Gabriel es un excelente médico, pero vive un amor silencioso por su compañero de trabajo.
¿Logrará Gabriel vivir este amor?
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Capítulo 13
La idea surgió un lunes cualquiera.
Estaban lavando los platos después de la cena cuando Miguel, con la manga arremangada y espuma hasta el codo, dijo:
—Ya vivimos juntos, ¿no?
Gabriel dejó de secar el plato.
—¿Cómo así?
—Quiero decir… yo duermo aquí, me levanto aquí, mi cepillo de dientes ya vive en este baño… Y hay más café de mi marca que de la tuya.
Gabriel rió.
—Y te quejas de que compro pan sin corteza.
—Y tú te comes el chocolate que escondo en el armario de arriba.
Silencio.
Sonrisas.
—¿Qué estás tratando de decir, Miguel? —preguntó Gabriel.
Miguel lo miró. La mirada era tranquila, pero firme.
—Que tal vez sea hora de que llamemos a esto hogar. De verdad.
Gabriel sintió que el corazón se le aceleraba.
No de miedo —sino de algo parecido a… paz.
—Nunca he tenido una casa que fuera mía.
—Ni yo —respondió Miguel—. Tal vez podamos construir una. Juntos.
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El proceso fue lento, pero lleno de rituales.
Miguel cambió oficialmente la dirección.
Compraron una estantería nueva y pasaron la tarde montándola juntos, riendo cuando sobró una pieza al final.
Gabriel donó algunas cosas antiguas, incluso las sábanas que usaba en los peores días.
—Ya no necesito cubrirme de dolor —dijo, con una sonrisa tímida.
Miguel pegó post-its por la casa con frases tontas y tiernas:
> “Me bebí tu jugo. Te amo.”
“No olvides la bata (y de mí).”
“Vuelve pronto.”
Gabriel los guardaba todos en una caja.
Era la primera vez que alguien dejaba marcas buenas en su vida.
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Pero la convivencia también trajo desafíos.
Miguel era organizado. Gabriel, distraído.
Miguel necesitaba silencio para pensar. Gabriel hablaba con el gato del vecino como si entendiera portugués.
Y había noches en que Gabriel todavía se despertaba sudando frío, el pasado gritando en sus oídos.
En esas noches, Miguel no preguntaba. Solo lo acercaba y decía:
—Estoy aquí. Ya no estás solo.
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Un sábado lluvioso, estaban acostados en la cama, envueltos en una misma manta, escuchando música suave.
El olor a café todavía flotaba en el aire.
Gabriel estaba con la cabeza en el pecho de Miguel, con los ojos cerrados.
—¿Alguna vez has pensado en… futuro? —preguntó, casi en un susurro.
—¿Contigo?
—Sí.
Miguel acarició su cabello.
—He pensado en nosotros viviendo en una casa con balcón.
Con un gato. O dos.
Y yo llegando cansado y encontrándote así, todo desordenado y hermoso.
Gabriel rió.
—¿Eso es una propuesta de matrimonio?
—Eso es un ensayo. No sé lo que trae el mañana, pero sé que lo quiero contigo.
Gabriel levantó los ojos.
—¿Lo prometes?
—Prometo intentarlo todos los días.
Hasta que intentar ya no sea un esfuerzo, sino lo que más quiero hacer.
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Y en aquella casa pequeña, con dos batas colgadas detrás de la puerta, una taza rajada llena de bolígrafos y el sonido suave de un disco antiguo sonando de fondo, entendieron que hogar no es donde vives.
Hogar es donde eres aceptado.
Es donde puedes fallar y aún ser amado.
Es donde alguien elige quedarse, incluso cuando todo parece desmoronarse.
Y ellos se quedaron.
Día tras día.
Construyendo, tropezando, recomenzando.
Porque su amor estaba hecho de coraje.
Y el coraje… es lo que convierte una casa, de hecho, en un hogar.