Olivia Grimaldi lo tiene todo… excepto libertad.
Heredera de una de las familias más poderosas de Estados Unidos, su vida está cuidadosamente diseñada: un matrimonio arreglado, una imagen perfecta y un futuro donde el amor no tiene lugar. Hasta que una noche decide romper una sola regla… y conoce a Alexander Rozanov.
Rico, influyente y peligrosamente seguro de sí mismo, Alex no cree en límites ni en promesas. No persigue mujeres comprometidas, no se involucra y no repite errores.
Hasta que Olivia se convierte en su excepción.
Lo que comienza como una chispa prohibida se transforma en un juego de deseo, poder y control, donde cada encuentro los empuja más cerca de una línea que no deberían cruzar… y que, en el fondo, ambos desean romper.
Porque él no quiere salvarla.
Quiere que sea ella quien elija caer.
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Capítulo 13
El interior de la mansión es un espectáculo, hay flores, luces y dorado, mucho dorado.
Sofia se perdió tan pronto llegamos entre un grupo de personas del mundo editorial, y yo estuve haciendo lo que he hecho toda mi vida: sonreír, asentir, recordar nombres y fingir interés.
Una copa de vino tinto descansa entre mis dedos, casi intacta. Solo doy pequeños sorbos para no parecer tensa, aunque por dentro lo esté.
—Señorita Grimaldi, un placer verla— Me dice uno de los tantos hombre de mediana edad que se han acercado a saludarme.
Todo es saludos, elogios y fotos, hasta que una voz más teatral que el resto irrumpe cerca de mí.
—¡La joya más bella de los Grimaldi ha pisado mi humilde hogar y lo ha hecho destacar con su elegancia!
Me giro y ahí está Alfred Betancour en persona, con los brazos abiertos, cubierto por una larga chaqueta de terciopelo azul noche, con un pañuelo perfectamente doblado y anillos dorados brillando en cada dedo.
Sonrío, esta vez con un toque más real.
—Tu casa puede ser muchas cosas, Alfred… menos humilde.
Él se lleva una mano al pecho, fingiendo emoción.
—¡Eso, querida, es el mejor halago que he recibido hoy!
Chocamos las copas con suavidad.
—¿Cómo están tus padres?— Pregunta con una curiosidad genuina. —He escuchado de muy buenas fuentes que están por cerrar un negocio importante con el presidente.
—Ambos están bien— Respondo, obviando confirmarle cualquier asunto importante de los negocios de mi padre. —Se disculpan por no haber podido venir esta noche. Los compromisos de negocios no es algo que se puedan tomar a la ligera.
Alfred asiente, satisfecho.
—Así se habla. La sangre correcta nunca descuida el poder.
Luego su sonrisa se ensancha.
—Cuéntame de tu boda. Es claro que será el evento del año… o mejor dicho, del siglo.
Mi sonrisa se tensa en cuanto lo escucho mencionar la dichosa boda.
Estoy por responder con alguna frase vacía sobre flores, fechas y felicidad fingida cuando una presencia se coloca a mi lado.
No lo escucho llegar, solo lo siento.
—Espero tener un asiento en primera fila ese día— Dice esa voz grave, tranquila y con ese leve acento que ya reconoce mi piel antes que mi cabeza.
Alfred gira el rostro, curioso y sonríe encantado en cuanto ve a Alex, mientras yo cierro los dedos con fuerza alrededor de mi copa.
—¡Alexander! Siempre es un placer tener a los Rozanov en mis eventos.
Alex inclina la cabeza con educación.
—El placer es mío. Mi abuela te envia sus saludos.
Sus ojos se deslizan hacia mí, sin prisa.
—Señorita Grimaldi.
No me dice Olivia, pero su mirada sí.
—Señor Rozanov— Respondo con la misma formalidad.
Alfred mira entre nosotros, divertido, como si ya estuviera imaginando una historia que yo no quiero protagonizar.
—¿Ya se conocían?
Se hace un silencio demasiado largo.
—Nos hemos cruzado un par de veces— Dice Alex con calma absoluta.
Mi pulso se acelera.
—En la fiesta de compromiso— Agrego.
Alfred aplaude suave.
—¡Maravilloso! Me encanta cuando las familias importantes se mezclan. El mundo elegante es más pequeño de lo que parece.
Si tan solo supiera.
Alex toma una copa de una bandeja que pasa y, sin mirarme, dice:
—Algunas coincidencias no son tan accidentales.
Solo yo entiendo el peso de esa frase. Estoy más que segura que si está aquí esta noche, no es más que para joder mi paciencia.
—Tienes razón, Rozanov. Es una lastima que no se hayan conocido antes, un matrimonio entre ustedes hubiese sido algo revolucionario— La incomodidad me tiene casi con urticaria y la sonrisa de Alex me mortifica. —Y ni hablar de sus hijos. Serían preciosos.
Por el amor de Jesus, que me trague la tierra es en lo unico que puedo pensar, en especial porque el estupido de Alex lo está disfrutando.
—Disculpa, Alfred— Digo de la forma más amable que puedo. —Debo ver si mi amiga se está adaptando bien a la fiesta.
—Claro, claro— Responde él, distraído, ya buscando a otro invitado importante.
