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La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

La Pequeña Esposa Del Señor Douglas

Status: En proceso
Genre:La mimada del jefe / Mafia / Matrimonio arreglado
Popularitas:8.5k
Nilai: 5
nombre de autor: A.B.G.L

Se supone que mi corazón no debe detenerse cada vez que entras en una habitación...

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Capítulo XIII

Madison fue la primera en moverse, aunque cada fibra de su ser se resistiera. No era deseo, sino una comprensión gélida, nacida del miedo más puro, lo que la impulsó. Si no intervenía, la tensión que vibraba entre aquellos dos hombres se rompería en una tormenta irreparable.

—Alex… —La palabra salió como un susurro tembloroso, forzada a través de una sonrisa que laceraba sus labios. —No esperaba verte aquí.

Fingió el entusiasmo de una actriz consumada.

Fingió un alivio que no sentía.

Fingió la felicidad que hacía mucho había perdido.

Se acercó a él con la gracia cautelosa de un felino, cada paso medido, cada movimiento calculado. Envolvió sus brazos alrededor de los hombros de Alexander, un gesto que, a ojos inexpertos, podría parecer un abrazo fraternal. Pero en el instante en que su cuerpo rozó el de él, Madison cerró los ojos, y el recuerdo la golpeó como una ola furiosa.

Inmediato.

Violento.

Asfixiante.

El peso opresivo.

La cercanía impuesta, una invasión de su espacio sagrado.

El aliento robado.

Respiró hondo, aferrándose a la cordura, obligándose a permanecer en ese abrazo que se sentía como una jaula. Si esto evita un derramamiento de sangre… si esto los mantiene a raya…

Alexander respondió al abrazo con una facilidad perturbadora, una serpiente deslizándose en su piel. Su mano descendió lentamente hasta la cintura de ella, atrayéndola contra su cuerpo con una posesión que trascendía los lazos fraternales. Su rostro se relajó, las líneas de tensión se suavizaron, y su respiración se volvió lenta, casi complacida, demasiado cerca de su cuello. Un escalofrío recorrió la columna vertebral de Madison.

Kennedy lo observó todo, cada matiz, cada detalle.

Vio la rigidez en el cuerpo de Madison, la forma en que sus dedos se aferraban a la tela del saco de su hermano como si buscaran un ancla en un mar turbulento. Vio la sonrisa vacía, una máscara que no alcanzaba sus ojos.

Y vio algo más, algo que se ocultaba en las sombras del lenguaje corporal.

Vio el instante fugaz en que Alexander cerró los ojos, como si aquel contacto fuera una droga, una necesidad imperiosa. Como si se alimentara de ella, extrayendo su vitalidad.

Un sonido escapó de los labios de Kennedy, una breve risa desprovista de humor.

No era burla, sino una comprensión amarga, una pieza que encajaba en un rompecabezas oscuro.

—Interesante —murmuró, la voz apenas audible, dirigida más a sus propios demonios que a la pareja enlazada.

Alexander levantó la mirada de inmediato, sus ojos color avellana afilados como cuchillas al encontrarse con los de Kennedy. La atmósfera se espesó, cargada de una electricidad palpable.

Kennedy avanzó, un paso, luego otro. Se detuvo frente a ellos con una calma inquietante, la quietud peligrosa que solo poseen aquellos hombres que saben que la victoria ya está en sus manos.

Extendió la mano con una delicadeza calculada, casi insultante, y tomó el brazo de Madison.

No la jaló, no la forzó. Simplemente la reclamó.

—Ven —dijo, su voz un murmullo ronco que acarició la piel de Madison. Colocó el brazo de ella alrededor del suyo, estableciendo una conexión, un territorio. —Necesito hablar con mi prometida.

La palabra resonó en el aire como una sentencia.

Prometida.

Alexander no soltó a Madison de inmediato. Su mirada, intensa y posesiva, se clavó en la de Kennedy, un desafío primitivo que hablaba de instintos y territorios.

—Mi hermana y yo estábamos conversando —respondió con una voz suave como el terciopelo, pero con un filo peligroso que advertía sobre tormentas inminentes.

Kennedy no apartó la mirada, sosteniéndola con una intensidad fría.

—Y ahora habla conmigo —replicó, su voz un tono más bajo, cargada de una amenaza implícita. —Porque permíteme recordarte algo, Beckham… lo que sea que creas que te pertenece, desengáñate. Ella no es tuya.

El agarre de Alexander se aflojó, cediendo a la presión invisible que emanaba de Kennedy.

Madison sintió el cambio, la liberación, y aprovechó la oportunidad. Se soltó del abrazo con un movimiento rápido, casi imperceptible, y permitió que Kennedy la guiara hacia su lado.

El contacto fue diferente.

No invasivo, no opresivo. No la sentía como una posesión, sino como una extensión de sí mismo.

Kennedy sostuvo su brazo con una firmeza contenida, como si supiera instintivamente cuánta presión ejercer, cuánto control mostrar.

—No tardaremos —añadió, con un comentario cargado de doble sentido, una advertencia disfrazada de cortesía. —Ya sabes… asuntos de pareja.

Alexander sonrió, pero la máscara se resquebrajó, revelando la oscuridad que se escondía debajo.

—Por supuesto —dijo—. Disfruten la conversación.

Sus ojos permanecieron fijos en Madison, una promesa silenciosa de que esto no había terminado.

Kennedy la condujo lejos, hacia el extremo opuesto de la sala, sin apresurar el paso. Solo cuando estuvieron fuera del alcance inmediato, bajó la voz, permitiendo que sus palabras llegaran solo a los oídos de ella.

—No vuelvas a hacer eso —le dijo, la voz teñida de un reproche silencioso.

Madison no respondió de inmediato.

Su pulso latía con fuerza en sus sienes, la garganta cerrada por la tensión.

—¿Hacer qué? —murmuró al fin, la voz apenas audible.

Kennedy se inclinó ligeramente hacia ella, reduciendo la distancia entre sus cuerpos, invadiendo su espacio personal.

—Ofrecerte como escudo —respondió, su mirada penetrante escudriñando su alma. —Porque créeme… lo que sea que haya entre tú y tu hermano, no lo voy a ignorar. Y no lo voy a permitir.

Madison alzó la mirada, enfrentando la intensidad de sus ojos.

En los suyos, Kennedy vio una mezcla de emociones turbulentas: rabia, cansancio… y algo más profundo, algo que se escondía en las sombras de su ser.

—No tienes idea —susurró, la voz cargada de una advertencia implícita. —No tienes idea de en qué te estás metiendo.

Kennedy sostuvo su mirada, sin ceder ni un ápice.

—Empiezo a tenerla —respondió, su voz un murmullo peligroso. —Y te advierto algo, Madison Beckham… ahora que llevas mi nombre, nadie —ni siquiera tu hermano— va a decidir por ti sin que yo esté mirando.

Ella tragó saliva, sintiendo el peso de sus palabras.

Por primera vez desde que lo conocía, no supo si aquello era una amenaza…

O una promesa.

1
Malu Enriquez
Pinta interesante 😸
Anonymous
Interesante
Anonymous
Hasta aquí en este último y penúltimo capítulo fue q me pareció interesante esta novela, espero lo sea
Lelis Vellejo
Me está gustando la historia 👏
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