Morí sin haber amado…
y desperté en un mundo donde el destino se divide en Alfas, Deltas, Omegas y Enigmas.
Reencarnado como un omega en una era antigua llena de magia y alquimia, Arion finge amnesia para sobrevivir.
Todo cambia cuando conoce a Eryndor, un poderoso Enigma capaz de escuchar los pensamientos más profundos del omega… incluso los recuerdos de una vida pasada.
Un amor prohibido.
Un destino que desafía las leyes.
Una familia nacida contra todo pronóstico
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Capítulo 3: Fingir para vivir
Las voces llegaron antes que los rostros.
—¿Arion?
—Despertó…
—Llamen al médico.
Arion permaneció inmóvil unos segundos más, fingiendo que el mundo aún no existía. El miedo le subía por la garganta como un sabor metálico. Cuando por fin abrió los ojos, no encontró nada familiar.
Personas desconocidas lo rodeaban.
Vestían ropas elegantes, de tonos sobrios, telas gruesas y bien cuidadas. Algunos parecían aliviados; otros, tensos. Sus miradas se detenían demasiado en él, como si buscaran señales invisibles, grietas, debilidad.
—¿Arion? —repitió una mujer de cabello oscuro, inclinándose hacia él—. ¿Puedes oírme? ¿Recuerdas algo?
Ese nombre no resonó dentro de él. No despertó recuerdos ni emociones. No era suyo.
El silencio se alargó apenas un segundo… pero fue suficiente para que Arion entendiera algo esencial.
No podía decir la verdad.
El miedo decidió por él antes que la razón.
—No… —respondió con cautela—. Lo siento. No recuerdo nada.
El murmullo se extendió por la habitación. Susurros bajos. Miradas cruzadas. La mujer llevó una mano a su pecho, genuinamente preocupada.
—Pobre niño… —murmuró alguien.
Pero Arion no se dejó engañar.
La preocupación era real, sí.
Pero no era lo único.
También había vigilancia.
Lo sintió en la forma en que lo observaban, en cómo evaluaban cada gesto, cada respiración. Como si su estado no fuera solo una tragedia… sino una variable peligrosa.
—¿Nada en absoluto? —preguntó un hombre alto, de postura rígida—. ¿Ni su nombre? ¿Ni su linaje?
Esa palabra lo estremeció.
Linaje.
—No —repitió—. Todo está… vacío.
El hombre frunció el ceño apenas. Imperceptible. Pero Arion lo notó.
—Debe descansar —intervino otra voz—. Un omega que ha pasado por tanto…
Omega.
La palabra cayó sobre él con el peso de una sentencia.
Así que era cierto.
No solo estaba en otro mundo.
Estaba en el lugar más vulnerable de ese mundo.
Un omega sin recuerdos. Sin respaldo. Sin dominio de su rol.
Presa fácil.
—Llamen al sanador —ordenó alguien—. Y refuercen la guardia.
Guardia.
Eso no era protección.
Era contención.
Arion bajó la mirada, fingiendo agotamiento, mientras su mente trabajaba con desesperación. Cada detalle era una pista: la forma en que se dirigían a él con suavidad forzada, el respeto mezclado con cautela, la distancia exacta que mantenían.
No confiaban en él.
O no del todo.
Tal vez temían que hubiera cambiado.
O tal vez… esperaban que siguiera siendo dócil.
Un escalofrío le recorrió la espalda.
Cuando finalmente lo dejaron solo, el silencio fue más pesado que las voces. Arion se sentó lentamente en la cama, observando la habitación con atención renovada. Nada debía pasarle inadvertido.
—Así que este es mi nuevo papel… —susurró.
Un omega que no recuerda.
Un omega que debe aprender desde cero.
Cerró los ojos un momento, respirando hondo. Dentro de su pecho, esa sensibilidad extraña seguía allí, alerta, reaccionando a cada sonido, a cada aroma que entraba por la ventana.
No podía permitirse errores.
Debía fingir fragilidad.
Fingir obediencia.
Fingir ignorancia.
Hasta entender las reglas.
—Debo aprender rápido —pensó, apretando las sábanas con fuerza—. O no sobreviviré.
Abrió los ojos con una determinación nueva, silenciosa, peligrosa.
Puede que ese mundo lo viera como débil.
Puede que lo creyeran fácil de controlar.
Pero Arion ya había tomado una decisión:
Si tenía que fingir para vivir…
Entonces fingiría mejor que nadie.
Y cuando llegara el momento,
nadie recordaría haber subestimado a un omega