En este mundo, la muerte no borra el pasado; lo tatúa en la piel como una cicatriz de nacimiento: el Registro
Ian es un Rastreador, un hombre que caza almas con deudas pendientes. Durante un siglo, ha vivido atormentado por la marca en su pecho, justo donde el acero le atravesó el corazón, y por el recuerdo de la mujer que le arrebató el aliento con aroma a jazmín.
Él no busca amor, busca justicia. Pero hoy, en el pasillo de un hospital, su herida ha vuelto a arder. Ella está allí, con las manos manchadas de sangre, pero esta vez para salvar una vida.
Tras cien años de sombras, Ian finalmente puede pronunciar su sentencia:
—Finalmente te encontré.
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Punto de choque
Anya despertó en una habitación que no reconocía. El techo era de vigas de madera oscura y el aire se sentía denso, impregnado de un aroma que ya se había convertido en su sombra: jazmín. No era un olor floral fresco, sino algo antiguo, como si las paredes mismas hubieran estado empapadas en esa esencia durante décadas.
Se levantó de la cama con movimientos lentos, sintiendo cada músculo de su cuerpo protestar. Caminó hacia la puerta y la abrió con cautela; la confianza no era un lujo que pudiera permitirse con Ian, por mucho que él la hubiera "salvado" de Marcus y de la policía.
Al salir al pasillo, el suelo de madera crujió bajo sus pies, un sonido que delataba su presencia en el silencio sepulcral de la casa. Un aroma a comida recién hecha llegó hasta ella, provocando que su estómago rugiera. La sensación de hambre le resultó casi ofensiva; ¿cómo podía su cuerpo pedir alimento cuando su alma estaba bajo sentencia de muerte?
Atravesó una pequeña sala de estar amueblada con piezas que parecían sacadas de un museo y llegó a la cocina. Ian estaba allí, de espaldas, sumido en sus pensamientos.
—¿Dónde estamos? —preguntó ella. Su voz sonó más firme de lo que esperaba, haciendo que Ian se girara con rapidez.
—Al fin despiertas. Estamos en un lugar seguro... al menos por el momento —respondió él, recobrando su máscara de impasibilidad. Señaló una silla con un gesto breve—. Siéntate. La comida está lista.
Anya no tenía intenciones de discutir. Ignoró su tono autoritario y se sentó; si iba a enfrentarse a dos "Rastreadores" y a un destino que no comprendía, necesitaba fuerzas.
—Gracias —murmuró ella cuando Ian le sirvió el plato.
Él la miró desconcertado, como si esperara un ataque o un desplante, no una cortesía básica. Anya lo ignoró y llevó un trozo de fruta a su boca.
—¿Cuánto tiempo nos quedaremos aquí? —preguntó tras el primer bocado.
—Una semana, como máximo, antes de que nos localicen. Marcus es un rastreador implacable; nos encontrará tarde o temprano.
Anya dejó el tenedor sobre la mesa y lo miró fijamente.
—Ese Marcus... ¿por qué es tan idiota?
Por un instante, la armadura de Ian se agrietó y una sonrisa involuntaria tiró de la comisura de sus labios. Era una pregunta que él mismo se había hecho mil veces a lo largo de todos estos años de su vida.
—Él solo busca el equilibrio del universo —respondió, recuperando la gravedad de sus palabras.
—Para mí, eso del equilibrio es una soberana mierda —replicó Anya con frialdad—. El universo busca su propio cauce, como los ríos. No necesita de hombres con complejos de dioses para decidir quién vive y quién muere.
—No entiendes nada de esto, Anya. No opines sobre lo que no comprendes —advirtió él, endureciendo la mirada.
—Déjame decirte que es mi alma la que está en juego, así que tengo todo el derecho de opinar —le espetó ella, inclinándose hacia delante—. Lo que realmente quiero saber es qué pasó entre nosotros en esa supuesta vida pasada para que yo terminara quitándote la tuya. ¿Qué fue lo que hiciste?
—Eso es lo que yo quiero saber —dijo Ian, y esta vez hubo un rastro de auténtico dolor en su voz—. Se suponía que ese día escaparíamos juntos. Teníamos un plan, un futuro. Y de la nada, me disparaste.
Anya lo observó con sarcasmo, negándose a aceptar el peso emocional de su declaración.
—Bueno, si eras igual de idiota y controlador que ahora, no hay mucho que investigar para saber por qué te envié directo a los brazos de Morfeo.
El comentario hizo que la mandíbula de Ian se tensara de forma visible. La furia brilló en sus ojos oscuros, pero no estalló. En lugar de eso, guardó silencio y continuó comiendo, ignorándola por completo. El aire en la cocina se volvió tan pesado que a Anya le costó tragar el siguiente bocado. Había tocado una fibra sensible, y por primera vez, sintió que el poder en esa mesa no lo tenía quien portaba el arma, sino quien poseía la verdad oculta.
Después de la incómoda comida, Ian abandonó la cocina sin decir palabra, dejando a Anya sumida en sus propios pensamientos. Ella se dispuso a limpiar el lugar; era lo mínimo que podía hacer tras haber aceptado la comida que él preparó.
Una vez que dejó todo reluciente, se dirigió a la habitación donde había despertado, pero una luz tenue que se filtraba al final del pasillo despertó su curiosidad. Caminó con sigilo, atraída por esa claridad, hasta que se detuvo ante una puerta entreabierta. Allí estaba Ian, de espaldas a ella. No llevaba camisa, y la visión de sus hombros anchos y los músculos de su espalda, marcados por una tensión constante, la dejó inmóvil.
No podía apartar la vista. Había algo en su anatomía que la atraía como una droga peligrosa; una mezcla de admiración estética y una familiaridad que le quemaba la sangre. Ian se giró, detectando su presencia con esa agudeza sobrenatural que poseía. Sus ojos se encontraron, sosteniendo un magnetismo que parecía doblar el espacio entre ambos. Sin decir nada, él caminó hacia ella, la tomó de la mano y la atrajo hacia el interior de la habitación. Anya se sintió bajo un hechizo, incapaz de oponer resistencia a la gravedad que él ejercía sobre ella.
—¿Te gusta lo que ves, doctora? —susurró él contra su oído, provocándole un estremecimiento que le recorrió toda la columna.
—Sí... me encanta —respondió Anya, la verdad escapando de sus labios antes de que su razón pudiera filtrarla.
Llevó sus manos al pecho de él, recorriendo con la yema de los dedos la firmeza de su torso. Sin embargo, cuando su mano estuvo a punto de rozar la cicatriz del disparo, Ian la detuvo con un movimiento brusco, rodeando con sus brazos el cuello de ella y atrayéndola hacia sí. El beso que siguió estaba cargado con la misma pasión desesperada de hacía cien años. Anya se perdió en el abismo de ese contacto, dejándose llevar por lo que su alma recordaba y su cuerpo anhelaba.
Pero la magia se rompió violentamente. En medio del frenesí, Ian bajó la guardia y la mano derecha de Anya, donde ocultaba su propia marca, rozó directamente la cicatriz de Ian sobre su corazón.
Un dolor punzante, como una descarga eléctrica de alto voltaje, los atravesó a ambos al mismo tiempo. Fue un grito silencioso que les desgarró los nervios, obligándolos a separarse de golpe, jadeando y con la mirada desencajada por el impacto. El aire en la habitación pareció vibrar con una energía residual, recordándoles que su unión estaba sellada por la tragedia, no por el amor.