Quinn Akerman tenía una vida cuidadosamente planeada… hasta que el destino decidió estrellarla contra el suelo a diez mil metros de altura. La muerte de sus padres en un accidente de avión no solo la dejó con un duelo imposible de procesar, sino también con una empresa familiar al borde de la quiebra y una hermanita pequeña, Lily, luchando contra la leucemia.
Acorralada por deudas, abogados y médicos que no aceptan promesas como forma de pago, Quinn se ve obligada a aceptar un acuerdo tan frío como cruel: casarse con uno de los gemelos Benedetti, herederos de un imperio empresarial que alguna vez fue socio de su padre.
El problema no es el matrimonio. El problema es que se casa con el gemelo equivocado.
Eitan Benedetti es serio, mordaz, aparentemente incapaz de sentir algo que no sea control. Eiden Benedetti, en cambio, es carismático, provocador y peligrosamente encantador. Dos rostros idénticos, dos almas opuestas… y una verdad que amenaza con destruirlos a todos.
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Capítulo 21
Quinn
El cambio no fue inmediato.
No fue algo tan obvio como un portazo o una discusión. Fue peor. Fue sutil. Silencioso. Como una grieta que aparece en una pared y que, al principio, solo tú pareces notar.
Eitan empezó a alejarse.
No físicamente —seguía ahí, presente en la mansión, atento con Lily, impecable en todo lo que hacía—, pero había algo distinto en la manera en que me miraba… o más bien, en la manera en que dejó de hacerlo.
Antes, cuando entraba a una habitación, sentía su atención aunque no me estuviera observando directamente. Ahora, sus gestos eran correctos, medidos, casi formales. Como si hubiera levantado una barrera invisible entre los dos.
Y dolía.
Me sorprendí a mí misma pensando que quizá era por nuestra conversación en el jardín. Por lo que le dije. “Eso es precisamente lo que me da miedo.” Tal vez había entendido que debía darme espacio. Tal vez había decidido protegerse. O protegerme.
El problema era que no estaba segura de cuál de las dos opciones me dolía más.
Durante el desayuno apenas cruzamos palabras. Me pasó la mantequilla sin mirarme, preguntó si el té estaba bien, comentó algo trivial sobre el clima. Todo correcto. Todo distante.
Me odié un poco por notar cada detalle.
Por notar que ya no se acercaba demasiado cuando hablaba conmigo.
Por notar que no me rozaba “por accidente”.
Por notar que el café seguía siendo exactamente como me gustaba… pero ahora lo dejaba sobre la mesa y se alejaba.
Como si el gesto fuera permitido, pero la cercanía no.
—Quinn —dijo Lily de pronto, sacándome de mis pensamientos—. ¿Eitan está enojado contigo?
Parpadeé, sorprendida.
—¿Por qué dices eso, cariño?
Lily frunció el ceño, con esa seriedad infantil que siempre me desarmaba.
—Porque hoy no te sonrió cuando bajaste. Siempre te sonríe. Y ayer tampoco lo hizo.
Sentí un pinchazo en el pecho.
—No está enojado —mentí—. Solo está… cansado.
Lily no parecía convencida.
—Antes se sentaba aquí —dijo, señalando la silla junto a la mía—. Ahora se sienta allá y señaló la silla que está al otro extremo de la mesa.
Miré la mesa. Tenía razón.
—A veces los adultos también tienen días raros —dije, intentando sonar tranquila—. Como cuando tú te despiertas de mal humor.
Ella me miró unos segundos más, como si evaluara si decir algo más.
—A mí no me gusta cuando están raros —murmuró.
A mí tampoco, eso no me está gustando para nada.
Eitan apareció en la cocina justo entonces. Saludó a Lily con un beso en la frente, revisó su reloj y anunció que tenía que salir.
—¿Volverás tarde? —preguntó Lily.
—No —respondió—. Estaré para la cena.
Me miró solo un segundo. Lo justo para decir:
—Que tengan un buen día.
Y se fue.
Ese “buen día” me dolió más de lo que debería.
Pasé la mañana intentando distraerme. Ayudé a Lily con sus tareas, ordené cosas que no necesitaban orden, salí al jardín a respirar aire fresco. Nada funcionó del todo.
Porque cada vez que lo veía pasar por algún pasillo, sentía esa distancia como un golpe silencioso.
Por la tarde, Lily estaba dibujando en la sala cuando Eitan regresó. Yo estaba sentada cerca, leyendo sin realmente leer. Ja, me encanta mi lógica.
—Eitan —dijo Lily de pronto—, ¿hicimos algo mal?
Él se detuvo en seco.
—¿Por qué preguntas eso?
—Porque ya no hablas mucho con Quinn —respondió, directa—. Y antes sí.
El silencio fue tan incómodo que sentí el impulso de intervenir.
—Lily, no es—
—No —dijo Eitan con suavidad—. Ella puede preguntar.
Se sentó frente a Lily, a su altura.
—No hicieron nada mal —dijo—. A veces los adultos solo… piensan demasiado.
—¿Sobre qué? —insistió.
Eitan dudó. Yo contuve la respiración.
—Sobre cosas importantes —respondió al fin—. Cosas que dan miedo.
Lily lo miró pensativa.
—¿Como cuando yo tenía miedo de la operación?
—Un poco —admitió él.
—Pero después se te pasa —dijo ella—. Porque sabes que no estás solo.
Sentí que algo se me apretaba en la garganta.
Eitan levantó la vista y me miró.
Por primera vez en todo el día y se sintió... tan bien, pero tan bien que me gustó esa mirada.
—Eso es cierto —dijo—. Gracias, pequeña.
Lily sonrió, satisfecha, y volvió a su dibujo como si hubiera resuelto un problema del mundo adulto sin esfuerzo.
Yo me quedé inmóvil.
Porque en esa mirada breve, intensa, entendí algo con una claridad dolorosa:
Eitan no se estaba alejando porque no sintiera nada.
Se estaba alejando precisamente porque sentía demasiado.
Y esa certeza, lejos de tranquilizarme, me dolió más de lo que estaba dispuesta a admitir.
Holii, ¿cómo han estado?. Disculpen por no actualizar seguido, se que muchas me han pedido actualización pero, he estado con algunos problemas de salud, en fin... Hace unos días me puse a retomar la historia y por aquí les dejo unos regalitos por el día del Amor y la Amistad, aunque sea atrasado, espero lo disfruten mucho mis querid@s lectores.
Las quiero un montón. ♥️