Uno, al enamorarse, cree que será fácil y será correspondido con el tiempo, pero nadie te dice que puede ser la persona más cruel de quien quieres que te enamores, o la equivocada. ❤️
Y así es como casi le pasó a Alison, quien sin darse cuenta...
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La bandera y las miradas que juzgan.
Estamos formados en fila, quietos, afuera de la puerta de nuestro salón. Me toca presentar la bandera junto con Alma y Elizabeth, y ya estoy lista para entrar.
Pero antes de dar el primer paso, escucho pasos rápidos que se acercan hasta detenerse justo a mi costado. No volteo hasta que escucho una voz tensa:
—Alison.
Levanto la vista y veo a Ellen. Detrás de ella está Zoé: sus ojos están relajados, sin arrugas ni tensión, las fosas nasales tranquilas, los labios juntos, y me mira en silencio, sin decir nada.
Vuelvo a mirar a Ellen: tiene las cejas muy bajadas y juntas, con surcos profundos entre ellas; los ojos muy abiertos y brillantes, la mirada fija y agresiva, las fosas nasales muy dilatadas y la mandíbula rígida y apretada. Grita de golpe, sin bajar la voz:
—¿Vas a ir o no?.
Mis cejas se levantan de golpe y la frente se me arruga de la sorpresa. Abro mucho los ojos, y me quedo inmóvil, sin saber qué responder. ¿Qué le pasa a esta chica? —pienso—. Viene de la nada y te grita en la cara solo por eso.
Abro los labios despacio y le pregunto:
—¿Te referís a la escolta de la bandera?.
Veo que su cara está tan roja que parece que va a explotar de un momento a otro.
—Si no vas a pasar, decí ya —insiste—, así paso yo en tu lugar.
—No —respondo con firmeza—, yo voy a pasar.
Ella me mira un segundo, suaviza apenas la expresión y dice:
—Está bien.
Se da la vuelta bruscamente y camina hacia el salón junto a Zoé. Miro a mi alrededor: Alexander, Génesis y Lisa están ahí, mirando todo lo que pasó con caras serias, sin atreverse a intervenir.
Siento un nudo en el estómago: no tengo ganas de entrar, no quiero estar ahí, y menos después de esos malos tratos. Miro por última vez hacia donde se alejan Ellen y Zoé, luego enderezo la espalda, miro al frente y las ignoro por completo.
Días después me entero de la verdad: Ellen fue escolta el año pasado, y este año tiene las mejores calificaciones de todo el curso. Jacod era el abanderado, junto con Alma y ella. Además, es la alumna preferida del profesor Beltrán, y eso se nota en cada cosa que dice.
Vuelvo a recordar aquel día en que el profesor me miró fijamente a los ojos y me dijo:
—Tiene que ser como Ellen.
Miro a mi compañera, intentando entender qué quiso decirme con eso, pero no encuentro respuesta. Vuelvo a mirarlo a él, totalmente confundida.
Él insiste, señalándola con la mano:
—¿No ves que es linda?.
¿Para qué me habla de eso? —pienso—. Apenas logro concentrarme en su materia, porque nunca entendí bien cómo da las clases. No vine a la escuela para aprender a arreglarme o para que me digan si soy linda o no. No voy a cambiar mi cuerpo, no voy a engordar ni a bajar de peso: no estoy aquí para parecer una modelo.
Fin del recuerdo.
Suspiro con cansancio, paso las hojas de mi carpeta y repaso los temas que tengo que estudiar. Con el tiempo, me llevo cada vez peor con Zoé: cada vez que pasa a mi lado, le digo bajito: —Burra. Odio las comparaciones que el profesor hace entre nosotras; y cuando la veo sonreír, siento que se está burlando de mí.
Pero ella no se queda callada: me mira de reojo y responde:
—Idiota. Claro, como a vos no te ponen de ejemplo.
Como aquella vez, delante de todos, cuando dijo:
—Tienen que esforzarse más, ser como ella.
Theo estaba parado cerca del pizarrón, y delante de él estaba Zoé, mirándonos a todos. Ni loca —pienso—, yo tenía mejor nota que ella en ese examen.
Después me dijo que si seguía así, tendría que bajar mi promedio para quedarme en un seis o un siete, apenas aprobando. O esa otra vez, cuando señaló a Zoé y exclamó:
—¡Mirá qué linda que es!.
Lo miré con rabia, luego volví la vista hacia ella, sin entender nada.
Luego nos preguntó: —¿Cuál de ustedes creen que es más linda? —se refería a Germán y Jorge. Nadie dijo una palabra; todos decidimos callarnos y no contestar.
Al ver que no íbamos a hablar, empezó a recorrer el aula, pasando por cada banco. Levantaba la mano, hacía un gesto con los dedos y decía quién le parecía lindo y quién no.
Se detuvo frente a Elizabeth: ella tenía los brazos flexionados, las manos apoyadas sobre la mesa, piernas juntas y pies separados apenas unos centímetros, mirando al frente. Volteó a mirar al profesor cuando él se paró a su lado. Él dudó un instante, movió la mano indeciso y dijo:
—Más o menos.
Siguió caminando hasta Jacod: este tenía el brazo derecho doblado, la mano tapándose la cara para ocultarse; el izquierdo también flexionado, sosteniendo una lapicera entre los dedos; piernas estiradas y cruzadas, los pies apoyados en el piso. El profesor lo miró a los ojos, hizo un gesto afirmativo y dijo:
—Sí.
Llegó al banco de Lorenzo: brazos y manos apoyados sobre la mesa, piernas estiradas y pies juntos. Lo miró, negó con la mano y dijo:
—No.
Se acercó a Giovanni: brazos sobre la mesa, manos entrelazadas, piernas y pies separados. Él lo miró esperando su veredicto:
—No —dijo el profesor.
Pasó al lado de Damián: tenía las manos juntas sobre el estómago, piernas estiradas y pies juntos, mirando al frente. El profesor negó con la cabeza:
—No.
Por fin llegó a mi mesa y se detuvo a mi costado. Levanto la vista y lo miro: mi rostro está serio, cejas relajadas pero firmes, mirada recta y tranquila, labios cerrados.
—Alison —dice.
Yo sigo quieta: brazo izquierdo doblado, mano cerrada apoyada en la mejilla; el derecho sobre la mesa, puño cerrado con fuerza; piernas estiradas y pies juntos, mirándolo sin apartar la vista. Él levanta la mano, duda mucho tiempo, cierra los labios en una línea recta y al final dice:
—Más o menos.
Sigue caminando hasta Erick: este sostiene la carpeta con la mano izquierda, la derecha agarra la lapicera, piernas estiradas y pies juntos. El profesor lo mira serio, asiente y dice:
—Sí.
Luego pasa al lado de Johana: mano izquierda apoyada en la mesa, la derecha cubriéndose la cara, piernas estiradas y pies juntos. Asiente de nuevo:
—Sí.
Se detiene frente a Alma: mano izquierda en la mejilla, derecha sosteniendo una lapicera, piernas estiradas y pies juntos. Ella lo mira y él dice:
—Sí.
Pasa junto a Paula: mano izquierda apoyada en la pierna, derecha sobre el brazo, piernas estiradas y pies juntos. Ella lo mira a los ojos y él asiente:
—Sí.
Por último llega a Luz: ambas manos apoyadas sobre las hojas de su carpeta, piernas estiradas y pies juntos, mirando al frente como si él no estuviera ahí, ignorándolo por completo. El profesor hace un gesto con la mano y dice:
—Sí.
^^^Continuará❤️...^^^