más poderoso y enigmático de la ciudad: Ernesto Blackwood.
El trato es sencillo: un año de matrimonio falso, una firma en un papel y ninguna pregunta. Ernesto necesita una esposa para cumplir con un legado familiar, y Elena necesita el dinero para salvar lo único que ama. Sin embargo, tras las puertas de la imponente mansión Blackwood, ella descubrirá que Ernesto es un hombre de secretos oscuros y una presencia letal.
Ahora, Elena se enfrenta a un desafío que no estaba en el contrato: sobrevivir a la intensidad de un hombre que no acepta un "no" por respuesta. En este juego de poder, ella aprenderá que no hay nada más letal que el peligro de amarlo.
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El refugio de las sombras
La lluvia de la ciudad ya no se sentía elegante desde el asiento de un coche blindado; ahora, golpeando nuestros rostros mientras caminábamos por las calles secundarias, se sentía como una condena. Ernesto me llevaba de la mano, con un agarre tan fuerte que podía sentir el pulso acelerado de su corazón a través de su palma. Habíamos dejado atrás la Torre Blackwood, nuestras cuentas bancarias bloqueadas y nuestra dignidad pisoteada por los mismos hombres que antes le hacían reverencias.
—No podemos ir a los hoteles, Elena —dijo Ernesto, su voz ronca mezclándose con el sonido del tráfico—. Si el Consejo ha tomado el control, tienen ojos en cada recepción de cinco estrellas. Saben cómo rastrear mi firma y mis tarjetas.
—¿A dónde vamos, entonces? —pregunté, tiritando de frío. El vestido de gala, ahora empapado y sucio en los bordes, era un recordatorio patético de la altura desde la que habíamos caído.
Él no respondió de inmediato. Se detuvo frente a un edificio de ladrillos rojos en una zona de la ciudad que yo nunca habría visitado voluntariamente. Era un barrio de almacenes abandonados y luces de neón parpadeantes. Ernesto sacó una llave vieja de su bolsillo, una que no parecía pertenecer al mundo de los diamantes negros.
—Es un antiguo apartamento que compré a nombre de un testaferro hace años, antes de conocerte —explicó mientras subíamos unas escaleras metálicas que crujían bajo nuestro peso—. Nadie sabe que esto existe. Es el único lugar donde somos invisibles.
El apartamento era pequeño, frío y olía a polvo y soledad. No había mármol ni seda. Solo una cama vieja, una mesa de madera y una ventana pequeña que daba a un callejón oscuro. Ernesto cerró la puerta con tres cerrojos y se apoyó contra ella, cerrando los ojos. El hombre invencible que yo conocía parecía estar desmoronándose frente a mí.
—Lo he perdido todo, Elena —susurró, y por primera vez, no hubo rastro de arrogancia en su voz—. Te prometí que pagaría tu deuda, que te daría seguridad... y ahora te he traído a un agujero en la pared. Soy un Blackwood sin nombre.
Me acerqué a él, ignorando el frío de mis propios huesos. Le puse las manos en el pecho, sintiendo la humedad de su camisa.
—No lo has perdido todo —le dije, obligándolo a mirarme—. Me tienes a mí. Y por primera vez, no es por un contrato ni por una deuda. El Consejo cree que nos ha quitado el poder, pero no saben que lo que nos hacía fuertes no era el dinero de la empresa.
Ernesto me miró con una intensidad desgarradora. En la penumbra de ese apartamento abandonado, la máscara de frialdad terminó de caer. Me tomó por la cintura y me acercó a él, ocultando su rostro en mi cuello. Sentí su respiración entrecortada y supe que este era el momento en que nuestras almas finalmente se fusionaban.
—Alexander Rossi dijo que tu nombre estaba en sus listas de activos —dijo él, separándose un poco para acunar mi rostro—. Eso significa que tu padre no solo debía dinero. Vendió tu libertad a personas que no juegan bajo ninguna regla. Este matrimonio era mi forma de sacarte de su radar, pero ahora que la junta me ha traicionado, el radar está sobre ambos.
—Entonces lucharemos —respondí con una determinación que nació del miedo—. Si mi padre cometió errores, yo los pagaré, pero no dejaré que nos destruyan. Tenemos el diario que rescaté. Tiene que haber algo ahí, una pista sobre quiénes son esos hombres del Consejo.
Ernesto asintió, una chispa de su antiguo fuego regresando a sus ojos grises. Se acercó a la mesa y extendió el diario que yo había rescatado de la biblioteca.
—Si vamos a hacer esto, Elena, ya no hay marcha atrás. Mañana empezaremos a rastrear los nombres. Pero esta noche... esta noche solo quiero olvidar que el mundo afuera está intentando devorarnos.
Me besó con una desesperación nueva, una que no buscaba poseer, sino encontrar refugio. En esa habitación destartalada, rodeados de sombras y peligro, el "Peligro de Amarte" dejó de ser una advertencia para convertirse en nuestra única salvación. Ya no éramos el millonario y la huérfana; éramos dos fugitivos dispuestos a todo por recuperar su libertad.