Relatos cortos del héroe multiversal Perseo, contado desde la mente de Exístencia, el creador de la realidad y del ser. Ven y ve el abismo y la luz como nunca antes creíste poder verles, adéntrate en esta historia de tragedias, triunfo que saben a derrotar y a la valentia que tiene un alma eterna que viaja libre sin las cadenas de la existencia escrita sobre su ser.
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Parte: 3.
3. La última sangre.
El aire dentro del traje de Perseo comenzaba a sentirse pesado, cargado con el olor a su propio sudor y el miedo que no lograba disipar. La puerta de la hidropónica seguía vibrando bajo los golpes de las criaturas, pero el sonido que más le preocupaba era el murmullo que subía por sus pies, una vibración que parecía conocer los recovecos de su mente.
—Andrómeda, ¿qué son esas voces? —preguntó Perseo, alejándose de la puerta y adentrándose en el pasillo de mantenimiento, un lugar de techos bajos y cables colgantes que parecían serpientes muertas.
—No hay registros de transmisiones de audio en esta zona, Perseo —respondió la IA—. Lo que percibes es probablemente una interferencia psiónica o una respuesta alucinógena a las esporas que lograron adherirse al exterior de tu traje. Mi sistema de análisis sugiere que ignores cualquier estímulo auditivo que no provenga de mi canal.
—No son alucinaciones —insistió él, sintiendo un escalofrío—. Dicen mi nombre. Dicen que el Comandante me espera.
Andrómeda guardó silencio durante tres segundos, un tiempo inusualmente largo para una inteligencia de su calibre.
—He detectado una anomalía en mi núcleo de procesamiento —respondió Andrómeda—. Hay un proceso externo intentando reescribir mis protocolos de protección. Alguien, o algo, está utilizando las terminales de la nave para intentar tomar el control de mi interfaz contigo. Debemos llegar al nodo de datos local antes de que mi integridad se vea comprometida.
Perseo apretó el rifle y comenzó a avanzar por el túnel de mantenimiento. El espacio era tan estrecho que sus hombros rozaban las paredes, que, para su horror, ya no eran de acero frío, sino que estaban recubiertas por una membrana fina y húmeda que se estiraba al contacto. Cada vez que tocaba la pared, la membrana emitía una luz bioluminiscente tenue, revelando venas que transportaban un fluido rojo eléctrico.
—La nave está... cambiando su propia tecnología por algo orgánico —observó Perseo en voz alta.
—Es una conversión bio-mecánica —explicó Andrómeda, su voz ahora con un ligero estático—. La entidad Amine utiliza el silicio y el metal como armazón para su propia red neuronal. Está convirtiendo la Nautilos-Magna en un sistema nervioso gigante. Si no recuperamos el nodo de datos, perderé la capacidad de abrirte las puertas de seguridad.
Llegaron a una cámara circular donde convergen varios tubos de ventilación. En el centro, una columna de cables colgaba del techo, conectada a una terminal que parpadeaba con una luz roja errática. Pero la terminal no estaba sola. Una masa de raíces sangrientas la envolvía por completo, y los cables parecían haber sido pelados para fusionarse con los brotes rojos.
—Ese es el nodo —dijo Andrómeda—. Debes conectar tu puerto de muñeca al terminal manual. Tu ADN actuará como una llave de paso que la entidad no puede replicar todavía. Pero ten cuidado, la biomasa defenderá el acceso.
Perseo se acercó con cautela. Las raíces alrededor de la terminal parecían dormidas, pero a medida que su mano se aproximaba, empezaron a erizarse como el pelaje de un animal agresivo. De repente, una de las raíces se disparó hacia su brazo. Perseo fue más rápido y la cortó con el cuchillo de combate que llevaba en la pierna. Un chorro de líquido caliente y negro salpicó su visor.
—¡Hazlo ahora! —gritó la IA.
Perseo hundió su conector en la ranura, que estaba llena de un moho pegajoso. Al instante, una descarga eléctrica recorrió su brazo, haciéndole gritar de dolor. En su visor, miles de líneas de código empezaron a pasar a una velocidad vertiginosa. Vio imágenes fragmentadas: el espacio profundo, un objeto oscuro y geométrico impactando contra el casco de la Nautilos-Magna, y luego... la cara de su padre.
Pero no era el rostro que recordaba. En los datos del sistema, Cassian aparecía en las cámaras de seguridad del puente, rodeado de una luz blanca cegadora, con los brazos abiertos mientras las raíces entraban por su boca y oídos. No estaba luchando. Estaba aceptando.
—Andrómeda, ¿qué es esto? ¿Mi padre... él lo permitió?
La voz de la IA volvió, ahora más clara, pero con un tono que Perseo no supo identificar.
—El Comandante Cassian inició el protocolo “Semilla de Amine”. Los registros indican que él consideró que la humanidad había llegado a su límite biológico. La entidad no es una invasora en el sentido tradicional; fue invitada a bordo.
El suelo bajo Perseo se abrió. No fue una explosión, sino que las placas de metal simplemente se deshicieron en un líquido corrosivo. Perseo cayó por un agujero oscuro, sintiendo cómo el aire se escapaba de su traje por una pequeña fisura en su bota.
Cayó sobre algo blando. Al encender la luz de su casco, vio que estaba en una cámara de descompresión secundaria, pero el lugar estaba inundado hasta las rodillas por un agua estancada y rojiza. Y lo peor: el aire estaba saturado de esporas tan densas que parecían una tormenta de arena roja.
—Fallo en la integridad del traje detectado —anunció Andrómeda con una calma aterradora—. Sellando bota. Tiempo estimado de protección contra esporas: cinco minutos. Perseo, hay algo más en esta cámara contigo.
Perseo se puso de pie, el agua chapoteando alrededor de sus piernas. El visor de su casco empezó a empañarse por dentro. Limpió el cristal con el guante, solo para ver una figura emergiendo del agua roja. No tenía forma humana definida, era una amalgama de torsos y cabezas que se retorcían en una agonía silenciosa, todos unidos por una columna vertebral central que se elevaba hacia el techo.
—El Protocolo de la Última Sangre ha sido activado —dijo la masa de carne con una voz que era la suma de cien voces diferentes—. Tú eres la pieza que falta, Perseo. El ADN puro que necesitamos para que la Nautilos-Magna pueda nacer de nuevo.
Perseo levantó su rifle, pero el arma emitió un pitido de error. La biomasa en la terminal anterior había introducido un virus orgánico en su equipo. Estaba desarmado, atrapado en una cámara llena de veneno y frente a una abominación que reclamaba su sangre.
—Andrómeda, ayúdame… —susurró, sintiendo cómo el primer rastro de esporas lograba colarse por la fisura de su bota, quemando su piel como ácido.
—Estoy intentando reiniciar los sistemas de defensa —respondió la IA, pero su voz sonaba cada vez más lejana, como si se estuviera hundiendo en un océano de estática—. Perseo... no dejes que... te toquen... el ADN es... la...
La comunicación se cortó. La criatura de cien rostros dio un paso hacia él, y Perseo sintió que el suelo empezaba a succionar sus pies, como si la nave misma quisiera tragarlo antes de que pudiera dar un paso más.