No miro a Alex cuando me voy porque si lo hago, sé que algo en mi expresión podría delatarme.
Camino, sonriendo a quien se me cruza y apenas dejo atrás el salón principal mis pasos se aceleran. El ruido de la música y las conversaciones se diluye y es reemplazado por un silencio reconfortante.
Doblo por un pasillo lateral donde las paredes altas están decoradas con tapices antiguos, y al fondo, enormes ventanales dejan ver el jardín donde hay antorchas encendidas que iluminan senderos de piedra. Parece un castillo medieval disfrazado de mansión moderna.
¿Dónde se metió Sofia?
No avanzó mucho cuando la figura al final del corredor me obliga a detener el paso. Apoyado contra la pared como si hubiera sabido exactamente hacia dónde huiría y no quiero ni pensar como hizo para llegar aquí antes que yo.
El pecho se cierra cuando lo veo avanzar hacia mi lento e inhalo profundo.
No. No voy a hacer esto. Me niego a seguir con este juego, asi que me doy la vuelta. El eco de sus zapatos sobre el mármol suena detrás de mí ahora más rápido y antes de que pueda girar por la esquina, una mano se planta contra la pared, justo al lado de mi cabeza y la otra bloquea mi escape.
Mi espalda toca la superficie fría quedando atrapada entre su cuerpo y la pared.
Agradezco la poca luz de las antorchas que entra por las ventanas, porque si alguien nos viera, no sabría como explicar nuestra cercanía.
—Huyes muy mal, Olivia— Dice en voz baja.
Su cercanía es una jaula. No me toca más de lo necesario, pero su presencia me envuelve por completo.
Levanto la barbilla y lo encaro.
—No huyo. Evito conversaciones fuera de lugar e innecesarias.
—Yo creo que sí son necesarias.
—Para ti.
Sus ojos bajan un segundo hacia mi garganta. Hacia el verde que resplandece en mi cuello y muestra quien soy y de donde vengo.
—¿Te asustó lo que dijo Alfred?— Pregunta con una calma que arde. —¿La idea de nosotros?
—No existe “nosotros”.
—Aún.
El “aún” es un golpe. Mi pulso traiciona mi aparente serenidad.
—Aléjate, Alexander.
—Si me alejo, volverás con esa sonrisa falsa a tu mundo perfecto. Con tu familia, novio y boda perfecta— Su voz se endurece apenas. —Y ambos sabemos que nada de eso es real.
Eso me atraviesa más de lo que debería.
—No sabes nada de mi vida.
—Sé suficiente.
Su mirada cambia. No es burla ahora. Es algo más oscuro.
—Sé que cuando mencioné un castigo, dejaste de respirar.
El aire se me atasca, mis recuerdos, las grietas que me niego a dejar ver.
—No vuelvas a hablar de eso— Le digo, enfadada.
Él lo nota y en vez de desistir su acoso, parece furioso.
No conmigo. Con algo que no dice.
Su mano en la pared se tensa.
—¿Por qué le temes a esa palabra?
Alex repite la pregunta, pero no le respondo.
No puedo. Siento que si abro la boca, no saldrá mi voz… saldrá el pasado. Así que hago lo único que sé hacer cuando algo duele demasiado.
Aparto la cara.
Rompo el contacto visual. Miro hacia un punto vacío del pasillo, como si él ya no estuviera ahí. Como si no me estuviera viendo demasiado. Su mano se mueve. Sus dedos rodean mi mandíbula y giran mi rostro hacia él otra vez.
—Olivia.
No es una orden. Es una exigencia cargada de algo más profundo.
Nuestros ojos se encuentran y por un segundo, el mundo se reduce a eso. A su respiración cerca, al calor de su cuerpo que aprisiona el mío. Creo que va a insistir. Que va a seguir cavando en un lugar que yo misma me prohibí tocar, pero no lo hace. Su mirada cae a mis labios y entonces, me besa.
Su boca se apodera de la mía con una intensidad que me roba el aire, que me hace olvidar dónde estoy, quién soy, qué debería estar haciendo. Su mano deja mi rostro y se desliza a mi cintura, acercándome lo justo para que no haya espacio entre nosotros.
Es un beso que quema, que reclama y que no pide permiso. Sé que debería apartarlo, debería empujarlo y recordarle que estoy comprometida, que esto es una locura, que no puede besarme en un pasillo de una mansión llena de gente y camaras, pero… Mis manos no obedecen a mi cabeza. Se aferran a su chaqueta.
Su beso me hace sentir algo extraño. Muy extraño. No me transmite deseo, sino que despierta algo que no sentía desde hace años. Seguridad.
Como si por un momento el ruido de mi mente se apagara. Como si nadie pudiera tocarme mientras él me sostiene, como si el mundo, por primera vez, no fuera un lugar donde debo estar alerta todo el tiempo.
Eso me asusta más que el beso. Me separo apenas, respirando agitada, con mis labios todavía rozando los suyos.
—Esto… está mal— Susurro, aunque mi cuerpo no se ha movido ni un centímetro lejos del suyo. —Lo que pasó en el lago no puede volver a ocurrir.
Pero mi voz ya no suena convencida y él lo sabe.
—Lo que te hicieron estuvo mal— Dice bajo. —Esto no.